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La vida en el corazón de Inglaterra

La vida en el corazón de Inglaterra

Elegí Birmingham como el destino Erasmus donde pasar nueve meses de mi vida aún sabiendo que no me encontraría la ciudad más bonita ni soleada del mundo. De ella me habían dicho que era fea e industrial, pero decidí que, al igual que las personas, las ciudades también tenían que tener una belleza interior, y yo me propuse descubrirla.
Llevo poco más de un mes aquí y, aunque todavía me queda mucho de esta gran ciudad por descubrir, yo lo que he visto, me gusta. Será porque es una ciudad grande y yo estoy acostumbrada a otras más pequeñas, porque puedes encontrar a gente de todo el mundo, o por un extraño encanto inglés que sin querer enamora, pero la realidad es que yo aquí estoy encantada.

Un campus que es una mini ciudad

Tal vez influya que una de las primeras cosas que vi fue la universidad y, en este caso, el dicho de que la primera impresión es la que cuenta, es verdad, y no hay apariencias que engañen. Lo que ves es lo que es y de hecho, cuanto más la conoces, más te gusta.

    Podría decirse que el campus es una mini ciudad, pues tiene cafeterías, supermercados, bancos, librería, biblioteca, tienda de souvenirs, mercadillo de fruta y verdura todos los días, tienda de móviles, parque… Si hay algo que un estudiante necesita, sin salir del campus lo podrá encontrar.

    Las ardillas se pasean con ocioso caminar, muy acostumbradas a la presencia humana que ya no las logra asustar. Muy de mañana, hay quien incluso ha visto zorros, aunque no es lo habitual. Los fines de semana se convierten en momento de visita y paseos de padres con sus hijos, dándole un ambiente más familiar que universitario.

    Todo el campus se estructura alrededor de Chancellor's Court, una serie de edificios de ladrillo rojo que forman un semicírculo y que están presididos por Joseph Chamberlain Memorial Clock Tower, una torre con un reloj. Dicho así, podría parecer que se trata de una torre cualquiera, sin embargo, tiene mucho de especial, y digo esto dejando aparte cualquier tipo de dato o referencia histórica.

    Su majestuosa presencia gobierna todo el campus, basándose en la autoridad que le concede su altura y en la obediencia de los que a sus pies se pasean sintiéndose diminutos. La torre te acompaña casi desde que sales de casa y a medida que te acercas, la ves cada vez más grande, te sientes cada vez más pequeño. Pero cuando la inmensidad del campus se convierte en laberinto, siempre hay alguien que te guía. Alza tu vista al cielo y allí la encontrarás, la torre es tu amiga y una vez que la veas ya sabrás donde estás.
Su poder se extiende más allá de las fronteras del campus, pudiéndose contemplar su esbelta figura incluso a kilómetros de distancia y haciéndote sentir orgulloso de estudiar ahí.

El bullicio del centro



La visita al centro de la ciudad supone una puesta a prueba de la resistencia a la compra compulsiva. Estoy hablando del Bull Ring, uno de los centros comerciales más grandes del Reino Unido y de todas las demás tiendas que a su alrededor se distribuyen. Ir de compras en Birmingham puede volver loco al más cuerdo, o dejar sin dinero en un momento al más derrochador.
Se necesita mucha fuerza de voluntad para no caer en tentaciones como las que representan tiendas como Primark, en las que hay de todo y todo es baratísimo. Desde que entras por la puerta y divisas un horizonte plagado de personas programadas para comprar, tu vida se convierte en una cruzada por ser más rápido y hábil que los demás. Se hurga en desordenadísimas montañas de ropa buscando un color y una talla que te vayan, se lanzan desafiantes miradas a aquellos que fueron más rápidos que tú y te robaron la prenda deseada. Una larguísima cola para pagar es el último paso antes de salir victorioso de la batalla. El número de artículos que en tus bolsas haya, depende de tu grado de diferenciación entre necesidad y capricho, tu tacañería, o tu sentido común.

Peculiaridades inglesas

Si algo destaca cuando vas caminando por esta ciudad (aparte del hecho de que conducen por el otro lado), es que los ingleses respetan los pasos de cebra y se paran a tus pies. Ya puedes tirarte a la carretera que, aunque quieras, yo creo que no te atropellan.

    El clima es amenazadoramente frío ya en octubre, como presagiando la que se avecina en diciembre, pero al menos no llueve tanto como pensaba. Es habitual que nieve, y yo no quiero perderme la oportunidad de contemplar la universidad vestida de blanco y desprendiendo una fría serenidad.
Destaca la adaptación al medio de los ingleses, pues mientras los demás ya estamos sacando nuestras mejores galas invernales, ellos van en chanclas y pantalón corto, y ellas lucen las minifaldas más minis sin hacer uso de medias.

    Y así se pasan los días por Inglaterra, descubriendo, creciendo, asombrándote de tanta variedad y nunca cansándote de ella. No habrá nunca una globalización completa, cada lugar siempre tendrá su sello personal, ese encanto que enamora, esa belleza interior.


Crónica publicada el 1 de diciembre 2008
María Fernández Santos
20 años
Origen: Facultad de Filología, Filología Inglesa e Hispánica, Universidad de Salamanca.
Destino:
College of Arts and Law, Hispanic and English Studies, University of Birmingham. Reino Unido.
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