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Treinta años después...

¿Qué decir sobre el 23-F que no esté ya dicho cuando se cumplen treinta años de aquel la lamentable intentona golpista que a los españoles más jóvenes les suena a celuloide rancio, a batallitas del abuelo, a historias para no dormir? Hoy queremos enfocar nuestra cámara de palabras hacia el verdadero protagonista que hizo posible que aquella villanía no saliese adelante. Nos referimos al pueblo español. La democracia era, por entonces, una planta muy débil, recién nacida entre los cascotes de la dictadura, y era muy vulnerable.  Pero los españoles supieron estar a la altura de las circunstancias y, cuatro días después de la intentona, el 27 de febrero de 1981, salieron a la calle en tropel bajo la pancarta única en que se leía “Democracia, Libertad, Constitución”. Lo que comenzó siendo inquietante, terminó siendo muy hermoso, porque las desgracias unen las voluntades y cohesionan a los pueblos.

No vamos a mirar hacia atrás ni con ira ni con nostalgia. La Historia está escrita, y cada país se la gana a pulso. Lo que nos preguntamos, aquí y ahora, es si aquella España unánime que gritó libertad después de la amenaza y del chantaje a la democrática, no está ahora dormida.  Toda comparación puede ser odiosa, es cierto, pero seamos claros: si por entonces fueron Tejero y compañía los fanfarrones enemigos del pueblo, hoy lo son el paro, la corrupción, el egoísmo de una España que se tambalea por la mala cabeza de sus dirigentes. Y, tal como entonces el pueblo salió a la calle, unido y abrazado, en defensa de la democracia, ahora también debería proclamar, infatigable, una apuesta por una patria en que todos sus habitantes tuviesen un puesto de trabajo y un futuro de dignidad. Cambian los tiempos y hoy los fantasmas no están en los armarios de la sala de banderas de los cuarteles, sino en los culpables de la cola del paro, en la pobreza, en la desesperanza, en los millones de hogares en que no entra ni un euro al mes, en los nubarrones de una sociedad atracada a mano armada por los chacales que han esquilmado a la clase media y que han convertido a los pobres en personas aún más pobres.
    
¿Por qué no dejamos en manos de los historiadores la trama civil de aquel golpe, las maniobras de los Tejero, Armada, Milans del Bosch, ect, y nos dedicamos a  la recuperación del orgullo de pertenecer a un gran país?. Esa sería la mejor forma de demostrar que hemos aprendido la lección de aquella tarde-noche-madrugada de hace treinta años, cuando un grupo de locos nos quisieron arrebatar el que, según Cervantes, es el más sagrado de los dones que los dioses otorgan a los hombres: LA LIBERTAD. ¿Son verdaderamente libres cuatro millones de parados? ¿Es democrática la cada día más profunda brecha de las desigualdades?  Es algo perfectamente serio, queridos amigos.

<<Especial 30º aniversario del 23-F>>

 



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