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Asociaciones ilícitas

En estos días, al igual que en los albores del gobierno de Néstor Kirchner, se tejen algunos curiosos paralelismos con la presidencia de Raúl Alfonsín. Incluso, analistas temerarios hablaron de la “continuidad” del proyecto de Alfonsín por parte del matrimonio presidencial. Se han señalado: los mismos “enemigos”, circunstancias socio económicas turbulentas y “proyectos nacionales” progresistas. Sin embargo, las diferencias prevalecen por sobre la pugna lógica con los diferentes grupos de interés y son palmarias cuando se observa el concepto de construcción de poder de ambos mandatarios. No se trata del rasgo psicológico, de dilucidar si el temperamento biliar de Kirchner se contrapone al tono afable de Alfonsín, se trata del fondo de la cuestión política que ambos cultivaron.
   
Para el primero importa derrotar al enemigo e imponer condiciones desde el triunfo, para el segundo era fundamental convencer para tomar un camino entre varios alternativos. Desde la pluma como Alfonso Carrido Lura, o desde la tribuna, o encaramado a aquel célebre púlpito, Alfonsín siempre perseveró en la huella del diálogo. En contraposición Néstor Kirchner siempre vivió el diálogo como un rasgo de debilidad, al que rehuye porque le resulta extraño el trabajo de tener que predicar con la razón ante propios y extraños.

Dos ejemplos de conductas diferentes, que nacen de estas concepciones distintas de la política, sirven para ilustrar este razonamiento. El primero esta relacionado con los vínculos con América Latina. Argentina, en 1983, estaba rodeada de países en los que todavía gobernaban regímenes autoritarios, valga recordar que Uruguay y Brasil recuperaron la democracia en 1985, Paraguay en 1989 y Chile, recién en 1990. Ante este escenario, la gestión política del radicalismo ante los foros internacionales y con los propios actores políticos de los países mencionados, fue la de abrir senderos para avanzar hacia la recuperación de las instituciones en esas naciones.

El entonces presidente era consciente que la democracia argentina no tenía futuro en soledad. La presencia de mandatarios opuestos unos a otros, en las exequias de Alfonsín, tales como Julio María Sanquinetti y Tabaré Vázquez del Uruguay, o Fernando Henrique Cardoso y José Sarney de Brasil, son una prueba del agradecimiento y el reconocimiento a su tenacidad política en aquellos años fundacionales. Por su parte, en Chile se declaró el duelo nacional, medida que no se implementaba desde hace más de cuarenta años en ocasión del asesinato del presidente John F. Kennedy.

La relación del matrimonio Kirchner con América Latina ha ido en detrimento del espíritu de los ’80, bajo cuyo influjo nació el Mercosur. Allí está el conflicto doméstico con el Uruguay elevado a la categoría de “causa nacional” que ha deteriorado las relaciones al punto de que el presidente Tabaré Vázquez ha vetado la candidatura de Néstor Kirchner a la secretaría del Unasur; o la actitud de suspender el suministro de gas a Chile en forma unilateral; o, peor aún, subestimar al presidente Luis Inacio Da Silva – a poco de asumir- a quien se lo caracterizó de “claudicante frente a los planes de ajuste neoliberales” en contraposición a la figura “nacional y popular” de Hugo Chávez. Acciones y actitudes que prescinden del diálogo y hunden sus raíces en el prejuicio y en el cálculo del rédito político de corto plazo.

Alfonsín concebía que la sustentabilidad del sistema democrático dependía de la salud de los partidos políticos. Por esta razón dedicó sus esfuerzos al fortalecimiento de los mismos y del sistema político. Durante su gobierno la interacción con el Poder Legislativo fue intenso y el Congreso era una verdadera arena pública de deliberación. El propio Partido Justicialista pasó por un inédito proceso de renovación, alentado por Alfonsín,  inevitable ante el cambio de época. Un detalle que hoy se extraña muestra su preocupación política en este punto: los viajes al exterior del presidente siempre contaba con legisladores de la oposición en su comitiva.

Hoy los partidos siguen sufriendo el quebranto de legitimidad profundizado en el 2001 –que reconoce su antecedente en los años ’90- y los gobiernos peronistas del matrimonio Kirchner han cabalgado en la ganancia de esa debilidad en vez de recuperar un sistema político sólido que avente cualquier duda sobre la gobernabilidad del país.

No hay muchas semejanzas y las diferencias sustanciales anidan en la cultura política a la que adscriben ambos líderes. No son solo  aquellas que se han instalado en la opinión pública tras la muerte de Alfonsín remitidas a su reconocida bonhomía, en contraposición a la crispación del peronismo que nos gobierna hoy. Forzar un parentesco convierte en una verdadera asociación ilícita cualquier comparación.

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* Jesús Rodríguez es un político argentino. Fue Diputado Nacional y Ministro de Economía con el presidente Raúl Alfonsín.

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