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La locura como estado actual del desarrollo económico

La locura como estado actual del desarrollo económico

    Siempre resulta estremecedor o fascinante saber qué se esconde detrás de la consciencia. Cómo se genera el pensamiento, tanto en lo que se refiere al proceso fisiológico que tiene lugar en las neuronas, como al estado de nuestra psicología. Qué significa el mundo racional y hasta dónde podemos decir que reaccionamos conforme a nuestra voluntad o de acuerdo con ocultos impulsos irracionales, secretamente agazapados en el fondo de aquella masa llena de surcos gelatinosos llamada cerebro.

    Las interrogantes respecto del funcionamiento cerebral podrían incluso aplicarse a una serie de problemáticas sobre el desarrollo en países pobres. ¿En qué sentido? En que tanto el mundo neuro-cerebral como el del desarrollo económico y la prosperidad no responden a ninguna lógica o sentido exclusivamente lineal, sobre todo, el progreso o retroceso de las naciones hoy en día esconde tantas contradicciones que todo termina por volvernos locos. No hay nada racional y definitivo sobre el esfuerzo por alcanzar la modernización o niveles homogéneos en la estructura capitalista de los países subdesarrollados.

    A este debate contribuye William Easterly. Más allá de la molestia que sus ideas muchas veces causan en los sectores conservadores del Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional, es interesante apreciar que el crecimiento económico en países pobres, actualmente es una tarea misteriosa debido a la combinación entre irresponsabilidad política de muchos gobiernos, egoísmo extremo para satisfacer intereses estrechos y los tumbos incomprensibles por donde fue rodando la asistencia para el desarrollo.

    Easterly cita el caso de Pakistán que recibió cincuenta y ocho billones de dólares en ayuda para el desarrollo durante las últimas cuatro décadas por medio de veintidós préstamos gracias al ajuste estructural, destinando ocho billones para programas de asistencia social. Sin embargo, los resultados son totalmente escalofriantes, pues la pobreza no disminuyó, la discriminación hacia los grupos vulnerables pervive y las élites gobernantes demuestran tanto aprecio por el capital humano que sólo gastan dos dólares por persona en salud. En Estados Unidos, el mismo gasto per cápita llega, aproximadamente, a 200.

    Entre 1960 y 1990, los préstamos del ajuste se incrementaron en 60% pero el crecimiento económico pakistaní decayó hasta llegar casi a cero a comienzos del siglo XXI. Cómo explicar estas contradicciones, ¿será que todo el dinero se esfumó en corrupción? Es imposible que la corrupción, por sí sola, explique semejante fracaso, como tampoco la ineptitud de aquellos que se aprovechan del poder. Asimismo, está por demás demostrado que la gente común y los gobernantes en países subdesarrollados, sean corruptos u honestos, siempre tienden a consumir los recursos externos de la cooperación en lugar de fomentar los incentivos económicos para invertir y generar riqueza propia.

    Lo que hoy presenciamos es el paso de un estado de conciencia sobre el desarrollo hacia otro donde imperan el “sinsentido y fuerzas ocultas”. Debemos dejar de confiar en aquellos modelos que ofrecen una anatomía completa sobre la consciencia recta para alcanzar el crecimiento. No hay tal conciencia recta, solamente impulsos históricos cargados de azar y mezclados con acciones humanas que disparan hacia atrás y hacia delante.

    También llegó la hora de poner límites a la ayuda internacional para los países pobres, a los préstamos indiscriminados, al conjunto de condiciones que van agobiando plazos y planes gubernamentales. De alguna forma, la cooperación internacional se convirtió en una droga que supuestamente ayudaba a visualizar una supra-consciencia que armaría la máquina del despegue económico. Dicha consciencia demuestra ahora ser ficticia.

¿Por qué no apuntar entonces hacia la locura? Dejar de esperar la llegada del nuevo préstamo y confiar solamente en aquello desconocido que nos obligaría a sobrevivir con nuestros pocos recursos, con nuestras propias fuerzas; finalmente, apoyarnos exclusivamente en nuestras intuiciones pues nadie sabe con certeza dónde está la clave del éxito económico. Por lo tanto, lo que podría parecer una locura; es decir, renunciar a la ayuda externa y a las condiciones del Banco Mundial o el FMI, de pronto es la llave para destapar otras formas de conciencia y lucidez. ¿Es realmente posible plantear una serie de locuras como ensayos para modelar otro tipo de desarrollo y atacar casos concretos de pobreza con el éxito esperado?

Esto exige repensar hacia dónde nos llevaría seguir recibiendo recursos fáciles del alivio a la deuda con el que se benefician algunos países de América Latina y África. Tentemos aquello que está misteriosamente escondido en el lado oscuro de la voluntad para caminar sobre un horizonte que tal vez no sea desarrollo, sino simplemente la posibilidad de una nueva forma de existir y reaccionar frente a la pobreza y el atraso económico.

No será fácil pero es fundamental romper con el cordón umbilical de la dependencia hacia los organismos internacionales y los asesores extranjeros que, sabiendo ellos mismos que nadie conoce la receta de un milagro de modernización y desarrollo, se empeñan en transmitir sus prejuicios, aprovechándose de la ignorancia o buena fe de los países pobres. Lo racional y, cada vez más real, es pelear por una verdadera autonomía en el desarrollo, aunque esto signifique cuestionar las bases mismas de las políticas y raíces económicas de dicho desarrollo. Nada está dicho por completo ni nadie tiene la última palabra, y aquel o aquellos que afirman tener el mapa del desarrollo copiando los modelos de Europa o Estados Unidos, solamente muestran otra forma de locura convertida en mera estupidez.

Franco Gamboa Rocabado, sociólogo político, miembro de Yale World Fellows Program, [email protected]
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