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El 'Rubalcabato'

El 'Rubalcabato'

Asistimos a un tiempo de finales: el final de un ciclo, el de la gran alegría económica y, acaso, el de la grandeza del 'estado de bienestar'; el final del terrorismo 'made in Euskadi' de ETA, con una rendición que los terroristas y los abertzales de izquierda, con la anuencia del Gobierno, querrán presentar como un cese pactado, y el final del 'Zapaterato', entendiendo como tal una personal, peculiar y cesarista forma de ejercer el poder por Rodríguez Zapatero.

    Por lo mismo, asistimos en el ámbito de la escena socialista española al inicio de un tiempo nuevo, el del 'Rubalcabato', o, lo que es igual, el tiempo de los 'triunviratos', de los compromisos entre 'barones' y 'notables' para enderezar el rumbo y cambiar el signo adverso de las encuestas electorales.

    Ahora bien, aunque a ese tiempo le llamemos 'Rubalcabato' por contraposición al 'Zapaterato' que se acaba, no quiere decir que Pérez Rubalcaba sea el 'delfín' y que Zapatero esté acabado. Ni mucho menos. Probablemente habrá algún 'tapado'.
    
    Quienes le conocen bien, a Zapatero le califican como un pésimo gestor en el Gobierno, pero como un 'extraordinario dirigente de partido': mantiene intactos todos los instintos para aferrarse al poder; tiene un muy desarrollado instinto de supervivencia; es vengativo; carece de escrúpulos para hacer políticamente lo que más le interesa en lo personal -es capaz de mentir mejor que Aznar con las armas de destrucción masivas-, y resulta un auténtico killer político. Desde luego, no le tiembla el pulso a la hora de liquidar a enemigos o a 'estorbos'.

Parece una contradicción, pero con esta crisis, con esta 'rubalcabización' del Ejecutivo, Zapatero ha dado un puñetazo en la mesa. Primero, porque ha soltado lastre -'Bibí' Aído y su Ministerio de Igualdad, al que hace desaparecer; Beatriz Corredor y su inexistentes garito de Vivienda, las dos apuestas-estrella, por cierto, de Zapatero-. Y con ese soltar lastre, dice Zapatero que cumple con el mandato del Congreso de reducir su Gobierno. Da imagen de obediencia y de eficiencia reduccionista en tiempos de crisis.

         Segundo, porque colocar a Rubalcaba de 'mini-yo' en Moncloa es apostar por el impulso político del neuvo Ejecutivo. Por un lado, contenta a la 'vieja guardia' socialista -lo que Rafael Vera ha denominado ahora como 'Antiguo Testamento'; por otro, y más eficiente en términos prácticos, porque la capacidad sinuosa para la comunicación de Rubalcaba no conoce límites. Además, porque desde ese puesto Rubalcaba va a gestionar para Zapatero mejor que nadie el final de ETA que se vislumbra a la puerta de la esquina.

         Tercero, y no menos importante, porque suelta lastre en el aparatchik del Partido Socialista: hace salir a Leire Pajín de la imprescindible Secretaría de Organización -aunque la tenga que 'colocar' en el Gobierno a título de consolación-, y, al rebajar las aspiraciones de ascenso en el Ejecutivo de José Blanco -el ministro de 'Asuntos Generales', como le llama el popular Gustavo de Arístegui-, le encomienda, sin embargo, que se ocupe del PSOE como auténtico 'número dos' y sin fricciones ya con Pajín. Es decir, le encomienda, sin frenos ni cortapisas, que controle el proceso político interno, la selección de candidatos, la coordinación de las campaña y mensajes electorales, el poner en marcha a la Organización para explicar desde dentro y hacia fuera lo bien que lo hace el Gobierno.

         No ha sido un cambio leve, sin duda. Pero al no desvelar si Rubalcaba es realmente su 'delfín' -hay quien habla que más que 'delfines' hay 'tapados(as)'- o si se va a presentar a las próximas, deja abierta la veda. Pero ésa es ya otra historia.


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