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Especial 20-N, treinta y cuatro años después

Lo que nos queda de Franco

Lo que nos queda de Franco

Los penúltimos rescoldos de la obra de Franco se perdieron definitivamente en España en el año 1995. Exactamente cuando se cumplía el vigésimo aniversario de quien, durante cuatro décadas, ejerciera tanto poder en el país. Ese año marcó un doble final de etapa: significó los últimos meses de vida para el Gobierno socialista de Felipe González, tras trece años de mandato. Y supuso también el corte de los últimos vestigios del franquismo operativo en España. Hoy, treinta y cuatro años después, de la 'obra' de Franco apenas quedan las mentiras que airean cuatro iluminados nostálgicos, antiguos militantes algunos de ellos de una extrema izquierda casi delincuente, reconvertidos ahora en energúmenos de la mentira, como señalamos en nuestro editorial.
Es curioso que no fuera hasta 1995, veinte años después de la muerte del general que agotó a España durante casi cuarenta años y cuando agonizaba el poder de Felipe González, cuando se diera la orden de retirar las monedas de curso legal con la efigie de quien fuera llamado el Caudillo. No era sino un síntoma; las monedas, de cinco, veinticinco y cincuenta pesetas eran prácticamente el último signo verdaderamente popular que aún quedaba del anterior jefe del Estado.

    Un año antes, la reforma laboral había acabado con una normativa franquista que ofreció seguridad y estabilidad en el trabajo a cambio de silencio, conformidad y renuncia a los derechos sindicales; el hecho de que el inventor de aquel sistema, José Antonio Girón de Velasco, muriese pocos meses después, añadía simbolismo al desmontaje. Pero aún entonces no había consenso para sustituir 31 de las 70 ordenanzas laborales "preconstitucionales" a derogar.

    Aún más importante, también significó el adiós definitivo al Instituto Nacional de Industria, que estuvo a punto de cumplir los cincuenta y cinco años de historia. Repsol, Telefónica, Endesa, Tabacalera, Aldeasa, Transmediterránea, como antes el propio Banco Exterior, fueron pioneras del celo privatizador de un Gobierno socialista que quizá inicialmente lo hiciera con mala conciencia, pero que acabó realizando la tarea a conciencia… una tarea que continuó más concienzudamente aún José María Aznar.

Ambos, uno y otro, con el afán de cumplir con las exigencias del Comité Monetario de la Unión Europea en cuanto a reducción del déficit del Estado (y, por su parte, la deuda histórica del INI había llegado a remontarse a 700.000 millones de pesetas). Seguiría Iberia y llegó a hablarse de los Paradores que con tanto mimo inaugurara Manuel Fraga allá por los sesenta, de Retevisión, de la propia CASA (Construcciones Aeronáuticas, S.A:)… Y es que, en cuanto a desmontar la herencia del franquismo, la UE, a la que nos adherimos cuando, en 1986, aún era CE, hizo bastante más que los gobiernos españoles.

    Así, ver en la desaparición del INI, definido por el marqués de Suanzes, en 1941, fecha de su creación, como "la vanguardia, la retaguardia y los flancos de la industria española", tan sólo la liquidación del penúltimo vestigio formal del franquismo, puede parecer algo superficial. Significó algo más: constituyó toda una apuesta de futuro. Ahí quedaba el último ejemplo de cómo se desmontaron las viejas estructuras.

Un cierto franquismo sociológico

Significa todo esto que del franquismo, que empezó a desmoronarse como sistema político bastantes años antes de la muerte de quien lo fundó y encarnó, ya no queda nada excepto algunos aspectos sociológicos menores. Treinta y cuatro años después, de las huellas de la acción del anterior régimen sobre la sociedad española actual quedan algunos sustratos franquistas en la conciencia de los españoles. Y quedan algunas cosas más tangibles: la corrupción franquista, limitada a unos cuantos, se ha 'democratizado' y extendido, ahora sin interventores.

     Aún hoy, en determinadas campañas electorales se sigue invocando, como arma arrojadiza, el nombre de Franco. O como cuando algunos dirigentes chapados a la antigua del PNV exigen un obispo vasco para Bilbao, recordando que Franco reclamaba al Vaticano el privilegio de presentación de los prelados. ¿Forma parte de ese concepto de franquismo sociológico que relatamos?

    ¿Qué importancia tienen estos sustratos franquistas, estas pervivencias del 'ancien règime', en la vida de los españoles 2009? Esos sustratos resultan enormemente significativos para enjuiciar la labor de estos 34 años sin Franco.

    En las filas de todos los partidos políticos, y, desde luego, en amplísimos segmentos de la sociedad española, se afiliaron muchos hijos de quienes ocuparan lugares destacados en el régimen anterior. Quizá de esas aguas quedó el lodo de lo que, para algunos, aún queda de los vestigios del 'partido único' en las diversas formaciones partidarias, desde la imposición al electorado de las listas cerradas y bloqueadas hasta la falta de democracia interna, sea dicho en términos generales.

    También para algunos -no para otros, claro- sigue presente la idea muy franquista de la "indestructible unidad de España" como oposición al concepto de un autonomismo avanzado o de un estado federal. Esa idea sigue vigente, y ahí está, por ejemplo, toda la bronca político-jurídica en torno al Estatut de Cataluña, que está rompiendo en dos el Tribunal Constitucional. Para quienes apuestan por esa España del 'una, grande y libre', la sociedad española no está para experimentos revolucionarios, ni para "big bangs" de cualquier especie. Ahora bien, la prueba de que una efectiva descentralización sigue, casi veinte años después, sin llevarse a cabo, es la pervivencia de las capitanías generales y, todavía, de la controvertida figura del gobernador civil.

El papel de la Monarquía

Y, por supuesto, queda la figura del Rey Juan Carlos, designado sucesor "a título de Rey" por Franco en julio de 1969 y proclamado el 22 de noviembre de 1975, dos días después de la muerte del Caudillo. Una ceremonia "dentro de los principios del Movimiento" que iba a tener una segunda parte cinco días después, el 27 de noviembre, con unos tonos mucho más aperturistas y sin las incómodas presencias del entonces dictador chileno, Augusto Pinochet, y de la entonces primera dama filipina, Imelda Marcos, sustituidas en esta segunda edición por los mucho más presentables Valery Giscard d'Estaing y Walter Scheel.

    El Rey sabía que no podría -ni, sin duda, tenía el talante para hacerlo- gobernar como Franco, y Franco había dado suficientes indicios para que incluso los más inmovilistas de sus seguidores supiesen que el Generalísimo también entendía que con él se acabaría el régimen. Como entendía que el entonces Príncipe jamás tendría el poder absoluto del que él gozó: "¿Para qué va a venir si él no podrá gobernar?", respondió Franco, ya al final de su vida, a un ministro que le sugirió la conveniencia de que Don Juan Carlos asistiese a los consejos de ministros.

    En cualquier caso, treinta y cuatro años después, resultaría gratuito y hasta insensato insistir en recordar que el Rey juró los principios del Movimiento -¿no fue la transición posible porque todos, régimen y oposición, dejaron de lado los grandes principios inmutables, como las bases del Movimiento o las tesis republicanas, para facilitar la evolución en lugar de la ruptura?-. Contempladas las cosas desde la cómoda perspectiva del tiempo, era, acaso, la única salida, por más que la no ruptura dejase algunos flecos pendientes. Así lo han reconocido quienes, desde las dos orillas acabaron aceptando unánimemente la Monarquía.

Vea también:

> ESPECIAL 20-N: ¿Qué nos queda de Franco?


"Lo que nos queda de Franco: símbolos, personajes, leyes y
costumbres, veinte años después". Extracto del libro Fernando Jáuregui y Manuel Ángel Menéndez (pdf)
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