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2009: la tormenta de la comunicación

2009: la tormenta de la comunicación

Ya no podemos esconder ni un minuto más la preocupación que nos gana, centímetro a centímetro, a quienes, desde diferentes trincheras, vivimos de, por, para, con, sobre, desde, en, la comunicación. En la última década, nunca como ahora esa revolución incontrolada que se llama Internet y que adopta la forma de periódicos, blogs, opúsculos, hojas digitales volanderas, ha dado una sensación tan fuerte no de estar llamando a la puerta, sino de irrumpir violentamente dando una patada en esa puerta, que tantas veces se quiere de contención. Como si poner puertas al campo fuera, a estas alturas de la película, posible.
Escribo desde la angustia de comprobar que, en las próximas horas, un gran periódico de papel en el que trabajé muchos años, al que he respetado siempre por tantos conceptos y al que, por tanto, me he permitido la peligrosa osadía de criticar cuando me ha parecido que con ello podría ayudar en algo, corre el riesgo de no acudir a su cita con los lectores porque una huelga de sus trabajadores podría impedirlo. Claro que no voy a entrar en la mayor o menor justificación para ese paro, ya que los propios empleados del diario conocen mucho mejor que yo las razones que les llevan a tomar las graves decisiones que han tomado; simplemente, debo constatar, como les ocurre a  no pocas personas que tienen que ver con este inquieto sector, que la impresión de que un imperio corre el riesgo de quebrarse, aunque sea en parte, resulta difícilmente explicable. ¿Por qué está ocurriendo algo que nadie esperaba hace apenas cuatro o cinco meses? 

Y, ahora, son varios los imperios que se estremecen o que, al menos, ven negros nubarrones en el horizonte. No se me ocurre ningún motivo de alegría por ello: cada vez que una voz se encuentra ante el abismo del silencio, algo importante se pierde para toda la sociedad, empezando por la comunidad de la comunicación. Cada vez que un medio informativo se debilita, aumenta el peligro de que quienes no comparten eso de que ‘noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique’ sean los que presten su mensaje, viciado, mercantilizado, interesado, a ese medio.

Me parece que la revolución que se nos echa encima, que va a exigir no pocas transformaciones, renuncias y alteraciones, nos demanda una reflexión muy a fondo sobre las preguntas clásicas de quiénes somos –que no todos los que dicen ser son--, de dónde venimos –en ocasiones, los errores nos pasan ahora factura—y, sobre todo, hacia dónde vamos. Hay recetas y fórmulas que ya no sirven, hay falsos protagonismos que la sociedad no toma en cuenta, los profetas de las ondas han dejado de estar vigentes. Métodos y modos de hacer las cosas-como-hasta-ahora estallan en pedazos ante el avance imparable de lo que ya se ha instalado en nuestros ocios, en nuestro trabajo, en nuestra manera cotidiana de vivir.

Por eso, me parece, la crisis. Me refiero, por supuesto, a la específica de nuestro sector, que se asoma como con un mareo al 2009 amenazante, no a esa crisis económica global de la que tanto hablamos sin a veces comprenderla demasiado bien; la crisis de los medios de comunicación es parte de la global, pero no se explica solamente por la mala gestión de unos banqueros y de unos cuantos tiburones allá al otro lado del charco, ni por la falta de empuje acá en Europa o por la ausencia de ideas aquí en España. ‘Nuestra’ crisis tiene mucho de  particular e intransferible, aunque sea compartida con los medios de todo el mundo.

Me parece aterrador que un informe de la Asociación de la Prensa de Madrid hable de la posibilidad de que tres mil periodistas españoles, de los que se afanan día a día en buscar la noticia y ofrecérsela al lector, al oyente, al telespectador, se queden sin su puesto de trabajo en las próximas semanas o meses. Cierto que vivimos una inflación de oferta informativa y un déficit de verdadera información, pero aquí hay algo que no cuadra del todo: ¿las que ayer eran superpotencias informativas hoy se tambalean? Pero ¿qué está pasando aquí? Ya no se trata tanto de aquello de que ‘es la economía, estúpidos’, como de que ‘es la tecnología, estúpidos’. Ni los políticos (los legisladores están a años luz de lo que reclaman las nuevas vías de la comunicación), ni los jueces, ni los abogados, ni ese difusamente llamado hombre de la calle, ni, por supuesto, nosotros los periodistas, hemos sabido embridar con la suficiente energía ese tigre galopante que es demasiado peligroso como para que de él se ocupen exclusivamente los que a sí mismos se llaman técnicos sin ideología y sin alma.

O lo entendemos y nos ponemos en marcha de una vez, o muchos nos iremos al garete. Una revolución, la entrada en una nueva era, no se cura con parches y aspirinas. Se hace precisa una colaboración efectiva entre la prensa de papel –falsos profetas pronostican su muerte, en lugar de entender que es posible y deseable la sinergia con la Red-- y los medios de Internet, es imprescindible que los grandes anunciantes comprendan que entre sus obligaciones –y también entre sus oportunidades—se halla la de contribuir a salvar un sector estratégico que está situado ante el abismo de las preguntas fundamentales sobre su propia pervivencia. Los propios integrantes del sector hemos de aceptar que se hacen precisas integraciones, fusiones, recortes y objetivos más elevados.

Y me parece básico que la opinión pública, la sociedad, entre a exigirnos que cumplamos con nuestro deber de informar de una manera adecuada, veraz, implacable…y moderna. Porque la información, tras la vida y la integridad física, es el bien más caro a la persona. Por eso no puedo estar hoy alegre ante la posibilidad de que, siquiera por unas horas, un medio de comunicación que ha hecho historia no llegue a los lectores que llevan tantos años, contra viento y marea a veces, apoyándolo. Y menos aún puede contentarme el pensar que no estamos ante un caso aislado. El año que se asoma por el balcón de nuestras aprensiones será tiránico e implacable con quienes lo contemplen como una amenaza y no como un período de oportunidades para adaptarse a lo inevitable, que puede que, además, sea lo mejor.
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