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El peso de la victoria

El peso de la victoria

El formidable triunfo obtenido con los tres millones de votos en la elección de diciembre aparenta pesar demasiado a los dirigentes del Instrumento Político de la Soberanía de los Pueblos (IPSP-MAS) cada vez que parecen creerse obligados a reiterar esos números en la cita del 4 de abril. Una meta tan descomunal está fuera de alcance por muchos motivos (otros problemas y otros centros de atención, diferentes alineamientos, muchos etc.) y, como principal, por la sagacidad de una enorme mayoría de los votantes del oficialismo.

Aún cuando entre la mayoría de quienes tienen acceso a los espacios “mediáticos” de opinión predomine el criterio opuesto, los electores que permitieron al IPSP arañar los 2/3 de la votación popular actúan bajo una lógica compacta y están muy lejos de “conformarse con consumir símbolos”. Precisamente por eso, y sin dejar de ser fieles a sí mismos, buscarán las mejores respuestas para gobernar los espacios autonómicos. Lo harán con la misma convicción con que han conseguido poner en marcha la construcción de un nuevo Estado, que refleja de manera mucho más fiel, que en cualquier momento anterior, la composición y características reales de nuestra sociedad. Ese nuevo Estado, hipercomplejo, expresa las demandas y expectativas de los sujetos y actores sociales colectivos más significativos, autores y responsables de materializar el mayor avance histórico contra el racismo, cuyo peso es tan o más oneroso para nuestro desarrollo que toda dependencia política y económica.

La pluralidad radical, característica distintiva de este proceso, está triturando los términos tradicionales de ejercicio del poder y origina nuevos y complicados espacios de competencia y concurrencia para el renovado despliegue de los nuevos poderes locales y regionales después de que no pudieron ser monopolizados por élites locales. Esta construcción exige contenidos, estilos y fórmulas, diferentes a las de una elección nacional.

La enorme participación y expectativas vigentes se afectan y arriesgan, a partir de que el aparato político que conduce el proceso trata de asegurarse el triunfo en todos esos nuevos espacios, y estalla en cólera cuando tiene que reconocer la presencia y vigencia de otros actores. Es cuando se ponen de manifiesto la profundidad de las raíces autoritarias que caracterizan la práctica de las dirigencias políticas, siempre predispuestas a replicar experiencias sectarias, excluyentes, de tipo monopartidista, incompatibles con las líneas y orígenes del proceso constituyente. Reaparecen reacciones propias de grupos señoriales y de burócratas empedernidos, proclives a amedrentar y acallar a quien cuestione su verticalismo y sus afanes de dominio absoluto y excluyente.

El oficialismo ganará muchos nuevos espacios en comparación con 2005, por su incuestionable representatividad, transétnica y transclasista, y también porque ha atraído y captado a una gran cantidad de militantes de debilitados o extinguidos partidos del pasado, y recibe de ellos su contribución, consistente en facciones de electores, tanto como de técnicas y tretas de campaña. Esto es casi inevitable, ya que el futuro se conquista y construye con las mujeres y hombres del pasado, y quien lo olvide se quedará en el deseo, como les pasó a los proyectos revolucionarios de las décadas anteriores. El delicadísimo equilibrio radica en que esos agentes de la decadencia no impongan sus prácticas y hábitos, que si lo hacen, seguirán sumando retrasos, dolores y decepciones, tan prescindibles como indeseables.

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Profesor universitario

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