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Los que aún queremos negociar...

Lo peor es el silencio. Que aquí solo hable ETA. Que nos enterásemos por los periódicos de que ETA iba a romper la tregua era malo. Que el Gobierno se entere casi por la misma vía es peor. Pero no culpemos al Ejecutivo, a Zapatero, que no se entera bien de por dónde van los tiros -nunca peor dicho-, ni a la oposición, que no hace otra cosa que acusar al Gobierno, sin mayor fundamento -ya se ve-, de haber cedido ante ETA.

No, no ha habido cesiones, pero el resultado está siendo tremendo para los socialistas: porque la ciudadanía parece convencida de que sí las ha habido. El presidente, el ministro del Interior, los demás ministros y portavoces, han perdido buena parte de su credibilidad, están como atrincherados. La confianza en las Fuerzas de Seguridad ha decrecido, aunque los motivos sean varios y haya que culpar de ello también a ciertos medios de comunicación. Cierto: ha habido episodios de enorme torpeza, como el tratamiento del ‘caso De Juana Chaos’. Contradicciones y estériles polémicas jurídicas, y ahí la ANV, presente en bastantes ayuntamientos. El debate sobre los pactos en Navarra -incluyendo algunas falsedades acerca de las intenciones de quienes quieren pactar-  tampoco ha servido para que los españoles entiendan qué diablos se está haciendo para llevar la normalidad al País Vasco.

No culpemos, no solamente, al Ejecutivo torpón, ni la oposición que, en este terreno, debilita aún más al Ejecutivo. La culpable de todo es, claro está, ETA. Una ETA más desnortada y demencial que nunca, que tiene el cinismo de decir que no hay democracia en la sociedad española, una ETA que, en frase de un periódico, “es una banda armada que busca pretextos para no dejar de serlo”. Pero una banda que se ha convertido en el eje de la política de un país que funciona pese a estos matones y pese a los tropezones que, a la hora de combatir el terrorismo, da la clase política.

Pero es cierto que el tema se está encarando mal. Quienes pensamos que hay que seguir negociando, sin olvidar las medidas policiales, es posible que seamos una minoría. Pero me parece que también estamos, como los demás, absortos ante el espectáculo de incompetencia al que asistimos. Las cosas no le van bien a Zapatero, y se está llevando demasiados reveses en demasiados frentes en demasiado poco tiempo. Entiendo que la clave de todo ello reside en el olvido por parte del presidente de que gobierna para un pueblo que necesita que le expliquen las cosas y que para nada necesita un mandatario convencido de que con su buena suerte y su buen hacer nos sorprenderá un día con unos brillantes resultados.

Y no. Los que aún pensamos que hay que negociar, sin ceder en lo que no se puede ceder, necesitamos, supongo, como los demás, explicaciones, aunque comprendamos que una negociación no se radia como si fuese un partido de fútbol. Zapatero, pensando que esa es su obligación, no nos ha dicho la verdad sobre los contactos con la banda del terror. Salió, el pasado día 20, en un desordenado almuerzo con periodistas en la campaña electoral, a negar esos contactos, quemándose personalmente en un terreno en el que sus colaboradores no quisieron dar la cara por él.

Porque hay demasiadas evidencias que nos dicen que tales contactos sí se han producido y, además, en abundancia y muy recientemente. El presidente tendría que empezar por reconocerlo, aprovechando quizá su próximo encuentro con Rajoy, que sin duda debería también mostrarse más unitario con el inquilino de La Moncloa en su lucha contra el terror, aunque sea forzoso reconocer que la manera como esa lucha se lleva a cabo merece no pocas críticas.

Zapatero, un apasionado de las columnas en los periódicos y de las tertulias radiofónicas, está llevando, paradójicamente, muy mal su política de comunicación -incluso se lo reprochan desde su círculo más cercano-, sin darse cuenta de que este es un aspecto fundamental en el ejercicio de la política. Porque, si pierde del todo la capacidad de ser creído, habrá perdido irremisiblemente las próximas elecciones, entre otras consecuencias indeseables para él. Y lo peor es que habrá sido ETA, la pesadilla ETA, la que habrá decidido quién nos gobernará a los españoles.
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