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Migraciones e invasiones

Migraciones e invasiones

El final de siglo nos propuso pensar que las diferencias podían ser superables. La democracia occidental se pensaba en una armónica expansión, bajo la complicidad del consumo y el mercado. La explosión del comercio internacional se invento la idea de lo global y esta se camufló en la sutileza de lo tecnológico. Los apocalípticos nos hablaban del “control total” y los integrados fueron más convincentes con su idea de la superación de lo territorial, lo temporal y lo espacial. Esas barreras ya no lo serían más. Todo parecía marchar con calma. La solidaridad de parte de aquellos que habían resuelto el problema del hambre, pues supieron cómo ésta se originaba, podía ser posible. La propuesta amable de un mundo para todos trataba de vislumbrarse ante múltiples escenarios menores de enfrentamiento  intolerancia. Había que mirar más allá sin prejuicios y la reciprocidad resolvería las demás diferencias. La metáfora del muro jamás volvería a levantarse para dividir al mundo en dos.

No obstante, la tolerancia propuesta comenzaba a desportillarse. Las dos torres que se cayeron pusieron de cabeza al planeta. La ironía globalizaba las amenazas del terror y la desconfianza entre semejantes se hizo institucional. La brecha económica siempre había estado separando a los que tenemos la misma imagen y semejanza, pero el añadido de los tiempos incorporó otros elementos adicionales. Una brecha invisible y sutil comenzaba a diferenciar a los unos de otros. Esta vez la era digital proponía una nueva separación más cruel e injusta. El Norte y el Sur se desdoblaban, mientras la acumulación de la riqueza dejaba la industria y la tierra para descubrir una nueva dimensión: la del conocimiento. Se volvió a mirar al “otro” como amenaza y la convivencia comenzó a depender del respeto a los espacios vitales y los equilibrios mínimos. La migración latente y manifiesta comenzó a advertirse bajo otras formas de valoración.

Muy pocos años iban a pasar para levantar nuevos muros, reales y virtuales, ante los fenómenos migratorios. Los reales los quiere construir el vaquero de Texas, quien no ha superado (o comprendido) aquello de lo sutil. Los muros virtuales se levantan con mecanismos más delicados. La idea de lo global promueve que los recursos tangibles y materiales de transformación, deben circular sin restricciones. Asimismo las personas deben servir unas a otras (ojo, sin incomodar), pues las que se aprovechen de los espacios cedidos deben ser desechadas, de otro modo la migración se vuelve invasión. En otra perspectiva: la mano de obra barata, la productividad (con explotación agregada), las divisiones internacionales del trabajo y la categorización de personas, conforman el nuevo panorama global que olvida lo recíproco y lo solidario. Para ello se estimulan y promueven el funcionamiento de flujos migratorios, en tanto no lleguen a invadir los espacios no permitidos.

Los artificios se reinventan, los recursos naturales de algunos deben entrar sin restricción, las mercancías de los mismos no pueden amenazar las de los otros; de igual manera que unos pueden moverse sin restricción, mientras que los tros serán controladas con visas, exigencias documentales y controles culturales. La solidaridad de hace apenas pocos años, hoy es un romántico recuerdo de los errores de aquellos seres soñadores que nunca vieron amenazados sus espacios laborales, culturales, sociales y vitales. Migración e invasión vuelven a repensarse y combatirse.  La historia se repite cíclicamente. Todo anda bien mientras no se rompa el equilibrio y se invadan los espacios vitales. El desprecio al que migra comienza cuando se resignan los privilegios acumulados. Ahí la solidaridad es sólo un postulado lírico, bueno para los discursos pero impracticable cuando se deben compartir aquello que costó lograrlo. 

Encontrar culpables es negar la naturaleza humana, que responde a su circunstancia histórica estableciendo sus mecanismos de defensa ante el riesgo inminente. La historia del mundo es una constante de migraciones e invasiones. Lo que viven los bolivianos que buscan irse a Europa hoy es quizás una muestra más civilizada, pero no menos cruel de lo que vivieron el pasado siglo (sin ir muy lejos en la historia), los judíos alemanes, los polacos, los italianos en EEUU o los españoles exiliados. Barcos completos de rechazados que iban de puerto en puerto buscando la ayuda y el asilo. Ningún candado gigante o siete mares en frente, ninguna actitud xenófoba pudo frenar el ideal de un futuro mejor. La historia es la misma, solo cambian los sujetos. Solamente queda exhortar hacia delante un principio más humano y recordar que alguna vez se fue aquello que hoy se combate.  

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