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¿Elecciones generales anticipadas?

En el ámbito empresarial español se empieza a generalizar una situación límite de alarma, en la medida en que la inactividad práctica del Gobierno en materia económica contribuye sensiblemente a agudizar los peores parámetros de la crisis. El cambio de Gobierno, sin que ello necesariamente signifique cambio de partido en el Gobierno aunque es inocultablemente probable que así sea, se tiene ya como una necesidad inaplazable, ante la evidencia de que Rodríguez Zapatero ha prescindido de cualquier actuación visible en la lucha contra la crisis. La inquietud cunde incluso entre los muchos dirigentes bien preparados que tiene el PSOE y que no entienden una actitud de La Moncloa que pudiera llegar a expulsar al socialismo de las posiciones de poder por largos años. No pocos socialistas, algunos de muy primer nivel, empiezan a temer que la amenaza para el PSOE no son los partidos de la oposición sino el inverosímil dirigente que llevaron al liderazgo del partido por y sólo por evitar las ambiciones de José Bono y sus siempre complejas relaciones económicas. No pocos de los dirigentes socialistas que en aquel congreso apoyaron a Rodríguez Zapatero confiesan ahora, cuando lo sucedido es ya irreparable, que quizá José Bono hubiera sido un mal menor. Lo cierto es que los apoyos a ZP empiezan a disminuir visiblemente incluso entre los cuadros dirigentes, históricos y actuales, del PSOE, razonablemente temerosos de que este presidente inverosímil, con los peores índices históricos de valoración de un inquilino de La Moncloa por la opinión pública incluso en las encuestas del oficial CIS, no sólo pierda las próximas elecciones, sino que acabe por llevar al PSOE a posiciones muy por debajo de sus razonables expectativas electorales.  Los datos de todas las encuestas son coincidentes y muy explícitos sobre la dramática caída de imagen de Rodríguez Zapatero, de modo que en el entorno del líder de la oposición, Mariano Rajoy, se ha instalado un ambiente de franco optimismo y de convencimiento de que las próximas elecciones darán la puntilla a ZP y otorgarán amplios espacios de poder al PP actualmente dirigido por Rajoy, cuya valoración por la opinión pública ha experimentado un imprevisto y muy sensible ascenso en las últimas semanas.  Las noticias que llegan de los principales países de la Unión Europa agravan la inquietud, en la medida en que, en las últimas semanas, se extiende por ellos la sensación de que Rodríguez Zapatero en La Moncloa ya no es sólo un problema para España, sino que puede llegar a convertirse, a no muy largo plazo, en un problema para Europa, por la importancia política de nuestro país y sobre todo, por la dimensión de nuestra economía. Si las turbulencias de la economía española se agravan, pueden llegar a afectar muy negativamente al conjunto de la economía de la Unión Europea. Al punto al que han llegado las cosas, la convocatoria de elecciones generales en España es ya casi un asunto urgente no sólo para España sino para el conjunto de la Unión Europea, donde probablemente nunca antes un solo político había hecho tanto daño a tantos. Es natural que en la sede central del PP, en la madrileña calle Génova, se perciba en las últimas semanas, y más acusadamente en los últimos días, un ambiente de tanto optimismo que la prudencia y el buen sentido aconsejarían templar. Que el PP está ahora en posición de ganar holgadamente unas elecciones es algo que parece fuera de dudas en todas las encuestas, incluso las del oficial CIS, pero en política siempre conviene moderar las optimismos para que la realidad se produzca de manera natural según ella es. Al fin y al cabo, unas elecciones no están ganadas hasta que se cuenta el último voto. En el PSOE saben ya que ni siquiera las extraordinarias habilidades electorales de José Blanco y Alfredo Pérez Rubalcaba pueden cambiar lo que es una auténtica marea de opinión, contraria no tanto al PSOE como al inverosímil personaje que coyunturalmente lo lidera, hasta el punto de que empieza a extenderse transversalmente. Y en el entorno de Mariano Rajoy se ha instalado un optimismo que se apoya efectivamente en los datos de los sondeos de opinión, pero que puede llegar a ser tácticamente contraproducente por excesivo. Que el PP va de ganador es inocultable, y en privado lo reconocen incluso no pocos dirigentes socialistas, pero un exceso de confianza podría generar una movilización del voto socialista, no desde luego a favor de Rodríguez Zapatero pero sí a favor del PSOE, que es otra cosa y muy diferente que Rodríguez Zapatero. Es importante que la ciudadanía cobre conciencia de que, al punto a que han llegado las cosas, la esencial no es el color político de unos u otros, sino la capacidad para salir de esta insólita parálisis y afrontar seriamente una crisis económica cuya envergadura y profundidad tienen pocos precedentes, lo que con toda evidencia no quiere o no sabe hacer el actual inquilino de La Moncloa. Reconocido ya transversalmente como el principal problema de esta hora de España, Rodríguez Zapatero lleva camino de convertirse en un serio problema de esta hora de Europa. En manos de los electores españoles está el hacer posible lo que es deseable, cuando acudamos a las urnas. Puede parecer una reiteración excesiva y terca, pero conviene insistir que el gran problema de esta hora de España no es el PSOE –un gran partido con muchos dirigentes de extraordinario nivel y cuya cooperación es imprescindible para el buen funcionamiento de cualquier programa serio contra la crisis económica– sino personalmente Rodríguez Zapatero y su rara corte de los milagros, atrincherada en La Moncloa contra la evidencia de un fracaso de dimensiones que pueden llegar a ser históricas y contra una opinión pública, de izquierdas y de derechas, que sólo coincide en el buen sentido de que así no podemos seguir. Aún estaría a tiempo el actual inquilino de La Moncloa de no agudizar su intensa responsabilidad personal en lo que está sucediendo, pues bastaría para ello la voluntad de pactar con todas las fuerzas políticas un adelantamiento electoral que España necesita para recuperar la credibilidad en la Unión Europea. La democracia tiene, entre sus innumerables ventajas, la sencillez de la fórmula con que se puede afrontar cualquier crisis y que son las elecciones generales, anticipadas cuando es menester como en la hora actual de España. ¿No habrá un resto de sentido de responsabilidad en Rodríguez Zapatero para llevarle a hacer real lo que es deseable, esto es, para convocar sin más demoras esas elecciones generales que nuestro país necesita? No queda mucho tiempo para barajar opciones. O las elecciones generales se convocan y realizan pronto, o España quedará lamentablemente consagrada como “el enfermo de Europa” y ello por y sólo por el injustificable aferramiento al poder de un político que carece de las condiciones y capacidades para afrontar un tiempo tan difícil como el presente.
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