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Pues que vengan los empresarios de Arizona…

La industria y la agricultura de Estados Unidos necesitan mano de obra que no tienen. México tiene mano de obra desocupada por su incapacidad de legislar para abrir las fuentes de trabajo necesarias; ambos países no están distantes 3 mil 500 kilómetros, sino unidos por una frontera de esa longitud. ¿No debería estar resuelto el problema en ambos lados de la frontera?

Los empresarios de Arizona se quedarán sin la mano de obra necesaria debido a una ley tan contraria a sus intereses, allá, como a los nuestros las leyes que urde acá el Congreso. Solución para el empresario: Me llevo mi industria al otro lado, a México. La ley racista perjudica así a Estados Unidos y beneficia a México.

Pero México se opone: puedes traerla, pero no si produce electricidad, tampoco si refina petróleo, ni te será fácil si es de telefonía o TV o radio porque son concesiones, mercedes que el gobierno mexicano otorga travestido de “nación”.

Lo peor que nos hizo la Revolución a los mexicanos fue transfundirnos una ideología que desde la primaria nos hace ver una desgracia en tener 3 mil 500 kilómetros de frontera con el mayor comprador del mundo.

Así que al inversionista de Arizona que venga para que la mano de obra no vaya, los trámites pueden llevarle años. La propiedad del terreno comprado no está garantizada con el pago y la escritura correspondientes porque siempre habrá una decena de personas que, por motivos inescrutables, tome el terreno, ponga un campamento y enormes mantas: ¡La tierra no se vende!

Cuando la compañía exija la intervención de las autoridades para hacer valer sus títulos de propiedad, éstas temblarán ante el Trauma de Tlatelolco y el Juicio de la Historia: ¿Y si en unos años me somete a juicio una Fiscalía Especial por haber golpeado épicos defensores de la tierra entre los que uno cayó muerto por bala que parece haber salido de sus amigos pero éstos sostienen que fue víctima de la represión? ¿Y sí…?

Superado de alguna forma el trance, el inversionista se encontrará con la sorpresa de que un piquete de huelga le cerró la obra en construcción y con permisos en regla, cuando apenas levantaba estructuras. El empresario no entiende: no son sus constructores, éstos exigen que los ajenos los dejen continuar la obra y eso basta para que sean declarados esquiroles por los desconocidos. Se le explica a la patronal venida de EU que la legislación mexicana defiende a los trabajadores aun contra su voluntad y los que trabajan para la compañía de Arizona deben recibir mejor salario y un hospital propio o algo así… El caso es que la huelga impuesta dure. Su trasfondo será motivo de análisis en diarios y especulaciones en la calle: Dicen que fue el alcalde… No, no, fue el diputado…

Repartidos algunos millones de dólares entre los líderes que ninguno de los trabajadores conocía, los huelguistas que nadie conocía quitan las banderas rojinegras que nadie votó poner. Pero la empresa debe contratar personal para abrir: los jóvenes que estudian y por eso desean un contrato por horas no pueden ser contratados porque la ley mexicana los protege de esa infamia; los recién graduados, tampoco, los que no saben hacer nada y desean entrar como aprendices con un salario bajo y un contrato temporal para ver si pueden con la chamba, también se topan con la justicia laboral mexicana.

La compañía de Arizona se entera, luego, de que los contratados llegarán a propuesta del sindicato y no por una evaluación de aptitudes a cargo de la empresa, que deberá despedir a quien el sindicato señale, que el contrato colectivo lo detentará un sindicato nacional cuyo dirigente máximo es senador de la República un sexenio y al otro es diputado… Y el patrón gringuito, exclama Yisus!, añade Yis-s Crráist!, luego Oh mai Gaad! Y decide quedarse en Arizona y ayudar indocumentados a colarse por la frontera.

Partidos y ciudadanos. Un entrevistador, novato y fuera de tema, me preguntó, con motivo del lanzamiento por Planeta de mi novela Olga, contrarrevolucionaria, si, ante el desastre de los partidos, no deberían los ciudadanos organizarse por fuera. Respondí que, una vez organizados, poco importa cómo llamen a eso, será un partido. Luego me preguntó qué hacer ante la pulverización de las organizaciones estudiantiles, dije que no le veía lo malo: son muchas porque las formas de pensar son variadas… Lo estaba diciendo cuando sentí que se me aparecía mi amigo Pepe Woldenberg, a quien le mando un abrazo.

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Opinión extraída del periódico Milenio 03/05/2010

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