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Quo Vadis, Benedictus?

La reciente afirmación del papa Ratzinger en Yaundé (Camerún), durante su primer viaje a África, el 17 de marzo pasado, de que “el sida no se puede superar con la distribución de preservativos que, por el contrario, aumentan los problemas", y que “la única vía eficaz para luchar contra la epidemia es una renovación espiritual y humana de la sexualidad, unida a un comportamiento humano moral y correcto, destinada a sufrir con los sufrientes”, ha provocado la indignación de gobiernos (como los de Francia o Alemania), instituciones de alto rango (como los 27 miembros de la Comisión Ejecutiva de la Unión Europea), organizaciones humanitarias, teólogos e incluso algún obispo. El gobierno español ha mostrado también su discrepancia anunciando el envío a África de un millón de condones.

Respecto a lo que el Papa ha dicho sobre el sida, el portavoz de la cancillería de París, Eric Chevallier ha declarado que aunque "no nos espera a nosotros dar un juicio sobre la doctrina de la Iglesia, consideramos que frases de este género ponen en peligro políticas de salud pública y los imperativos de protección de la vida humana". El gobierno de Alemania, la patria del Papa Joseph Ratzinger, protestó a través de una declaración común de las ministras de Salud y de la Cooperación Económica al Desarrollo: "Los preservativos salvan la vida, tanto en Europa como en otros continentes. Una moderna cooperación para el desarrollo debe dar a los pobres el acceso a los medios de planificación familiar, entre ellos el empleo de preservativos; todo el resto sería irresponsable". El obispo auxiliar de Hamburgo, monseñor Hans Jochen Jaschke, ha criticado públicamente al Papa. "Quién está enfermo de sida y es sexualmente activo debe proteger a los otros y a sí mismo", escribió el obispo católico en el semanario "Die Zeit".

  El diario parisino “Le Monde” publicó un dibujo satírico en la primera página en la que aparece Cristo multiplicando los preservativos que reparte entre los africanos. La Asociación Alemana de Ayuda contra el Sida (DAH) ha acusado al Papa de "pecar contra toda la Humanidad": "En vista del dolor multitudinario que causa el SIDA en África, el rechazo categórico a los condones por parte del Vaticano es un acto de cinismo y de desprecio a la Humanidad". Otra organización, ACTIONAID, calificó de "ciegas y desafortunadas" las palabras papales y menciona investigaciones científicas y sociales que dan pruebas de que “los preservativos pueden proteger a los más vulnerables y, por tanto, salvar vidas”. El Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, han calificado las palabras del Papa de "inaceptables". The New York Times comentó que el Papa está "penosamente equivocado". Y se pregunta Alain Fogue, integrante camerunés de la organización MOCPAT, que trabaja con infectados de Sida: “¿El Papa vive en el siglo XXI?".

El Vaticano ha reaccionado de la forma consabida a las críticas sobre la afirmación papal, reafirmando la tesis de Benedicto XVI, al igual que reaccionó cuando el Papa levantó la excomunión de cuatro obispos lefebvrianos, uno de ellos descarado defensor de la teoría negacionista del holocausto judío por parte de los nazis. El subdirector de “L'Osservatore Romano”, Carlo Di Cicco, ha salido en defensa del Pontífice calificándole como "un verdadero reformador que se ha expuesto a denunciar que la hipocresía es dañina dentro de la Iglesia. Benedicto XVI tiene gran talla intelectual, no está fuera del mundo, piensa y propone un mundo mejor del presente. El Papa lo ha hecho hasta ahora magistralmente. Lo único que pide es una cosa simple y difícil,  un nuevo despegue de la Iglesia del Concilio”.

¡Un despegue de la Iglesia del Concilio! ¡Menudo despegue! El Papa Benedicto XVI lleva sus cuatro años de Pontificado provocando polémicas. A la reciente sobre la restauración de los obispos lefrebvistas y la anterior provocando la indignación de los musulmanes en Ratisbona, criticando a Mahoma, añade ahora la negación al uso de los preservativos, agregando que el condón agrava el problema del SIDA. Muchos creyentes se preguntan hoy a dónde quiere llevarles este Papa. Uno de los máximos representantes de la Teología de la Liberación, (que adoptó desde finales de los años 60 “una perspectiva global enfocada a la condición de los pobres y oprimidos de todo el mundo”), Leonardo Boff, escribía recientemente que “la Iglesia se está enfrentando a todos”. 

En los años 70, el entonces cardenal Joseph Ratzinger fue enormemente riguroso, tratando por todos los medios de cortar de raíz aquel movimiento teológico en favor de los pobres, un movimiento que trataba de acercarse y liberar a los oprimidos de la tierra, los indígenas, los negros y los pobres del mundo. También lo fue con otros teólogos, aunque no propiamente de la Liberación, como el suizo Hans Küng o los españoles José María Castillo o Benjamín Forcano, y hasta con obispos como monseñor Casaldáliga. El catedrático de Teología y Ciencias de las Religiones, Juan José Tamayo, aseguraba recientemente en un artículo de El País que Küng es “la conciencia crítica quizás más lúcida de la Iglesia católica, y más concretamente del fundamentalismo instalado en la cúpula del Vaticano”.  Y refiriéndose a su relación con Joseph Ratzinger –compañero de estudios y cátedra, incluso ambos coincidentes en el Concilio Vaticano II-  afirmaba que el uno ha apostado por la libertad mientras el otro lo ha hecho por el poder absoluto de Roma. Kung aseguraba recientemente en una entrevista con motivo de la presentación de sus Memorias en España, que Roma “siempre quiere llevar la razón. Para ella, un solo disidente sin sanción (…) pone en peligro todo el sistema”. Hans Küng se pregunta por qué el Papa sólo ha extendido la reconciliación con los sectores más conservadores de la Iglesia y no con los teólogos reformistas del Concilio.  “Benedicto XVI ha decepcionado cada vez más a muchos católicos. Mucho me temo que de Benedicto XVI se recuerden sobre todo sus graves errores”, agrega el célebre teólogo suizo, de 81 años, dos menos que Ratzinger.

El dilema actual de la Iglesia reside en una apuesta por la libertad de los cristianos o por el poder absoluto de Roma. Muchos teólogos –no sólo de la Liberación- y unos cuantos obispos –los mitrados no lo tienen tan fácil- han apostado por la libertad en la Iglesia, cuyas ventanas quiso abrir un día el papa Juan XXIII convocando el Concilio Vaticano II, “para que entrara en la Iglesia el aire fresco”. Otros, como el actual Pontífice Benedicto XVI, han apostado de nuevo, como en los tiempos del Concilio de Trento, por el poder absoluto. Como alguien ha señalado, “los demonios andan sueltos por los pasillos vaticanos”. Las reacciones del Papa y sus adláteres a las críticas sobre las opiniones y los hechos pontificios están poniendo en evidencia unas grandes tensiones dentro de la Iglesia, no sólo en su aparato burocrático e informativo, ni sólo en la gestión del papado, sino también el aislamiento y prepotencia de un Pontífice que cree que todo lo que sale de su boca es un dogma fulminante, teoría por cierto denunciada hace muchos años por el propio Kung. El analista de asuntos vaticanos en el diario La Republicca Marco Politi acaba de afirmar rotundamente que “algo está funcionando muy mal en la Curia Romana”.

La última bomba explotó hace pocos días en una pobre región al nordeste del Brasil, con la excomunión a médicos y una madre brasileña por el aborto de su hija de 9 años, violada por su padrastro, con un embarazo que ponía en riesgo su vida. La absurda excomunión dictada por el arzobispo de Olinda y Recife, José Cardoso Sobrinho, ha provocado un gigantesco rechazo nacional e internacional. La excomunión fue avalada por Giovanni Battista Re, Prefecto de la Congregación para los Obispos y Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina; este asunto acentuó más si cabe la crisis sin precedentes que recae en Roma y cuya raíz se ubica en Benedicto XVI. Estos y otros hechos están cuestionando el Pontificado de Ratzinger, su mandato y su visión de una Iglesia rígida frente a las nuevas exigencias del mundo. A punto de cumplir 82 años, casi cuatro años después de haber sido elegido Papa en abril del 2005, Ratzinger se enfrenta a una serie de críticas abiertas e inéditas dentro y fuera de la Iglesia, sólo comparables a las que generó Pablo VI cuando publicó en 1968 la famosa encíclica sobre la paternidad responsable (que no contra la píldora anticonceptiva),  “Humanae vitae”.

La ofensiva de Ratzinger contra el relativismo –señala un experto- está marcándole con el sello de la intransigencia. Su postura antimusulmana en Ratisbona; sus desaciertos frente a los indígenas americanos en el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam); el reconocimiento de los cuatro obispos lefebvristas; su silencio ante la rígida condena en el caso de la niña brasileña o la eutanasia de la italiana Eluana Englaro; y más grave aún si cabe, la interpretación del finiquitado y memorable Concilio Vaticano II.     Benedicto XVI no se siente cómodo con la modernidad y la reforma iniciada en el Concilio Vaticano II en los años 60. Al reincorporar a los cuatro obispos lefebvristas estaba reconociendo lo que el fundador de ellos, monseñor Lefebvre, afirmó en 1982: “El Concilio Vaticano II fue un pecado”. Esta es la Iglesia que quiere Ratzinger?  En los últimos 20 años de Iglesia jamás se había percibido una crisis tan sonora –Juan Pablo II supo tapar hechos muy graves gracias a su carisma mediático- sobre la autoridad de un Papa. Roma no escucha apenas a nadie, vuelve a hacerse dogma inapelable eso de que “fuera de Roma no hay salvación”. Y mucho menos para creyentes tan profundos y tan comprometidos como Kung, Forcano, Ellacuria, Sobrino, Boff, Ellacuría (jesuita asesinado en El Salvador) y tantos y tantos otros, teólogos, obispos o creyentes de a pie, que cada día se preguntan: “¿A dónde vas, a dónde nos quieres llevar, Benedicto XVI?”

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