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Franco visto por los niños de la FEN

Franco visto por los niños de la FEN

(...) El novio consiguió arrancarle un beso a la novia. Ésta le pidió una cerilla. El novio, un poco sorprendido, accedió a dársela y entonces la señorita P. E. le acercó la cerilla a la mano con el consiguiente respingo de él (...) Ella apagó la cerilla y le moralizó, severa: ‘¿Te has quemado? Pues más te quemarás en el infierno si intentas hacerme pecar’ (...) Algunas señoras de la mejor sociedad aseguran que sus posibilidades matrimoniales están muy disminuidas por haberse sabido lo del beso”.
(Blanco y Negro, 1975, citado por Beatriz García
y Aida Álvarez, “25 años: de Franco al Rey”,
Magazine, especial, El Mundo, noviembre de 2000)
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La verdad es que a muchos no nos hubiera importado quemarnos con la cerilla de rigor con tal de obtener un beso ocasional, pero en la España del castigo permanente era pecado hasta el pensamiento y en 1975 no sólo algunas señoras de la ‘mejor sociedad’ estaban muy disminuidas por ‘haberse sabido’ –y practicado- lo del beso, como señalaba tan apocalípticamente Blanco y Negro, sino que generaciones enteras habíamos crecido bajo la férula de Familia, Municipio y Sindicato. El sexo estaba prohibido y, como cantaba Aute por aquellas fechas exponiéndose temerariamente a la justicia bíblica de los ultras flamígeros, hasta los bebés nacían vestidos.

Aunque agónico, Franco y su obra seguían estando en todas partes: su cara de viejo patriarca invernal se hallaba en todas las monedas, en casi todos los sellos de correos, en todos los centros oficiales y en todos los colegios públicos y en gran parte de los privados. Él, su familia, su Régimen, seguían ocupando portadas de periódicos y revistas y cuando su enfermedad se hizo irreversible, abrió también todos los telediarios –sólo los de Televisión Española, porque no había otra- y siguió marcando la apertura del No-Do, aquel noticiario en blanco y negro que nos fastidió tanto en la infancia y en la adolescencia porque inevitablemente precedía a las dos películas de la sesión continua del cine del barrio.

Varias generaciones habíamos crecido memorizando a golpe de regla, de tirones de pelo o de oreja o de capones con los nudillos en plena coronilla los Principios Fundamentales del Movimiento a través de la Formación del Espíritu Nacional (FEN), uno de los castigos más tediosos, pesados y hasta crueles del Bachillerato que recuerda la Historia, dejando aparte a Herodes.

  Había que empollar libros de texto como 'Convivencia humana', en el que el propio caudillo hacía su aportación para nuestra recta y sabia enseñanza: “Todo movimiento político, en su fin, persigue el alcanzar el bien de los administrados, el laborar por el bien común. ¿Y qué es el bien común? ¿Qué clase de bienes lo constituyen? Tres clases de bienes: los espirituales, los nacionales y los sociales. Pero estos tres bienes no se contradicen entre sí, sino al contrario, se unen y compenetran. Y ésta es la gracia de nuestro Movimiento Nacional: el haber sabido fundir estos principios espirituales, patrióticos y sociales entre los hombres y las tierras de España” (Francisco Franco, Valladolid, 18 de octubre de 1959). Nosotros respondíamos con un soniquete made in mucho_cachondeo que decía, exactamente, "Ahora que somos pequeñitos y de jodida inteligencia..."... es que érmos unos poetas.

 La gracia -maldita gracia que nos hacía- de la Formación del Espíritu Nacional estaba reservada para los chicos, naturalmente, porque ellas, las chicas, quedaban exentas: bastante tenían con el estudio y la práctica de sus labores, de la economía del hogar y del saber estar, preparándose para ser unas perfectas casadas. La cita de Blanco y Negro de 1975 no exageraba, pues, gran cosa y lo sorprendente es que con una educación tan religiosamente penitente, nosotros, los chicos, nos atreviéramos a acercarnos a ellas, las chicas, y ellas, las chicas, en vez de una cerilla no llevaran un lanzallamas.

Y si no era así fue porque la moral, que con tanto tesón habían intentado forjarnos a golpes durante casi “cuarenta años de paz”, se había resquebrajado inevitablemente en las postrimerías del franquismo y los inicios de la transición política por muy diversas circunstancias, a las que no fueron ajenas lo refractarios y rebeldes que éramos ya muchos a todo tipo de moralinas insanas.

En la España del final del franquismo se vivía de manera muy distinta en lo político, en lo social y hasta en lo económico. No en vano la propaganda oficial llevaba años remachándonos -¿o rematándonos?- con su célebre Spain is different, que decían los turistas y que tanta gracia les hizo.

  Además, las reservas del Banco de España se habían incrementado con el dinero que desde hacía dos décadas los emigrantes españoles enviaban desde Francia, Alemania, Argentina o Australia, donde se estaban dejando, literalmente, la piel a jirones, a lo que había que sumar la innegable contribución económica y de apertura en lo social que nos traía el turismo. Es célebre la anécdota de dos guardias civiles en los 60 pidiendo instrucciones sobre cómo actuar con unas turistas nórdicas en top-less en la playa. Al final, se tiró por la calle de en medio: a las vikingas ni tocarlas, pero a las impúdicas españolas que hubieran optado por tal pecado mortal, a chirona.

 El rey Juan Carlos I había sucedido a Franco –lo vimos por televisión, en blanco y negro- y consiguió hacer suceder al inamovible Arias Navarro por Adolfo Suárez. Pocos lo creían en aquel momento, pero el Rey y Suárez demostrarían que la apertura política era imparable y, con ella, el regreso de los exiliados, poniendo fin así a uno de los más vergonzosos capítulos de nuestra España contemporánea.

Así, comenzó el goteo de los que volvían de la diáspora, tras cuarenta años de exilio: Claudio Sánchez Albornoz (“Un día dije que, al pisar España, vendría llorando, y llorando estoy. No tengo más que una palabra: paz”), Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Josep Tarradellas… Muchos no podrían volver nunca, porque nunca salieron de las fosas comunes.

Los niños y las niñas de la FEN veíamos cómo regresaban aquellos exiliados en un goteo interminable y veíamos cómo ellos, los de fuera, los derrotados, denostados y anatematizados, volvían sin revanchismos, mientras que los bunkerizados, endiosados y a diario comulgados hablaban de traición. Los momios no pudieron impedir –aunque lo intentaron- el reencuentro de las dos Españas, que tendría su representación gráfica en abril de 1978 con el abrazo en el que se fundieron en la capital mexicana el Rey Juan Carlos I y Dolores Rivas, la viuda de Manuel Azaña.

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