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Chávez y las marquesinas

Chávez y las marquesinas

No miente, representa un personaje en una obra diseñada para influir sobre la vida real

Quién duda que el Presidente sea un excelente actor? Basta ver su pasión al describir logros... que no existen, épicas... imaginadas por él o la mención sobre una señora, que él improvisa sobre la marcha de su discurso, cuya necesidad lo ungió con la misión de resolver nuestros problemas que, evidentemente, solo él puede enfrentar y por los cuales sería capaz de inmolarse en el altar de los sacrificios y entregarse estoicamente al país, permaneciendo en el poder, claro está, hasta que el pueblo, que solo él sabe oír, se lo pida... es decir, por siempre.

Es tan bueno que incluso quienes participan de su puesta en escena, llegan a preguntarse ¿qué parte del cuento será verdad? mientras uno se pregunta ¿qué de esto se cree él mismo?

Cuando se debilita su popularidad, presenta tantas obras como cree necesarias, para diferentes públicos y ocasiones. Vistos los resultados del 26-S, correspondía poner en cartelera las de corte radical. Se imponía recordarle al público quién manda, atemorizar adversarios y acelerar la revolución.

Pero estas funciones generaron problemas con la crítica internacional. La aprobación de una Habilitante para legislar casi el resto de su período, perpetrada por una AN moribunda, no es potable para nadie con un mínimo criterio democrático. No era relevante que pensaban sus enemigos declarados (ej. EEUU) ni sus amigos irrestrictos (ej. Cuba, Bolivia o Irán). La preocupación era por países light (ej. Brasil, Francia), que sin compartir su propuesta radical, lo ven como un líder legítimamente electo, irreverente e interesante frente al mundo unipolar. Pero parece que esta vez se le fue la mano. Las líneas cruzadas, usualmente grises, ahora fueron negritas y difíciles de obviar. Por eso presentó su nuevo "play", de corte moderado, en el gran teatro de la Asamblea Nacional.

Preguntaba un periodista: "¿Crees que esto significa un giro en su revolución?". "No", respondí sin pestañear. "¿Crees entonces que mintió?". "Tampoco", respondí seguro. "Co... Luis Vicente ¿es lo uno o lo otro?", replicó el corresponsal. "Te equivocas. Tu primera pregunta se refiere a la vida real de Chávez, en la que persigue un objetivo que no piensa abandonar. Ahí no hay giro, ni lo habrá. Tu segunda interrogante alude a la obra que representó el sábado ante la AN. Diría que mintió solo si tú eres capaz de decir que miente Edgard Ramírez representando a El Chacal o Plácido Domingo de Don Giovanni en la Scala de Milán. No vale, no miente, representa un personaje en una obra, en este caso diseñada para influir sobre la vida real".

¿Qué debe hacer la oposición frente a esto? Participar en la obra. Hacer creíble su papel en ella y ensayar para el próximo estreno, mientras trabaja en paralelo sobre el plano real.

En los primeros tiempos de la revolución, una oposición desconcertada confundía obra con realidad y atacaba al personaje y no al actor. Cuando lo descubrieron, decidieron rechazar los puentes imaginarios que les tendía en la obra, sin percatarse de que caían en otra trampa. Chávez los hacía ver como intransigentes y golpistas en la vida real.

Ahora es momento para que la oposición se desdoble también y represente su rol sobre las tablas. Acepte la invitación a dialogar. "Chávez, hablemos de la inseguridad. Chávez, que pasa que no hay viviendas, las carreteras están destruidas, la corrupción galopante, la producción de las empresas expropiadas es vergonzosa...". Pero mientras hace eso, con "performance" para Golden Globe, debe actuar y resistir fuera del escenario, donde requiere activar a la sociedad para que ésta defienda sus derechos y se motive a construir su propia felicidad, ahí donde verdaderamente le corresponde: en Venezuela.

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