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MODAS INFAMES

¿Toros no?

Los sentimientos personales que provocan las corridas de toros se han enconado en los últimos tiempos en España, a raíz de la prohibición sancionada por el Parlamento de Cataluña en el verano de 2010, en plena temporada taurina en nuestro país. Pero, a ese hecho, mitad grotesco y mitad espúreo como consecuencia de una conjunción astral   -como diría en otro tiempo la ministra Pajín- del nacionalismo y del ecologismo   catalanes no muy bien entendido, hay que sumarle por lo menos otra, tan importante o más que la primera: la decisión de RTVE de eliminar la fiesta nacional, tanto  de su programación, como de  los   telediarios. La última corrida retransmitida a través de la cadena pública española fue en 2006 en la Feria del Pilar de Zaragoza. Desde entonces, los aficionados han tenido que conformarse con   recurrir a la FORTA (Federación de organismos de radio y televisión autonómicos) , que en   alguna que otra cadena autonómica, entre las que se encuentra, y de forma destacada, la   de Castilla-La Mancha,  el segundo estandarte  territorial del socialismo español, que   no tiene rubor alguno en seguir   poniendo en evidencia el    nivel de contradicción al que es posible llegar en   las filas ideológicas de esta parte de la izquierda. No sé muy bien, por cierto, si ecologistas y nacionalistas catalanes son conocedores de que   son los dignos sucesores de la prohibición dictada en 1805 por el rey Carlos IV de celebrar corridas de toros o novillos, no sólo en Cataluña sino en    todo el reino de España. Fiesta nacional Pero, el de los toros, por mucho que les duela a los prohibicionistas –en especial los nacionalistas catalanes y TVE que, en el colmo del desatino,  los ha incluído recientemente como “violencia con animales” en su Manual de Estilo-  es un mundo enraizado en el arte, la cultura y la sociedad de nuestro país desde hace ya siglos.   Los primeros antecedentes de la tauromaquia (el arte y la técnica de lidiar toros, así como el tratado y las reglas que rigen este arte), de lo que desde el siglo XVIII   y hasta nuestros días se conoce por “tauromaquia”, aunque en formas muy distintas, se remontan hasta la España medieval. Sí, ya en la Edad Media hay referencias y alusiones a los toros en el Cantar de Mío Cid, en las de Los siete infantes de Lara, en el Poema de Fernán González, y hasta en las Cantigas de Alfonso X el Sabio. En la número CXLIV,  por ejemplo, se habla de cómo Santa María guardou de morte un home bo de Pracença d´un toro que ueera pelo matar”.  Un poco más tarde, en el  siglo XVI  surgió el toreo caballeresco, que continuó también en el siguiente   viendo como en plazas   mayores de media España se celebraban una suerte de   festejos con toros, más parecidos a los torneos que a lo que hoy se entiende por una corrida de toros. Sin embargo, en el  XVII, la lanzada se sustituyó por suertes más complejas que   ya anunciaban lo que   más tarde se entendería por rejoneo. La concepción moderna de las prácticas y reglamentos del toreo    -como ya hemos anticipado- se forjaron en el XVIII y a  ello contribuyeron de forma   decisiva tres maestros del toreo, tres de las mayores figuras de la época: Pedro Romero, el maestro que diera origen a la escuela rondeña; José Delgado Pepe-Hillo, cuyos fundamentos dieron lugar a la escuela sevillana, y Joaquín Rodríguez Costillares, maestro del anterior. También en el Siglo de las Luces se formaron las primeras ganaderías y con ellas las castas fundacionales. Se redactaron tratados de tauromaquia. Se construyeron las primeras plazas de toros no temporales. Y, por último, se impuso con carácter definitivo el toreo a pie ya que, hasta entonces, la figura principal de la lidia era el varilarguero: un picador de vara larga, a mitad de camino entre   el noble alanceador y los actuales picadores. De entre los varilargueros, quizás el más famoso fuera Fernando del Toro (Almonte, Huelva), al que pintó Francisco de Goya. La prohibición de Carlos IV y la Guerra de la Independencia, así como la extenuación de las ganaderías fueron    razones suficientes para que durante el primer tercio del siglo XIX la fiesta nacional decayese. Pero la aparición de una figura insigne, Francisco Montes Paquiro, volvió a darle nuevo ímpetu. A él se debela publicación en 1836 de su Tauromaquia —redactada por Santos López Pelegrín, con el seudónimo de Abenamar—, que fue la primera que combinaba los elementos técnicos con los fundamentos tácticos de la lidia, la primera organización seria de las cuadrillas y las funciones de cada uno de sus participantes en las suertes reglamentadas para cada uno de los tercios —varas, banderillas y muerte— en que se divide la corrida. Arte de Cúchares Pero los grandes nombres de finales del siglo  y principios del XX fueron, sin duda, Rafael Molina Sánchez Lagartijo, y Salvador Sánchez Frascuelo, Rafael Guerra Guerrita, Manuel García el Espartero y Antonio Reverte Jiménez. Las figuras de Joselito el Gallo y de Juan Belmonte fundaron la denominada “Edad de Oro del toreo moderno” durante el segundo decenio del siglo pasado  Y a ellos pueden unirse también los nombres de Manuel Granero e Ignacio Sánchez Mejías, a quien inmortalizara el gran Federico García Lorca en su eterno poema. Después de la contienda civil española, brotaron nombres como los de   Marcial Lalanda, Manolo Bienvenida, Pepín Martín Vázquez, Domingo Ortega y quien al decir de los   entendidos marca un antes y un después de la tauromaquia: Manuel Rodríguez Manolete. Un poco más adelante, Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida. En la década de los 60, Manuel Benítez el Cordobés, Paco Camino, Diego Puerta, Santiago Martín el Viti, Jaime Ostos, Curro Romero, Rafael Ortega, Antonio Chenel Antoñete y Rafael de Paula. En los 70, Francisco Rivera Paquirri, José María Manzanares, Dámaso González, Pedro Moya Niño de la Capea y Curro Vázquez. Y ya  en los últimos años del siglo XX y primeros del XXI, Juan Antonio Ruiz Espartaco, José Miguel Arroyo Joselito, Enrique Ponce, Julio Aparicio, el colombiano César Rincón, José Tomás y Julián López Escobar el Juli. La libertad individual, la tradición cultural,la naturaleza misma del toro bravo, así como el sentido ritual de la lucha con el torero, no parecen ser extremos importantes para aquellos que no ven   en la fiesta de los toros más que crueldad y maltrato del animal. Un maltrato que, por cierto, no encuentran en los «correbous»…  o en la caza de jabalíes con arco y flechaY esto, de verdad,  no huele más que a cuerno quemado…
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