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Han pasado treinta años

A este periodista también le cupo la oportunidad histórica de hallarse en la tribuna de prensa del Congreso de los Diputados cuando Tejero y sus guardias hicieron irrupción e interrumpieron la votación de la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como jefe del Gobierno. Primera comprobación, treinta años después: nos han ido dejando “los mejores”, muchos de los más valientes de aquellas horas. No está Gutiérrez Mellado, está, pero apenas, Adolfo Suárez, y en el propio Congreso quedan apenas media docena de diputados  “supervivientes”. Incluso entre los golpistas se hay producido ya una considerable “rebaja”: de los 33 implicados, once han muerto, y los restantes están ya jubilados o trabajan en el sector privado, según el recuerdo que hoy hace 'El Mundo'.

Eso sí, cualquiera, presentes o ausentes, mantiene vivos los recuerdos de aquella jornada, una de las que reúnen las condiciones para rememorar “dónde estabas, qué hacías, que sensación te produjo” lo que iba ocurriendo. Como señala una encuesta del diario 'El País' de este miércoles, la memoria del 23-F sigue intacta, y el 73 por 100 de los ciudadanos consultados cree que se debe recordar para que no ocurra nunca más. El número redondo de esos recuerdos hace que, este año, se celebren de manera particular, desde el Rey a quienes eran diputados entonces, reaparecen en escena, sobre todo, para testimoniar que aquellos sucesos no fueron imaginación de algunos hombres de letras ni fruto de “los peliculeros”. Tejero aún existe y viaja en metro, y los casquillos de las pistolas de los guardias “okupas” dejaron huellas en el techo del Congreso que aún admitan los visitantes. ¿Qué cabe recordar? Carrillo decía estos días que “por fortuna, ha quedado el vídeo de aquellos hechos, de lo contrario, algunos ya los negarían”, ironizaba el dirigente comunista, uno de los tres diputados que incumplió la orden tajante de los militares en armas del “todos al suelo”. Aquello sucedió, y tuvo consecuencias, como también advertía estos días el diputado Ridao: Después del golpe llegó la Loapa, para reducir algunas exageraciones o “cierto desmadre”  que había traído consigo el estado autonómico.

En ese sentido, el ambiente político de entonces ha podido ser comparable al actual, cuando se reclama una mayor moderación en toda suerte de gastos del Estado, y particularmente de los que se originan en los gobiernos autonómicos. Fue uno de los acuerdos que el Rey instó a los políticos a que se asumieran, una vez pasado el gran susto del Congreso. Lo cierto es que aquel “descontrolado festín autonómico” de entonces, originado, sobre todo, por una súbita cesión de competencias, había originado notables grados de malestar, al que se añadían las tensiones que, a su vez, originaban los permanentes y muy cruentos atentados terroristas de la banda ETA. Como se puede comprobar, no siempre resulta reenderezar las cosas, ni siquiera en treinta años. Lo del 23-F sucedió, aunque a algunos les parezca que fue un intento de golpe de estado de hace un siglo..... Algunos dicen que fue una vacuna, y muchos entendemos que, por fortuna, será difícil que se vuelva a repetir. Ni siquiera faltan, a estas alturas de la historia, análisis que concluyen en que el golpe de Tejero, a medio plazo, consiguió  nada menos que la entrada de España en la OTAN, que decidió Calvo Sotelo en su efímero mandato.

En todo caso, aquel 23 de febrero hubo miedo, en el Congreso, en la calle y en muchas casas, por lo que podía suceder a partir de aquella tarde en la que se inmortalizó el nombre de Manuel Núñez Encabo, que se quedó sin emitir el voto. Después de que se tuviera noticia de que Miláns sacaba los tanques en Valencia, por muchas cabezas pasó la contemplación de una hipotética guerra civil. Dicen que incluso en el propio Rey Juan Carlos se resucitó durante algunas horas aquel fantasma...  Por fortuna, el discurso del Rey, ya en la madrugada del 24, permitió empezar a serenar las agitadas imágenes y sonidos del día. Eso sí, el 23-F los uniformes dejaron de ser el poder que decide -como ahora ha recordado Zapatero. Los participantes en el intento destrozaron para siempre aquellos uniformes y galones.
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