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Cataluña como molestia crónica

Cataluña como molestia crónica

Desde Cataluña, uno tiene la sensación de que para España y para sus gobernantes, sean de derechas o de izquierdas, Cataluña es una molestia permanente, una enfermedad crónica. Andamos así desde hace trescientos años. Si retrocedemos a los años veinte del siglo pasado, el general Primo de Rivera, pensando evidentemente en Cataluña y el País Vasco, dispuso desafiante que: "Un cuarto de siglo de silencio sobre la Región, generalmente careta del separatismo o de un nacionalismo que lo encubra aun propugnándolo de buena fe, y España se habrá librado de uno de sus más graves peligros". Después, otro general, Francisco Franco, se aprovechó de una guerra civil para tratar de borrar del mapa la cultura catalana y su lengua específica. Con la llegada de la democracia, con el invento del Estado de las Autonomías, y con el buen estilo político de la transición, se creyó desde España y desde Cataluña, que habíamos entrado en un ámbito nuevo de convivencia, que significa que unos y otros teníamos la capacidad suficiente para soportarnos sin estridencias y evitar fracturas. Pero no ha sido así. Desde el primer momento del ejercicio de la autonomía ha habido, por parte de Cataluña, una escalada de posiciones a favor de un autogobierno progresivo, amortiguado por la reacción del poder central, que se resiste a perder poder en Cataluña. Sigue habiendo presión en todo el proceso autonómico, que ha alcanzado el punto culminante en la elaboración de un nuevo Estatuto de Autonomía provocando una verdadera contraofensiva del Estado. Otra vez la sensación de molestia, de relación no resuelta entre Cataluña y España. La mayoría de los españoles no se sienten cómodos ante una Cataluña insatisfecha y reivindicativa, pero ven lejana una secesión. En cuanto a los catalanes, diría que se dan dos supuestos. El primero es el de los que contemplan el panorama desde una opción nacional catalana, es decir, los que colocan, si fuera necesario, la catalanidad por encima de la españolidad, incluso renunciando a ella. El segundo es el de los que lo contemplan desde una opción nacional española, es decir, los que ponen la españolidad por encima de la catalanidad, pero sin prescindir de ésta. Los primeros empiezan a encontrarle el gusto al objetivo de la independencia. A los segundos les gustaría que la pluralidad de naciones fuera compatible con la unidad de España. Unos y otros, es evidente, están por la vía democrática.

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