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Liberalismo: progresista o nada

Liberalismo: progresista o nada

Lleva tiempo abierto el debate, y ha cobrado intensidad en los últimos tiempos, sobre si el concepto progresista, aplicado a la acción política del liberalismo, es “empobrecedor”, como algunos extraños liberales pretenden, o más incluso que conveniente, casi imprescindible para delimitar y precisar la esencia de lo liberal, como entendemos otros. Tanto se han acentuado las posiciones que el Club Liberal de Madrid, que tiene en el histórico Bernardo Rabassa un presidente equilibrado, incluso progresista, pero con una directiva balanceada algo a la derecha de “neocon”, ha considerado necesario convocar un debate al respecto, que tendrá lugar dentro del próximo mes de enero en el Ateneo de la capital y que despertará sin duda amplio interés en la opinión pública no sólo liberal.

Que la duda sobre el carácter intrínsecamente progresista del liberalismo se planteara desde posiciones antagónicas, lo mismo conservadoras que socialistas, no sorprendería tanto como que sean personas que se declaran liberales quienes abran esta polémica y rechacen para sí mismas la condición de progresistas. En política es difícil negar que el progresismo no es sino la bandera de la razón y por tanto de las libertades. ¿Cómo alguien se puede pretender políticamente liberal y considerar nada menos que “empobrecedora” la bandera de la razón y de las libertades? A menos que se pretenda, ellos sí, empobrecer la ideología liberal al ámbito de lo económico, en la línea de un neoconservadurismo radical que tanto tiene que ver con la grave crisis económica norteamericana de los años recientes.

Es la diferencia abismal, por ejemplo, entre Reagan y Bush. El primero no era ciertamente un izquierdista, pero al menos era profundamente liberal no sólo en economía, sino también en libertades y derechos civiles, y muy distinto por tanto a un Bush políticamente ultra-conservador e incluso, como al final se ha visto, menos que fiable incluso en lo que hace al liberalismo económico.

La identificación del adversario, o del enemigo, como se prefiera, dice mucho siempre en política. Reagan supo identificar dónde estaba el enemigo de las libertades y su llamada “guerra de las galaxias”, el famoso escudo nuclear protector contra el militarismo expansionista ruso, evitó que el totalitarismo soviético pudiese derivar hacia el “enemigo exterior”, como es trágica pulsión de los totalitarismos cuando se inicia su derrumbe interior. Gracias a aquello, Gorbachov tuvo aliento y aquello cambió si no para bien, al menos para menos mal.

Todo lo contrario, movido por raros doctrinarismos y todavía no aclarados intereses, Bush orientó la máquina militar norteamericana contra el enemigo equivocado, contra la despreciable pero hasta cierto punto occidentalizada dictadura iraquí, en vez de contra el estremecedor totalitarismo islámico ya entonces establecido en Irán. Y no fue por falta de advertencias. Alguna inolvidable gran periodista y varios importantes intelectuales ya habían señalado por entonces la aterradora similitud entre los resortes utilizados en el corazón del mundo árabe por el régimen nacional-islámico de los ayatollahs y los en su día usados por el nacional-socialismo en el corazón de Europa, de los que el místico odio a los judíos es tronco común esencial.

En estos nuevos tiempos de tribulación convendría a muchos no un repaso, sino una lectura atenta de aquellas obra monumental, “Los orígenes del totalitarismo”, en que la gran filósofa y socióloga Hannah Arendt supo desentrañar el cómo fue posible aquello, las corrientes subterráneas que prepararon el advenimiento en Europa de los dos grandes horrores totalitarios del pasado siglo, el nazismo y el estalinismo. El análisis de Arendt ayuda ahora a entender cómo ha sido posible que un político cuya biografía de intereses está por escribir, poderoso sólo por la gran nación que polémicamente había alcanzado a dirigir, pero hombre de limitados resortes intelectuales, nos llevara a todos a elegir el enemigo equivocado en el momento inoportuno, con la terrible consecuencia de haber elevado el radicalismo mágico islámico a la categoría de auténtica amenaza global contra las libertades.

Las disquisiciones anteriores pretenden sólo orientar una polémica que es probablemente muy importante en la actual hora de España, cuando, de una parte, el socialismo de Rodríguez Zapatero ha renunciado, de manera tan radical como innecesaria, a la tradición liberal de los mejores socialistas españoles, y de otra, no pocos sedicentes liberales se han afincado en la derecha no para encauzarla en sentido liberal sino para disfrazar de liberalismo, y hacerlo así presentable, un radicalismo neoconservador ajeno a nuestras tradiciones intelectuales y a la realidad social y cultural de la España de hoy.

Hace tres cuartos de siglo que el radical socialista Alvaro de Albornoz, que por cierto llegaría a ser polémico y brillante ministro de Justicia de la República, dejó escritas frases espléndidas en su libro sobre la democracia y la libertad en el temperamento español, que cito de memoria con riesgo de alguna imprecisión: “Hoy, quizá por imperativo de la moda, no pocos hombres de izquierdas vacilan en sus convicciones liberales. Nosotros, no. Convencidos de que la democracia es el medio, pero la libertad es el fin, seremos más liberales hoy que ayer, más liberales mañana que hoy. Liberales, siempre.”    

De la misma manera, frente a quienes hoy en día pretenden recluir el liberalismo en el respetable pero limitado espacio conservador, muchos liberales, espero y deseo que los más y los mejores, seguiremos afirmando que el liberalismo es y debe ser, por esencia y coherencia, progresista, porque no es una doctrina sólo económica, sino también política y social. Es la defensa armónica de todas las libertades, la que permite converger a gentes de la derecha y de la izquierda en un espacio moral e ideológicamente superior, el espacio liberal, tan odiado por los intervencionistas de todos los colores.
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