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Saldos de esquina

No es que “de repente” hayan aparecido, es que ahora se han fijado en ellas. En realidad llevan en Montera desde antes de que pusieran los adoquines sin que nadie se fijara en sus lamentables condiciones. Nada de lo que les rodea es amor y lujo; más bien hay urgencia, regateo, alivio de pobre y mentiras de la pasión. Son mujeres pero se las tiene por moscas que se espantan con la mano y que luego vuelven a juntarse entorno a los cubos de basura; les miran como si no existieran y las desprecian como si fueran apestadas. Ahora hablan de ellas pero sólo porque han salido en la tele a la hora de la comida, de paso les han asustado la clientela fundamentalmente compuesta por abueletes salidos que buscan sexo barato para sus carnes flácidas.

Nadie habla de sus condiciones laborales, ni de esas pensiones en las que trabajan y en las que huele a humedad y a mentira. Se pretende que el Ayuntamiento les prohiba el trabajo pero ellas no tienen otro medio de vida y lo que conseguirán es echarlas calle abajo, igual que si fueran barridas por el olvido.

Se trata de una moda pasajera. Otro día las cámaras de televisión pasarán a su lado sin hacerles caso, seguirán a unos camellos o irán junto a un coche patrulla que busca gatos que se subieron a la copa de un árbol.
En realidad nadie lucha por mejorar sus penosas vidas, tan sólo hablan de ellas porque estorban y sin ellas los pisos subirían de precio. Es como si no verlas fuera la solución. Fariseos unos, verónicas de saldo las otras. “Puta vida” la de estas mujeres que venden su carne a precio de chicle.
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