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¿Se acabó el festín autonómico?

¿Se acabó el festín autonómico?

Cuando un dirigente nacionalista –nacionalista español, quiero decir, que es el nacionalismo fuerte en este país- habla de “culminar la fase de autogobierno” hay que echarse a temblar. Quiere decir que se prepara una nueva LOAPA. Si hay una cosa en la que socialistas y populares son capaces de ponerse de acuerdo es en acabar con la diferencia. Pasó en el País Vasco con el acuerdo PSOE-PP y en el fondo pensaban que el tripartito en Cataluña acabaría con las aspiraciones de más autogobierno. Lo que ocurre es que al menos en la fachada les ha salido rana. 

Cuando un gobierno -central- no ha reparado en gastos: cheque bebé, ampliación del paro, menos requisitos para cobrar el PER, subvención para aquí, ayuda para allá, mucho dinero para políticas sociales no productivas y poca ayuda a las PYMES y al aparato productivo, lo recurrente es echar las culpas al desmán autonómico: que si la televisión, que si los informes sobre la lagartija, que si los traductores, que si los viajes del señor Carod, etc… 

El presidente Rodríguez Zapatero ha lanzado el aviso desde el Senado: “El Estado de las autonomías ha hecho un papel extraordinariamente positivo pero lo hemos de culminar”. Y cuando se habla de culminar ya sabemos que quiere decir seccionarle la cabeza, decapitarlo. Primero se iguala por abajo y después se le cortan las ansias a los que reivindican la diferencia. Estado de las autonomías es, para los más centralistas y dicho con todos los respetos, que Cataluña sea igual que la Rioja, o que el País Vasco no tenga más que Extremadura. 

El problema es que mientras unos aportan el liderazgo en el PIB, en las exportaciones o en el registro de patentes, otros pavonean de que tienen un ordenador cada dos alumnos de primaria sin aclararnos de dónde les llega el dinero. 

Hombre, puestos a dar la fiesta por concluida, quizás que nos apretemos el cinturón todos. Hubo una época en que cualquier señorito revestido de presidente autonómico tenía como techo competencial reclamar “igual que Cataluña” aunque ni le interesara esa competencia, pero era por no ser menos. Incluso había quien echaba en cara que Cataluña tuviera mozos de escuadra en las carreteras, cosa que no quería pero que le “jodía” –sic, pero perdón a los lectores- que la tuvieran otros. ¿Quién hacía valer aquí el argumento del agravio comparativo? Si quieren aún me extenderé más. ¿Por qué el estatuto de autonomía de una comunidad uniprovincial recoge entre sus competencias los lagos, aun no teniéndolos? Simplemente porque a la hora de redactarlo se calcó del Estatuto catalán de 1979: “no queremos ser menos que los catalanes”. 

Total, que se avecinan tiempos duros para las autonomías. Si socialistas y populares quieren, llegará la LOAPA bis. Por cierto, y para desmemoriados: Cuando en 1981, en plena resaca del golpe de Tejero, Calvo Sotelo (UCD) y Felipe González urdieron esa ley de armonización del proceso autonómico, luego revolcada en gran parte por el Tribunal Constitucional, los socialistas catalanes entonces liderados por Joan Reventós prepararon una serie de enmiendas, quiero pensar que sinceras, para salvar parte de los muebles. ¿Saben qué ocurrió? Que se las olvidaron en el cajón. ¿Saben quién era el portavoz del grupo socialista catalán en el Congreso, porque entonces sí tenían grupo propio? Ernest Lluch. ¿Saben a quién hizo ministro Felipe González en 1982? A Ernest Lluch. ¿Agradecimiento a los servicios prestados? Piense mal y acertará.

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