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La dignidad de Haiti

La dignidad de Haiti

Pobreza, tal vez habría que decir miseria, violencia, falta de respeto a la vida, insalubridad, instituciones políticas débiles y en ocasiones inactivas o inútiles, de educación, carencia de alimentos, de atención básica sanitaria…. Y, por si fuera poco, catástrofes o terremotos como el que padece ahora Haití. Un  país que ha sufrido los efectos de la violencia y de la extrema inestabilidad política y económica  durante la mayor parte de su historia.

Ahora cuenta con la solidaridad internacional, aunque nadie podrá devolver la vida a decenas de miles de personas, enterradas entre los escombros o a los cientos de miles que se han quedado sin hogar, sin raíces, sin recuerdos, sin nada.  Las conciencias de los que vivimos en la opulencia, o al menos lejos de toda precariedad, se conmueven y se movilizan. Los Gobiernos envían rápidamente ayudas. Las ONGs desarrollan campañas de búsqueda de fondos y los bolsillos son generosos. No todo lo generosos que podrían, pero generosos. Todo es bueno para la dignidad de los que se ven obligados a vivir como si no la tuvieran.

Pero dentro de unos días cuando se acaba la tragedia televisada, el espectáculo terrible, el circo del drama, Haití volverá al olvido del mundo, los Gobiernos mirarán para otro lado y la pobreza, la miseria, la falta de derechos, el hambre, las construcciones de papel, la extrema violencia urbana, la mortalidad materna, con una de las tasas más altas del hemisferio, el desarraigo y la vulneración de los derechos humanos de cientos de miles de personas dejarán de ser noticia porque las cámaras, los objetivos estarán ya en otro sitio y los Gobiernos estarán en otras  preocupaciones.

No es verdad que todos los hombres sean iguales ni tengan las mismas oportunidades ni los mismos derechos. Basta nacer en Estados Unidos o en Haiti, en un barrio o en otro, en Cádiz o en Dakar, en la Cañada Real o en el madrileño barrio de Salamanca para que la vida sea tan diferente, tan distante, tan otra que no se parezca en nada. La catástrofe de Haiti es carnaza para los medios, un salto en el vacío. Debería ser, al menos, un motivo para la reflexión.
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