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Elogio de la política

Elogio de la política

Tiempo privilegiado para hacer buena política democrática, pero también de locuras del poder y de tentaciones de golpes.

Es fácil crecer políticamente sobre los defectos del otro, pero a la larga no hay éxito político sin demostrar virtudes propias. El Gobierno perdió el tiempo del examen democrático y la oposición no acaba de cosechar en el corazón de la mayoría los defectos ajenos con sus propias virtudes.

Una cosa es imponer la fuerza, el poder y los intereses propios, disfrazados de "pueblo" y "revolución", y otra construir, entre todos y para todos, un espacio público con objetivos comunes.

La política democrática es un ideal que transforma y dignifica; cultiva virtudes, desarrolla prácticas sociales e instituciones, con reconocimiento del otro y la convicción de que los logros duraderos propios pasan por los logros de los otros y de que todos tenemos intereses, derechos y deberes que se desarrollan mejor en República.

La antipolítica consiste en la no participación de unos y en la usurpación e imposición de los otros: brutalidad contra ciudadanía. En los casi 200 años desde la proclamación de nuestra República hemos tenido más imposición que democracia, más usurpación que participación, más dominación que virtudes ciudadanas. Resulta ya cínica la infantil contraposición entre la homogéneamente traidora Cuarta República, que va de 1830 hasta 1998 (168 años), con la luminosa Quinta República, dorada avenida hacia un milenio de felicidad. Lo que sí fue mérito de la última década es la renovada invitación a los desposeídos a levantarse y a asumir la República como propia, a ejercer su parte de soberanía, a participar y exigir logros de beneficio propio y común. Ahora la gente pide resultados y rendición de cuentas.

Hace ocho décadas se fue constituyendo el liderazgo democrático que años después, en 1958, llegó a gobernar, y los militares pasaron del poder indebido a servir a la democracia social. Se abrieron instancias participativas organizadas (sindicatos, ligas agrarias, partidos, asociaciones gremiales...) de discusión, de acción y creación de instituciones públicas con contrapesos y controles del poder. Se abrió el acceso general a bienes públicos, al "empoderamiento" de los débiles, y arraigó la cultura democrática. Desgraciadamente, este empuje democrático inicial se fue perdiendo, y luego de los primeros decenios más de la mitad de la población llegó a sentirse abandonada y traicionada por los partidos democráticos que recibieron su apoyo. En contraposición, el actual Presidente supo presentar su propuesta en el juego democrático poniendo a los excluidos en el centro de la vida política y social.

Diez años después, el desgobierno y la desilusión de los seguidores es patente y justificada. Para muchos en el poder, es la hora del cinismo: no hicimos lo que prometimos, pero – por la fuerza– nos quedaremos con el disfrute del poder; la democracia es una máscara, útil ayer, molesta hoy, para el poder omnímodo. Pero muchos "chavistas" no renuncian a sus ideales de democracia social con participación y reclaman eficiencia y pulcritud al Gobierno. Democracia contra el poder de la fuerza se debaten en el lado de este régimen.

En el país amenazado y asqueado del mal gobierno, unos tienen la tentación de salir por cualquier medio de esta trampa antes de que la autocracia cierre todas las puertas; luego se verá –piensan– cómo se reconstruye la democracia. Incluso, algunos juzgan los caminos democráticos de ingenuos o vendidos al Gobierno. Por eso la política es más necesaria que nunca. Es un error pensar que la perversión política es exclusiva de los políticos profesionales, o un mal sólo de Venezuela, o del actual régimen: personajes impresentables llegan al poder en Estados Unidos o Italia, por ejemplo, con el apoyo o pecado de omisión de la mayoría. En Venezuela, el rechazo a los planes totalitarios es claro, pero necesitamos un liderazgo democrático alternativo fuerte y con valores que sobresalgan entre tanta basura, y que la mayoría de la sociedad se movilice políticamente y defienda democráticamente su futuro contra supuestos magnicidios, elecciones de noviembre con evaluación y alternativas democráticas. Presidente, a gobernar sin poder absoluto ni corrupción, aunque no le guste.

Luis Ugalde 
Sacerdote jesuita
Rector de la Universidad Católica “Andrés Bello” de Caracas

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