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Hacia la ampliación de nuestras libertades

Hacia la ampliación de nuestras libertades

No resulta redundante ni molestoso discutir hasta dónde y cómo se han consolidado una serie de libertades civiles y políticas en los sistemas democráticos. Si bien la mayor parte de América Latina vive al fragor de regímenes constitucionales donde se respetan las libertades principales, esto no quiere decir que sigamos peleando por ampliarlas. ¿Qué hacer entonces? Recuperar para el debate democrático elementos como los siguientes:

1.    Practicar una educación intercultural que se alimente de la tolerancia. Ésta se complementa, a su vez, con una riqueza libertaria fundamental: el utilitarismo, donde los actores rescatan lo más ventajoso de sus experiencias, no solamente para mejorar como seres humanos, sino también para pensar cuidadosamente en qué es lo que a uno le conviene más. Decidir por la conveniencia no siempre es visto como algo positivo; sin embargo, ¿cómo desarrollar la libertad individual sin pensar antes en lo que a uno puede hacerle feliz, es decir, en orientarse hacia lo que nos conviene? El rechazo a toda forma de absolutismo y el respeto que merecen las minorías se relaciona con este valor liberal importante, con la capacidad de identificar lo más útil de nuestras expectativas y acciones que se resume en saber qué nos conviene para seguir adelante como individuos autodeterminados. Esta lección de utilidad puede enriquecerse en medio de un ambiente educativo que privilegie la diversidad de puntos de vista y el respeto de muchas visiones sobre el mundo y nuestro lugar en él.

2.    El utilitarismo en la educación se relaciona con aquella posibilidad que tiene toda persona de emplear los conocimientos, según sus intereses, inclinaciones y capacidades; es decir, representa un profundo contenido ético. Se aprende y se educa en la medida en que uno también está dispuesto a diferenciar y escoger lo más valioso para nuestra vida dentro de un abanico de distintas alternativas que puedan estimularnos. Aquí, un verdadero maestro solamente facilita condiciones e información, no impone modelos o paradigmas, sino que brinda un espacio abierto donde sea uno mismo quien, de acuerdo con nuestra propia vocación, elija aquello que es útil para hacer frente a distintas exigencias; desde esta perspectiva nadie está en la posición de decir que un saber o conocimiento es más valedero o superior a otros. Esta perspectiva utilitaria y pluralista nos da la mano con la anuencia y despierta un buen sentido de pragmatismo que, en el fondo, significa asumir el reto por pensar individualmente y confiar en las propias fuerzas sin dogmas religiosos ni políticos.


3.    La educación plural utilitaria reclama un principio básico para profundizar nuestra ciudadanía democrática: apoyar a las minorías en contra de la tiranía de cualquier mayoría. Educarnos en este principio nos reconcilia con algo también imprescindible: defender siempre las diferencias, sean éstas minorías sexuales, sociales, étnicas, etc., así sea sacrificando nuestra posición de privilegios como mayoría. En este sentido, la educación plural equivale a una suerte de suicidio emocional para sacrificarse por los otros, apostando a favor de un camino donde educar significa apreciar lo que otros piensan y lo que otros quieren aprender o llegar a ser.

4.    Un desarrollo de más libertades para la sociedad democrática que trata de superar los efectos negativos de las políticas orientadas hacia el mercado, necesita también reformar nuestro orden jurídico en el que siempre se rechace la pena de muerte. Ésta no es una prevención valedera contra el crimen porque desataría una orgía perpetua de revanchismo y autoritarismo. Por más que se cometan los crímenes más atroces, todo delincuente tiene derecho a un juicio y a que se comprueben, con tiempo y detalle, todas las acusaciones en su contra. Los problemas del mercado, muchas veces no provienen de los excesos macroeconómicos, sino de los abusos a la seguridad de las personas, de la violación a la ciudadanía democrática para muchos de nosotros. Si la ciudadanía es un derecho a tener derechos, entonces el orden jurídico se presenta como un eje fundamental de convivencia donde la pena de muerte o los linchamientos que se hacen pasar por exigencias de la justicia comunitaria, son solamente arbitrariedades horrendas que conducen hacia el totalitarismo.

5.    Con la pena de muerte, las verdaderas tragedias no resultan del enfrentamiento entre un derecho y una justicia, sino que surgen del choque entre dos derechos: el primero se relaciona con la economía jurídica que rige un país, mientras que el segundo derecho exige que jamás puedan negarse los derechos humanos elementales de cualquier individuo. Los derechos humanos a escala universal van más allá de todo particularismo etnocéntrico o de cualquier nacionalismo avasallador. Aquí, los valores liberales nos instan a reflexionar cómo la economía jurídica no puede atropellar los derechos humanos universales. La dignidad de toda persona es, posiblemente, el emblema de cualquier visión democrática donde los individuos son el centro y no los castigos más duros como la pena de muerte.

6.    El monopolio legítimo de la fuerza que el Estado utiliza para sancionar a los criminales también tiene un límite: los derechos inalienables, reconocidos inclusive para los asesinos más monstruosos. El pensar en llevar adelante muchos límites para el poder y para la fuerza del Estado, no quiere decir que se deba proteger a diferentes psicópatas de penas ejemplarizadoras, sino que los límites del poder, tal como los valores constitucionales y democráticos lo entienden, permiten evitar cualquier exceso de totalitarismo donde un juez corrupto, un periodista que trafica con lo espeluznante o un político inescrupuloso, son capaces de destruir la democracia para vender promesas oscuras o ganar notoriedad con beneficios turbios.

7.    Una verdadera reforma educativa, constitucional, judicial y política que pueda asentarse en los valores para ampliar nuestras libertades, está apta para limitar el tráfico de influencias y la retardación de justicia, así como para combatir toda forma de dogmatismo ideológico desde las aulas, que muchas veces se convierte en un cadalso con el objetivo de condenar a las ideas diferentes, dar cabida a pérfidas fobias o utilizar los celos más primitivos que buscan satisfacer nuestras envidias.

Si se rescatan varios elementos de la ética democrática para el cultivo constante de mejores libertades como sugerencias de coexistencia pacífica, entonces habremos avanzado plenamente en la superación de aquellos resultados perversos que saltan como astillas en el modelo, evitando quedarnos solamente en la crítica sobre los efectos negativos del mercado.

Franco Gamboa Rocabado, sociólogo político, miembro de Yale World Fellows Program, [email protected]
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