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Se cierra el telón

Los catalanes se disponen a votar el 28-N tras una de las campañas más insípidas y desmotivadoras que se recuerdan. Serán las novenas elecciones al Parlamento de Cataluña desde la recuperación de la democracia y de la Generalitat y nada hace suponer que pueda superarse la maldición participativa que las caracteriza desde su primera edición; a saber, que en las elecciones a Cortes con participación más baja en Cataluña, la abstención es pese de todo inferior que en las elecciones autonómicas catalanas con  mayor participación. Parece un  trabalenguas, pero su sentido político es evidente: gran parte del electorado catalán pasa olímpica y sistemáticamente de estos comicios, como pasó de la ratificación en las urnas del nuevo Estatuto de Autonomía, antes de que éste fuera severamente mutilado por el Tribunal Constitucional.

En este sentido, la desafección de Cataluña de la que hablaba el presidente Montilla en relación a España es una creciente probabilidad, pero la que siente por su clase política es una dolorosa realidad. Y pocos partidos van a sufrir tanto este fenómeno como el PSC, el partido de los socialistas catalanes, una auténtica obra de artesanía que, tras las elecciones generales españolas de 2004 y a lo largo de los últimos seis años ha monopolizado prácticamente el poder en el Principado, desde la Generalitat hasta los principales ayuntamientos, pasando por las diputaciones y sin por supuesto olvidar la presencia en Madrid de un gobierno de su mismo signo político.

Que los nacionalistas de Convergència i Unió superen al PSC no es ninguna novedad. Ha pasado en las referidas ocho elecciones autonómicas anteriores, al menos en cuanto al número de escaños. Pero tal evidencia era más que compensada por los triunfos de los socialistas catalanes –con la inestimable colaboración de Felipe González, idolatrado aquí más incluso que en su Andalucía natal- en las diez elecciones generales celebradas hasta la fecha. El PSOE ganó las elecciones en Catalunya hasta en los comicios del 2000, en los que el Partido Popular liderado por José María Aznar consiguió la mayoría absoluta.

Da la sensación, sin embargo, de que el previsible descalabro del 28-N puede dejar esta vez heridas más profundas, llegando incluso a poner potencialmente en peligro la tradicional doble alma del PSC, la de los Maragall, Castells y Tura por un  lado y la de los Montilla, Chacón y Corbacho por el otro. La relativa autonomía del PSC ha sido tolerada por Ferraz -aunque fuera a regañadientes-, mientras las urnas le han sido propicias, pero el año y medio escaso que queda hasta las próximas generales puede ser especialmente tormentoso, sobre todo si las municipales del año que viene se saldan con otro fracaso.

Con todo, da toda la sensación de que la izquierda sociológica sigue disfrutando de una cierta hegemonía en Cataluña, lo que se traduce en un escaso apetito por la intolerancia y en un predominio, a veces exagerado, del pragmatismo más descarnado. Seguro que a muchos analistas, tanto en Cataluña como en el resto de España, se les llena la boca después de estas elecciones con afirmaciones rotundas sobre un eventual final de ciclo. Los que nacimos aquí o llevamos mucho tiempo viviendo en Cataluña pensamos, por el contrario que “plus ça change, plus c’est la même chose…
Como mínimo, cambiarán las caras, eso sí. En la segunda mitad del siglo XX, la Generalitat tuvo dos presidentes, Josep Tarradellas y Jordi Pujol. Pero cuando apenas ha transcurrido una década del siglo XXI habrá tenido cuatro, el propio Pujol, Pasqual Maragall, José Montilla y, previsiblemente, Artur Mas. Quien no se conforma…



(*) Ramiro Desvalls es un colectivo de periodistas y escritores catalanes, tanto de origen como de adopción





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