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Debemos mirar al Congreso

Debemos mirar al Congreso

La Argentina aislada del mundo real se parece hoy a una olla a presión en la que muchos, no solo dirigentes políticos, suben todos los días la intensidad del riesgo.

En el Congreso de la Nación sin embargo, un grupo de senadores y diputados de distintos partidos están tratando de armar, con pocos elementos y muchas dificultades, una válvula de seguridad.

La imagen vuela hacia 2001, cuando gobernadores y legisladores nacionales –en los que nadie creía-sostuvieron unidos, con éxito, la idea de que las instituciones eran el único instrumento para asegurar la paz social. Desde la renuncia de Fernando de la Rúa el 20 de diciembre hasta el asunción de Eduardo Duhalde doce días después el Congreso sostuvo y ordenó, sin violencia, aquella inmensa crisis.

Sin embargo, como ningún proceso es igual a otro es probable que ahora la crisis de autoridad no se resuelva con la renuncia y nombramiento de varios presidentes en diez días. Pero, en cambio, es probable que el Congreso intente restablecer una olvidada tradición: ponerle límites a la autoridad presidencial.

Además, el cuadro ha cambiado desde 2001.

Seis años y medio después hay muchos más actores en el escenario político.
La sociedad busca participar, crecientemente, por fuera de los partidos políticos.
El fenomenal desarrollo tecnológico de las comunicaciones hizo posible a través de Internet y de los mensajes de texto la convocatoria, organización e interconexión, por ejemplo, de la inmensa movilización rural. Pero esa tecnología habilita, al mismo tiempo, a que esa red sea utilizada por grupos o personas que expresan solo su opinión personal sobre las cosas suponiendo que representan una multitud.

En otras palabras, son muchos los que están haciendo política a través de estos medios y es bueno que esto ocurra. Pero al mismo tiempo no sería una mala idea recordar la advertencia de Albert Einstein: “con las cosas que he descubierto se puede hacer un mundo mejor o la bomba atómica”.

Los legisladores y los partidos que trabajan para articular desde el Congreso una respuesta institucional a las movilizaciones, deberían utilizar también esos instrumentos de comunicación que la sociedad utilizó para organizarse.

Estos instrumentos serán en el corto plazo tanto o más efectivos que la tradicional actividad política de viajes, entrevistas personales o reuniones en locales partidarios.

Existe una diferencia entre lo que están haciendo gobernadores, senadores y diputados por un lado, y la participación que realizan desde Internet y los teléfonos un variopinto de entusiastas francotiradores y hasta algunos analistas políticos, por el otro.

Una cosa es construir puentes entre las diferentes orillas de la oposición para articular alternativas a la política del gobierno y otra, bastante distinta, es dedicarse a contar cuántas y de qué colores son las manchas que tiene el matrimonio gobernante.

En un país con una de las tasas de habitantes psicoanalizados más alta del mundo la política necesita a gritos entrar en la edad adulta. O manejamos la idea infantil de que el 25 de mayo de 2003 la Argentina fue invadida por hombres y mujeres malos o avanzamos hacia la búsqueda de otra tierra más fértil para la construcción de consensos.
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