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Algo tiene que cambiar para que todo siga más o menos

Algo tiene que cambiar para que todo siga más o menos

Lo de las elecciones catalanas es algo así como lo de la reunión de los grandes empresarios y banqueros con Zapatero: una sacudida que muestra que algo tiene que cambiar ya mismo para que todo siga más o menos…parecido. Es decir, nadie se plantea sustituir el sistema, ni ensayar métodos radicales, ni soluciones tajantemente soberanistas. Nada de independencias –por mucho que se haya vociferado durante la campaña--, nada de poner en cuestión el estado de bienestar, nada de cortar nudos gordianos.

 No había sino que ver este domingo electoral cómo los principales periódicos catalanes confeccionaban sus portadas con fotografías de estudio en las que todos los candidatos participaban amistosamente: en una, chutaban todos, en la misma dirección, desde el césped del Camp Nou, que este lunes será testigo de lo que ya llaman el partido del año; en otra, todos miraban al unísono la hora de ir a las urnas desde una foto de estudio en la que el fotógrafo había colocado a los seis principales candidatos en un montaje que daba una sensación voluntariamente ficticia; en otro periódico, en fin, los seis componían un castell…¿Cómo transmitir así al elector la idea de que Cataluña se jugaba un vuelco político, ganase quien ganase?

‘Eppur, si muove’. Y, sin embargo, algo se mueve. En Cataluña gobernarán otros, que, en su día, se aliarán con otros para formar un Gobierno de la nación distinto al de ahora. Lo que ocurre es que esos ‘nuevos’ que, según las encuestas, llegarán a La Moncloa para tomar el relevo de un Zapatero que se deshilacha día a día procurando cumplir obligaciones que no le gusta cumplir, tampoco traen, hasta donde sabemos, proyectos verdaderamente revolucionarios. Quizá sean más ordenados, menos parlanchines, más previsibles a la hora de evitar la inseguridad jurídica; pero lo que no aportan es algo verdaderamente sorprendente. Los experimentos, parecen decir todos, con gaseosa. O sea, que, remedando lo de Lampedusa, algo tiene que cambiar, para que todo siga más o menos. Más o menos.

El caso es, no obstante, que enfilamos la recta final del año 2010 con la sensación de estar adentrándonos en una nueva era. No se entiende demasiado bien una convocatoria a los representantes de la mitad del PIB del país –los representantes de la otra mitad debemos ser los otros cuarenta millones de españoles—para mantener los silencios, más allá de las palabras bienintencionadas y esta vez cautamente optimistas de Zapatero en una rueda de prensa meteórica a la hora del almuerzo tardío. Y con los resultados catalanes, lo mismo: vistas las portadas y las primeras declaraciones de la noche poselectoral, no creo que vayan a cambiar demasiadas cosas más allá del rostro en el sillón presidencial en la Plaza de San Jaime.

Eso sí: acabamos de inaugurar, con los comicios catalanes, la Gran Carrera Electoral que, salvo sorpresas y adelantos no previsibles, se va a extender a lo largo de todo 2011 y los tres primeros meses de 2012. Va a ser tiempo de muchas reflexiones y debates en la sociedad civil acerca de lo que conviene hacer, o si, por el contrario, no conviene hacer nada, siguiendo la máxima ignaciana de que en tiempos de crisis no hay que hacer mudanza. Sí me parece, en todo caso, que el poder político, que va a ir mudando desde los ayuntamientos hasta La Moncloa, pasando por algunas comunidades autónomas, haría bien en escuchar atentamente este sordo clamor que se levantando en esa sociedad civil, en cuyo seno puede que las frases lampedusianas ya suenen a poco, a eso: a pasteleo. Para esto, mejor empezar a pensar en lanzarse a lo que muchos reclaman: un gran pacto nacional para abandonar la crisis y dejarse de componendas bajo los manteles.

 

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