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Efemérides

Medio siglo sin Frances Farmer, la actriz que descendió a los infiernos

Medio siglo sin Frances Farmer, la actriz que descendió a los infiernos

martes 28 de julio de 2020, 09:38h

Will there really be a morning? -¿Habrá de verdad una mañana?- es el título de un poema de Emily Dickinson y también el de la “autobiografía” de Frances Farmer (Seattle, 19 de Septiembre de 1913 - Indianápolis, 1 de Agosto de 1970), publicada dos años después de su muerte y escrita al alimón con su íntima amiga Jean Ratcliffe, la única autora del texto, según algunos. Coautora o no, Jean fue la persona que mejor conoció a Frances y también la que más la cuidó. Ella y su familia (padres, hermanos y sobrinos) rescataron a Frances de sus demonios cuando esta superaba la cuarentena y tenía a la espalda una vida marcada por el abuso del alcohol y siete años de suplicio en un hospital psiquiátrico. Frances comparó aquella familia con la suya de origen y afirmó: “Ellos amaban, la mía odiaba; ellos creían, la mía destruía; ellos respetaban; la mía se burlaba; ellos reparaban, la mía rompía en pedazos”.

Aunque Frances fue una profesional de talento, ha llegado a hacerse más célebre por su reclusión en el manicomio que por sus interpretaciones teatrales, sus dieciocho largometrajes (Rivales, El ídolo de Nueva York, Rhythm on the Range, Flowing Gold…) y su etapa televisiva como presentadora de éxito. La crueldad mediática se encarnizó con ella publicando instantáneas en las que forcejeaba con la policía, y en pleno brote psicótico, se mostraba violenta con el juez. Shadowland, una biografía novelada y sensacionalista, escrita en 1978 por el crítico de cine William Arnold, forjaría a partir de esas imágenes la leyenda de actriz rebelde e inadaptada que obsesionó a Kurt Cobain (Nirvana) hasta el punto de escribirle una canción de contenido y título inquietantes: Frances Farmer will have her revenge on Seattle.

Los intereses intelectuales de la joven Frances (con trece años ganó un premio por su ensayo Dios muere) auguraban lo que pudo haber sido una enjundiosa carrera. Su pasión era el Teatro, con mayúscula. Aspiraba a interpretar en Broadway papeles serios en las antípodas de la banalidad que para ella representaba Hollywood (su dominante madre nunca le perdonó que desdeñara ser una star system) y se formó muy a conciencia en Arte Dramático. Le interesaba tanto el método Stanislavski, que con dieciocho años se las arregló para viajar a Rusia (lo que a la fama de atea sumó la de comunista) y escarbar en el corazón de su teatro. De regreso, fichó por la Paramount, que vio en ella a la nueva Garbo. No era tan perfecta ni estilizada como la diva sueca y los productores dispusieron someterla a una operación de estética dental, depilarle las cejas y adelgazarla a base de anfetaminas. Ella odiaba ceder a sus exigencias y opinaba que estaba “vendiendo el alma al todopoderoso dólar”, pero también que triunfar en la gran pantalla le serviría de trampolín al escenario. Creyó tener razón razón cuando logró que el prestigioso New York City’s Group Theater -que antes de brillar en el celuloide la había ninguneado- le diese un papel protagonista en la obra Golden boy, del dramaturgo Clifford Odets. Aunque ya estaba casada, se enamoró sin remedio del también casado Odets y mantuvieron un romance que literalmente la enloqueció… De la noche a la mañana, las promesas de amor y trabajo eternos de Odets y de la compañía teatral devinieron en agua de borrajas. El New York City’s Group Theater había conseguido financiación para representar Golden boy en Londres, pero como contrapartida, los productores ingleses impusieron una primera actriz inglesa y prescindieron de Frances sin contemplaciones. Días después, Odets se deshacía de ella con una misiva lacónica: “Mi mujer ha regresado de Europa, no volveremos a vernos”. Frances tenía veintitrés primaveras y la ilusión destruida.

A sus pies se abrió entonces una pendiente de desengaño y la rodó abrazada a una botella de whiskey (los problemas con el alcohol la acompañarían hasta los años sesenta). Volvió a trabajar para la Paramount y a interpretar papeles que despreciaba. En 1942, de camino a una fiesta nocturna y en estado de embriaguez, la policía la detuvo por conducir con las luces encendidas (durante la II Guerra Mundial estaba prohibido por temor a los bombardeos japoneses) y le impusieron una multa que nunca abonó, de modo que cuando semanas después, una peluquera denunció que la había golpeado, se la acusó -además- de violar la libertad condicional. El comportamiento personal y profesional de Frances era ya errático porque el alcohol y las anfetaminas la habían desquiciado. Durante el proceso agredió al juez, causó destrozos en la sala y la condenaron a varios meses de prisión. No puso un pie en la cárcel. Diagnosticada de psicosis maníaco-depresiva y más tarde de esquizofrenia paranoide, acabó internada durante siete años en una institución mental. Padeció los crueles métodos “terapéuticos” de la época: baños de agua helada, inyecciones de insulina, camisas de fuerza, correas de cuero y electroshocks. En contra de lo que se ha escrito, no fue lobotomizada (la lobotomía era habitual, así que no había razón para ocultarla), según figura en los archivos hospitalarios y según manifestó ella misma. Conforme a su (auto)biografía, sufrió reiteradas violaciones por parte del personal subalterno y de hombres que pagaban a los celadores para acostarse con las internas. Este extremo y otros de su vida nos fueron contados en Frances, una película de Graeme Clifford, protagonizada por Jessica Lange en 1982.

Después de numerosas vicisitudes, consiguió salir del manicomio y posteriormente escapar de la tutela legal y tiránica de su madre (que hizo cuanto pudo por mantenerla internada). Se casó y divorció en dos nuevas ocasiones y también se convirtió al Catolicismo. Fue camarera, secretaria y recepcionista de un estudio fotográfico. Tras dejarse hurgar las heridas en el reality show de Ed Sullivan “Esta es su vida” (Frances era inteligente y sabía que sería humillada), logró renovar su popularidad lo necesario para volver a escena en calidad de conductora del show “Frances Farmer presenta”, un programa de televisión dedicado al cine que entre 1958 y 1964 se mantuvo, gracias a ella, en los primeros puestos del ranking de audiencia en EE.UU. Seis años después moría de un cáncer de esófago. Fue mucho más que una retornada del Tártaro, fue también un ave fénix rebrotada de su admirable resiliencia, la peregrina que viajó de la noche oscura hasta el lugar del corazón que ella y Dickinson llamaron mañana.

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