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Adolfo Suárez: misión y visión en su mandato

Adolfo Suárez: misión y visión en su mandato

Dos libros han vuelto recientemente sobre la figura de Adolfo Suárez. Hace meses, Luís Herrero (Los que les llamábamos Adolfo) y  hace escasas semanas, Abel Hernández (Suárez y el Rey). Ambos nos aportan informaciones  y análisis  importantes sobre el gran protagonista de la transición, una etapa reciente de nuestra historia sobre la que el Socialismo gobernante ha echado el manto del olvido, al tiempo que reactiva polémicamente la memoria de la lejana guerra civil. Estos dos libros, lamentablemente, no podrán contar ni con el reconocimiento, ni con el hipotético rechazo del protagonista, que felizmente vive  pero que lamentablemente ha perdido la memoria y la conciencia. Suárez tampoco podrá hacer frente a las críticas cada vez menos sotto voce que, a la hora de  afrontar el desgobierno territorial presente, empiezan a señalar como culpables algunas decisiones tomadas durante la transición.

    Personalmente me siento orgulloso de haber participado, como Presidente de UCD- Madrid, en la etapa de Adolfo Suárez. Fui, además de los que le acompañaron en la menos rutilante etapa del CDS. Pero estar entonces en segunda fila no me impide analizar objetivamente la ejecutoria de Suárez durante la transición. Para valorar su gestión propongo tener en cuenta, antes de nada,  la diferencia que  cualquier prestigiosa escuela de Alta Dirección haría a la hora de analizar un liderazgo que, entre otros fundamentos, descansa en la capacidad para trazarse y ejecutar una MISIÖN y en la excelencia de la VISION que diseña el futuro con decisiones del presente. Y junto a ambos conceptos, no está de más mencionar lo que algún clásico de las ciencias de la dirección ha llamado “periodo de control”  esto es, tiempo para verificar si esas decisiones son beneficiosas o perniciosas como resultado final.
 
Nadie podrá negar que la transición, como proyecto ejecutado, merezca sobresaliente. Consciente Suárez, antes de entrar en las sombras, de que tal logro era la llave  de su brillo en la historia –Napoleón se lamentaba, siendo Primer Cónsul, que si moría en ese instante no ocuparía más de diez renglones en la Historia de Francia-. Por eso Suárez  reaccionó muy a la defensiva cuando Pilar Fernández Miranda publicó las memorias de su padre, en las que se reivindica artífice pleno del “libreto” de la transición. Torcuato Fernández Miranda escribe que él hace la lista de los posibles sustitutos de Arias; Suárez es el último de una lista de siete y, según el autor,  el rey lo encuentra muy verde. Este dato se sitúa cronológicamente en abril del 76, es decir, tres meses antes del nombramiento. Los detalles que aportan las memorias son minuciosos. Torcuato alude a las prisas de Suárez que le provocan desazón y dudas, al punto de expresarlas sin ambages: “tengo que estudiar más detenidamente a Adolfo ¿Cuánto hay en él de visión de futuro y cuánto de levedad de principios y de codicia política?

    Si la ruptura con Fernández Miranda se inició con su amargado mutis durante el primer mandato del recién nombrado Presidente, el libro disgustó a Adolfo Suárez sobremanera y ahondó la ruptura con sus descendientes. Es probable que Torcuato no despejara sus dudas pero convenció al Rey y proporcionó la fórmula incluyendo a Suárez en la terna: pero el más “manejable” frente a otros,  dejó de serlo porque si hay algo que cambia al hombre es el poder y a fe que Suárez supo ejercerlo para ejecutar la misión que hizo suya. Se salió del guión para reescribirlo con  lucidez y audacia, pues la transición alcanza su momento cenital en la Semana Santa de 1977 al legalizar al partido comunista, algo imprevisto y no deseado  por la nomenclatura post-franquista. Incluso al PSOE no le inquietaba la no legalización del PCE porque calculaba que así ellos recogerían todos los votos de la izquierda. La reciente  versión que Abel Hernández pone en boca del fallecido  Sabino Fernández Campo: “reunido el presidente con la cúpula militar para explicarles la reforma  les hizo una promesa firme, se iba a reconocer a todos los partidos pero jamás al partido comunista”.

    Esta versión que algunos consideran fue semilla del 23-F, fue siempre motivo de desazón para Suárez. Para la imagen que tenía de sí mismo, aquella decisión de un sábado santo era motivo de orgullo pero también podía significar algo vituperable, cuando todo hombre cabal se pone ante el espejo,  si había sido falsa promesa. Acaso por ello, entre los que fuimos clasificados como “suaristas” en el convulso conglomerado de UCD, recordó más de una vez que tal frase era incompleta. Faltaba añadir un colofón esencial que –según repetía- la completaba con cuatro palabras clave: jamás lo legalizaré “con sus actuales estatutos”. No hubo, por tanto falsedad –protestaba Suárez- pues el PCE cambió estatutos, aceptó la bandera y Juan Carlos el Breve  –en frase de Carrillo- no debía albergar preocupación respecto a los comunistas que, en tanto luchadores contra el franquismo,  parecían llamados a ser el referente de una oposición que aceptaba la monarquía  sin doblez. La MISION que Suárez se trazo se cumplió y tras el periodo de control aludido al inicio, así queda  probado.

    Cuestión distinta es la VISION que pudo formularse al desarrollar el proceso constituyente. El resultado está a la vista,  pero no cabe achacarle a él solo los  males derivados y,  singularmente, el debilitamiento de la noción unitaria de España, como consecuencia de la tabla de quesos, malhadada metáfora conque Clavero Arévalo llevó el proyecto de las Autonomías, concebido para frenar las reivindicaciones de las históricas: Cataluña, País Vasco y, en menor grado, Galicia.  Analizar las consecuencias de aquella decisión, que actualmente se manifiesta en su gravedad, requeriría hacer sucinto inventario de deslealtades, de miserias humanas incorporadas al desempeño de la política degradada de su noble  función social, de sublimes mediocridades ejerciéndola y del quebrantamiento educacional con sus efectos sobre la sociedad presente. Pero eso es otra historia y, también, inquietante presente.

Abel Cádiz fue Presidente de UCD-Madrid y forma parte de la Asociación para la defensa de la transición.
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