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El doctor RaJob y míster Rajoy

El doctor RaJob y míster Rajoy

Para quienes le seguimos periodísticamente en sus avatares, Manuel Fraga simbolizó siempre la impaciencia, una cierta manera intolerante de enfocar las cosas, un autoritarismo que llegaba hasta lo cómico. Aznar era una máscara impenetrable, frío, que se tomaba sus tiempos y se distanciaba, a base de antipatía, de sus interlocutores. Mariano Rajoy, a quien llevamos unos días rebautizando como Rajob, es, su mismo apodo lo indica, un tipo más bien paciente, con retranca. Dicen que coincide con Zapatero en que nadie le ha visto jamás enfadado, al menos en público. Tengo la impresión de que ahora lo está y que este martes va a protagonizar un sprint, aunque algunos de sus consejeros, me consta, están tratando ya de echar agua al fuego de la indignación soterrada que arde en el pecho marianista.

El Partido Popular, antes Alianza Popular, ha estado sometido siempre a los altibajos de sus máximos líderes y a la conspiración permanente de los ‘segundos escalones’. Y nunca, nunca, han faltado soterradas acusaciones de corruptelas desde que aquel feo ‘affaire Naseiro’ se salvó por los pelos judiciales. Claro que la corrupción no ha estado del todo ausente de la marcha de ningún partido, esa es la verdad: recordemos los tiempos de Filesa, de Roldán, de Rubio…O véase lo de Prenafeta, tan cercano a Pujol, y Maciá Alavedra, una crónica del corrupto que estaba cantada. Lo que ocurre es que ahora le toca al PP, y resulta que el PP estalla, paralelamente a las filtraciones del ‘caso Gürtel’, en guerras fratricidas, acusaciones de todos contra todos y se advierte una lucha ni siquiera tan subterránea por ocupar el poder. Y esto, más aún que la corrupción, es lo que da al traste con un partido. 

Fraga se retiró cuando vio que no ganaba elecciones. Su sucesión, hasta que llegó Aznar, fue algo caótica y el espíritu cainita de la derecha se hizo entonces más patente que nunca: ya andaba por allí un muy joven Gallardón, que ascendía, impulsado por la mano sabia y bondadosa de su padre y que no obstante hundía, con sus consejos, a quien no los necesitaba, como Antonio Hernández Mancha. Gallardón, como Javier Arenas, ha estado siempre en el partido, aunque el segundo procede de otras cunas políticas. Y su trayectoria, la del primero al menos, ha sido siempre algo errática y no siempre benéfica: nunca olvidaré una disputa que sostuvimos porque el entonces aspirante a secretario general había logrado inculcar a Mancha la idea suicida de presentar una moción de censura contra Felipe González, que fue su tumba (la de Mancha, claro). 

Mis espías en el interior del PP no parecen enterarse de mucho últimamente, porque la partida se juega entre el despacho de Rajoy en la séptima planta de Génova, la Puerta del Sol donde reina la ‘lideresa’ y el enorme despacho que se hizo construir en La Cibeles Gallardón-alcalde.  Los demás van de espectadores y hacen auestas. Sospecho que lo que de verdad desasosiega a Rajoy, todavía RaJob, es lo que está ocurriendo en Madrid, una finca particular de caza del PP donde los socialistas vagan desolados, sin acierto ni remedio. Desde Madrid se hilvanan conspiraciones ‘populares’ en cenáculos y mentideros y no hay prácticamente un solo militante destacado que nos sea correveidile de alguien. Nada que ver, o muy poco, con Valencia. Y no digamos ya con los otros ‘feudos’ del PP, comenzando por Galicia, donde Núñez Feijoo, que va a lo suyo, no quiere saber nada de rencillas intestinas. O con Castilla y León, donde León Herrera, en un arranque muy poco político, ha dicho que se va si esto no se arregla. 

Está claro que si Rajoy tiene que dar un puñetazo, el famoso puñetazo, tiene que ser sobre una mesa de Madrid. O dos mesas. El es el candidato a competir con Zapatero (si es que es Zapatero) en 2012, y eso es lo que tiene que dejar bien claro. Las artimañas de algunas encuestas, que dicen que Esperanza Aguirre o Gallardón (o un Rato llamado a otros destinos) serían mejores alternativas frente al PSOE, pueden ser letales para el PP. Rajoy puede ganar a los socialistas en las elecciones generales, si va arropado por los suyos, no si camina como un verso suelto por el páramo político de este país. Y tengo para mí que quienes auspician semisecretamente a Gallardón, como Fraga y Aznar, saben que, en el fondo, Rajoy es un contrincante mucho más duro frente al inquilino de La Moncloa que Gallardón, a quien Zapatero también parece, a veces, prohijar, él sabrá por qué.

Este es el escenario de este martes 3 de noviembre, en el que Rajoy tiene que demostrar que él es quien manda, no los Costa, ni los Cobo –a ver qué hace con él el miércoles: ¿sanción ejemplar o mera cosmética?--, ni los Camps –que creo que no pretende alzar bandera contra nadie: bastantes problemas tiene en casa--, ni los Aznar, ni los Fraga, ni los Arenas, ni los Aguirre, ni, claro está, los Gallardón. Fraga fue el impaciente, Aznar el impasible, Rajoy tendrá que ser el imperturbable, que emplee a veces la zanahoria del paciente Job y en ocasiones el palo del Júpiter tonante. El presidente del PP infunde respeto, pero no temor. Hay quien no le perdona su independencia, confundiéndola con debilidad; en sus manos está el deshacer ese equívoco. De su acierto depende el futuro de su partido y quién sabe si también lo que ocurra en las próximas elecciones.
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