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Tras el Debate, todo sigue igual

Tras el Debate, todo sigue igual

Ya quisiéramos encontrar motivos para algún optimismo, pero es inútil, porque nada avala esa voluntarista pretensión de Rodríguez Zapatero de que “lo peor de la crisis ya ha pasado”. No es eso lo que parece, ni de lejos, por los hechos y los datos. La verdad es muy otra, por incómoda que sea para la propaganda política, y es que hemos visto el fondo de la crisis, pero aún no lo hemos tocado y todo apunta a que aún nos veremos obligados a escarbar en ese fondo. Cierto que la mala situación no es sólo nuestra, aunque tengamos probablemente las peores perspectivas en Europa, y eso en una Europa cuya economía se contrajo un poquito más del 2,5% en el primer trimestre del año actual, lo que significa nada menos que el 4,6% de contracción respecto al mismo período de 2008. Se dice pronto, se escribe fácil, pero es para echarse por lo menos a temblar.

Digámoslo con claridad. Esto ya no es una crisis financiera –eso que los intervencionistas, con mejor propaganda que argumentos, están empecinados en presentar como consecuencia de la libertad de mercado y de lo que llaman “la codicia” de los operadores de los mercados–, sino una crisis económica generalizada en la que está hundido casi todo el modelo, y desde luego el aparato productivo. No se va a arreglar con actuaciones sobre los operadores financieros, aunque esas actuaciones sean desde luego necesarias, porque nadie sensato puede pensar en una economía sana con un sistema financiero enfermo. Como ya hace un año advertíamos, la salud de la economía real necesita de la salud de la economía financiera. La realidad de los datos deja en evidencia ese voluntarismo de la propaganda política del Gobierno de que lo peor haya pasado.

Indaguemos pues la verdad, ya que no somos políticos. No es imposible, ni siquiera improbable, que lo peor esté por llegar, y por eso se hunde la producción industrial, crece incontenible el paro, tinieblas similares a las inmobiliarias se ciernen sobre el turismo y cae el consumo familiar de manera que la crisis alcanza incluso al comercio al por menor. Todos esos indicadores son peores en España que en el conjunto de la Unión Europea y de la misma manera que nadie puede silenciar la independencia de análisis del Banco de España, no habrá “apañitos” de la Contabilidad Nacional que puedan disimularlo, pese a que ciertas metodologías polémicas retrasarán hasta bien entrado el verano del año actual el conocimiento preciso de lo sucedido con el PIB en el año 2008

Y tendría lógica que lo peor estuviese por llegar si observamos el mínimo margen de maniobra que queda a las autoridades económicas en una Europa donde el precio oficial del dinero está ya en el nivel, sin precedentes, del 1%, lo que convierte en ficción cualquier margen adicional en el ámbito monetario, y donde el tremendo esfuerzo presupuestario aplicado a salvar la Banca y recuperar el crédito se salda, hasta el momento, con una dramática ausencia de resultados visibles, porque en las actuales circunstancias, y con la dramática elocuencia de los números, frenar la recesión no quiere decir, ni de lejos, que esté próximo el cambio de sentido hacia una recuperación que, con toda probabilidad, se hará esperar quizá casi un año en el conjunto de la Unión y desde luego más, sensiblemente más, en España. 

En este desventurado contexto, el análisis de “The Economist” sobre nuestro sistema de Cajas de Ahorros no es alarmante, pero añade inquietudes. La prestigiosa revista económica estima que el deterioro de la calidad de los activos inmobiliarios aumenta la presión sobre las Cajas y abre un horizonte de fusiones, integraciones y adquisiciones. Con toda evidencia, la enorme exposición de las Cajas de Ahorros a los manejos políticos, unida a la amplitud de la corrupción política en nuestro país durante los años recientes, ha supuesto una presión excesiva para la salud del sistema. Lo sucedido en Caja Castilla La Mancha es paradigmático, pero ofrece mucho más interés para el análisis, y habrá que dedicarle todo un monográfico, lo que ha sucedido, parece que sigue sucediendo y no acaba de corregirse, en Caja Madrid, nada menos que la cuarta entidad financiera española. No hay riesgo para los impositores, pero no todo es eso.

En semejante contexto, con el paro en niveles sin precedentes y creciendo, con señales de alarma en los recursos de la Seguridad Social, con todos los principales indicadores de actividad desplomándose, era lógico que, ante el reciente Debate parlamentario sobre el Estado de la Nación, el interés de los ciudadanos se centrase en escuchar las propuestas de los distintos Grupos para manejar la dramática situación económica. Pero sobre todo hay algo que aquí, en España, parecen que todos tienen claro, menos los políticos, y que es la necesidad de una concertación transversal de las fuerzas políticas para que el país entero luche unido contra la crisis. La decepción ha sido profunda y esto, que se hace ostensible en la calle y en las conversaciones, no se va a ocultar con encuestas de oportunidad, aunque aceptemos la pulcritud de sus operadores.

Nivel de suspenso general

Se publicaron varias encuestas, de consultoras privadas, coincidentes en estimar que el Debate sobre el Estado de la Nación había sido lo más parecido a un “empate técnico”, por cierto en el nivel de suspenso general, y salió rápidamente al quite el oficial CIS para proclamar una rotunda victoria personal de Rodríguez Zapatero, que habría sido el ganador del debate para el 37,6 por ciento de los españoles, frente sólo el 14,4 por ciento que vieron mejor a Rajoy. Para que el lanzazo no sea superficial,  añade el CIS que la friolera del 62,7% de los españoles estiman que Rajoy trasmitió “poco o nada” la idea de que el PP esté preparado para asumir el gobierno. El concepto y su ubicación en la encuesta darían para toda una tesis de la manipulación de la lógica, pero en fin, así han llegado a estar las cosas en un CIS que atravesó ejemplarmente, con extraordinaria credibilidad y prestigio, por gobiernos centristas, socialistas y populares, hasta hace pocos años.
 
Menos mal que hasta el CIS, o su dirección, tiene su corazoncito y encuentra un espacio de crédito en el dato de que sólo el 24% de los españoles opinan que el presidente del Gobierno trasmitió confianza en el futuro económico y político del país, frente a más del 65% que no vieron motivos para encontrar esa confianza. Lo curioso es que, para el CIS, los españoles opinan que Rajoy conoce mejor que Rodríguez Zapatero los problemas del país y es más realista, pero le ven menos moderado y con menos capacidad de comunicación. 

Al final del final era inevitable que el Debate dejara mal sabor de boca. ¿Cuál es el estado de la nación? Todos sabemos que manifiestamente mejorable, peor que el de casi cualquier otro país de la Unión Europea o de la OCDE ante la terrible crisis económica y financiera global que atravesamos y peor que nunca antes, desde el inicio de la transición, en el siempre diferido camino de dar una respuesta concertada y satisfactoria a la organización de nuestra compleja arquitectura territorial, lo que también ahonda, por cierto, la debilidad de nuestros modelos económicos. No es posible llamarse a engaño. El estado de la nación son esos más de cuatro millones de españoles en paro, que pronto serán más de cinco millones, y seguirán siendo más y más este año y el próximo. Ese es el estado de la nación. El estado de la nación es la creciente cascada de intervenciones y regulaciones que nada aportan a la resolución de la crisis, pero que hacen cada semana más difícil, casi imposible, la tarea eficaz de los empresarios, al tiempo que distorsionan los mercados y ahondan los peores efectos de la crisis.

Así que lo de menos, con perdón del CIS, y en la que parece definitiva ausencia de capacidad de la actual clase política para acordar y pactar los intereses generales por encima de ideologías y prejuicios, son esas cuestiones superficiales sobre quién ganó o perdió el debate, quién convenció menos o quien suscita mayores o menores simpatías en los diferentes segmentos de electores. Lo esencial es que se celebró y pasó el Debate “y no hubo nada”. Quedaron catalanes y vascos convencidos de que nada obtendrán de Rodríguez Zapatero que no pase previamente por la almoneda de escaños, a lo que naturalmente no están dispuestos. Quedó el PP donde solía, incluso después de una meritoria presentación de propuestas que no consiguieron traspasar la barrera de la visibilidad ante la opinión pública. Quedaron la izquierda y los sindicatos con cierta sensación, más que fundada, de que alguien juega con ellos a hacerles luz de gas.

Como aquellos editores de la antigua prensa amarilla, que tenían claro que la realidad no podía estropear un buen reportaje, como los tahúres con el revólver bajo la mesa de las celebradas películas del oeste americano, Rodríguez Zapatero ha jugado a un Debate con las cartas marcadas y la oposición –derechas, nacionalistas, izquierdas– no ha sido capaz de comunicar eficazmente a la ciudadanía lo que estaba sucediendo –y lo más importante, lo que no estaba sucediendo– en el hemiciclo del Congreso. Sucede que, después de este publicitado debate, con tantas horas de televisión, todo sigue igual, y los indicadores económicos vuelven a desplomarse sobre nuestras cabezas. ¿Acaso no es esto lo que de verdad importa a los ciudadanos?
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