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La niña Leonor y la Cibeles tricolor

La niña Leonor y la Cibeles tricolor

Tengo la impresión de que se habla mucho más en Madrid de esa niña Leonor, que escapaba de los brazos de su padre para dirigirse a los fotógrafos en la clínica Ruber, que de la escafandra tricolor que algunos manifestantes del 1 de mayo colocaron en la cabeza de la Cibeles. Y no, no me parece la muestra de que las dos españas se baten también por la dicotomía Monarquía-República; pero no me negarán que, al menos, el contraste entre lo que ocurría en el centro de Madrid y, a la misma hora, a la puerta de un centro hospitalario, puede incitar a una cierta reflexión. Creo que ambas imágenes pueden convivir perfectamente, como han convivido en las últimas horas, en las portadas de los periódicos, en los noticiarios de televisión. Y ambas muestras de una manera de pensar (¿de sentir?) son perfectamente legítimas; nada pasa por sacar a la calle banderas e infantas reales, si el debate pierde los perfiles crispados que la clase política, y alguna mediática, gusta de darle algunas veces.

Pero ya digo: en la pugna por salir en la foto, la niña Leonor, que aún no entiende de estas cosas –ya tendrá tiempo, la pobre--, venció estrepitosamente a la Cibeles engalanada, es una manera de hablar, por unos manifestantes que decrecen, siento decirlo, de unodemayo en unodemayo. Claro que, insisto, la simpática infanta desconoce esa batalla por la ‘photo opportunity’ que en Madrid enfrenta a los candidatos autonómicos y municipales a la hora de acercarse a obras públicas, de inaugurar túneles y hasta barrancos, si preciso fuere.

Ni la niña Leonor, objeto ahora de tan excesivas zalamerías, ni la pétrea Cibeles, primorosamente adornada por los sindicalistas, saben que estamos en campaña electoral y que todo aprovecha para el convento. Una manifestación, un natalicio, una estación de metro, lo que sea. Tampoco saben, cuestión de banderas, que el contraste que en estas últimas horas han encarnado la heredera de la Corona de España y la escultural testa enfundada en la enseña tricolor implica una controversia que seguramente va mucho más allá, en alcance y en el tiempo, de unas elecciones.
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