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La Justicia, en llamas

Era obvio que a Fernández Bermejo no le quedaba otra opción que presentar su dimisión al presidente del Gobierno. O acaso sí quedaba otra opción, que el presidente no se ha atrevido a realizar: enmarcar la salida de su ministro de Justicia dentro de una crisis de Gobierno en la que hubiera podido aprovechar para soltar lastre. Pero las cosas son como son y el ministro, completamente acorralado y ya sin apoyos internos, ha optado por dejar el cargo.

Ahora bien, es una lástima que la dimisión de Bermejo se produzca exclusivamente por una cacería, por mucho que coincidiera con un juez y por mucho que cazara sin licencia. Está mal, desde luego, y políticamente es reprobable, pero no olvidemos que la verdadera salida de Bermejo se produce no tanto por ese acto -que no dejamos de calificar de anécdota- como por la auténtica razón: que ha dejado la Justicia en llamas.

Ésa -la anterior- sí es una razón de peso: tiene en pie de guerra a todos los jueces, que le han hecho una huelga histórica, se ha roto el pacto por la justicia y hasta Jueces para la Democracia, la asociación judicial quizá más próxima al ministro y al Gobierno socialista, ha pedido su reprobación.

Así no podía continuar el ministro de Justicia, y así el ministro de Justicia ha tenido que dimitir. Está muy bien para los titulares aquello de “el cazador cazado”, pero lo de una montería es pecata minuta si tenemos en cuenta la situación en la que está la Administración de Justicia. Cada cosa en su justo término.
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