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Marruecos: la revolución ya no es lo que era

En sus Memorías del Alborada. Confieso que he vivido el gran poeta y comunista chileno Pablo Neruda, escribía, después de un viaje a la China comunista, que se había pasado la vida defendiendo a países en los cuales no podía vivir. Regreso de un seminario hispano-marroquí en Tánger con la sensación de que periodistas e intelectuales nos pasamos la vida criticando a países en los que sí podríamos vivir. Después de esas jornadas sobre asuntos varios de familia, que es lo que terminan siendo todos los coloquios hispano-marroquíes sea cual sea la temática que los convoca, he comprendido que tanto ellos como nosotros tenemos la sensación de estar viviendo un final de época.   Más aún, creo que el final de época de los marroquíes se declina en positivo porque existen aspectos de la forma en que son gobernados que pueden mejorar y nuevas libertades que pueden conquistar, mientras que el nuestro lo presiento en negativo porque hay logros sociales que van a desaparecer, y un bienestar que se marchará para no volver.  A veces pienso que no estaría mal que alguien nos prestara un dictador contra el que poder y saber luchar porque de momento no se me ocurre como se puede movilizar a nadie contra los edge funds, origen de nuestra crisis actual, contra los múltiples fraudes inocentes de que ya escribiera J.K. Galbraith o contra las estafas legales que es como el economista francés francés Jacques Attali calificó a la gran crisis que estamos padeciendo desde 2008. Por eso, lo único que se me ocurre es recomendar la lectura del libro de Jeremy Rifkin, The European Dream, que puede ilustrarnos sobre la que se nos viene encima, ese sueño americano que para algunos europeos puede convertirse en pesadilla. En el describe, magistralmente a mi entender, ese sueño americano del hombre libre, conquistador y emprendedor, que se basta a sí mismo y que solo concibe su existencia en el marco de su propia individualidad. Lo contrapone al sueño europeo en que el individuo busca la protección de la colectividad y del Estado, en que sueña más con trabajar para el gobierno y para otros, y que por ese motivo es menos inclinado a contraer riesgos y busca más la seguridad. Confieso que es muy difícil ver a la revolución en acción en Marruecos; que fuera de las grandes aglomeraciones urbanas puede que sea más difícil aún imaginar, dada la omnipresencia y omnipotencia del poder central, que nadie pueda rebelarse contra su condición. Como me parece inmoral recurrir a lo que me dijo el taxista o el botones del hotel donde me alojé, me limitó a especular sobre lo que menos riesgo tiene de que nos equivoquemos: la historia. La de regímenes que, como el marroquí, acumula cuatro siglos u once siglos de existencia según a partir de cuándo se empiece a contar, y que en definitiva están arropados por una cultura religioso/política en que la modernidad, la democracia, sólo puede proceder, como en el pasado en el llamado Occidente o mundo supuestamente cristiano, de una reacción contra la cultura/ideología de referencia, o de su actualización. Presiento que los marroquíes se pueden liberar de las formas más execrables de un régimen autoritario y en la historia de Marruecos con frecuencia cruel con los más humildes; que tal vez logren acabar con las mordidas de unos representantes de la autoridad a los que históricamente el Califa o el Sultán no pagaba porque se daba por supuesto que la función remuneraba al cargo. Es posible que puedan llegar a ser más libres aunque aún sigan mirando a todos lados antes de hacer un comentario sensible, y sería el cúmulo de la felicidad que el rey, que según dicen ganó el año pasado 1200 millones de dólares solo con su agencia de inversiones, haga de vez en cuando lo que ahora al parecer ha dicho que hará el periódico que se publica en Londres, Al Quds al Arabi: dedicar ese dinero a obras sociales. Al fin y al cabo, he ahí un ejemplo de a lo que se podrían dedicar las indemnizaciones millonarias que siguen cobrando todos aquellos que con su incompetencia o avaricia han colocado a la humanidad entera en la situación precaria en que estamos. Mientras tanto el Madrid-Barsa del domingo pasado rompió, según constaté, todos los esquemas que en el alejamiento intelectual no dejamos de repetir sobre lo poco que nos conocemos, lo mucho que nos maltratamos, y la poca voluntad que ponemos en entendernos. Nuestros gobiernos, políticos e intelectuales, españoles y marroquíes, han llegado a parecerme ingenieros de camino por lo mucho que se refieren a los puentes que hay que construir entre nosotros, como si no nos acercaran catorce siglos de una promiscuidad humana que ha tenido sus guerras, sus grandes momentos de creación cultural, sus roces y fricciones, pero que no deja de ser promiscuidad.  Que nadie se engañe, Messi y Ronaldo, por citar solo a dos emblemáticos del futbol español, son tan conocidos en Marruecos como en España, los marroquíes son del Barcelona o del Madrid o de cualquier otro equipo con la misma pasión que la hinchada española. Por las noches después de un partido son tan capaces como nosotros de ensordecer a toda una ciudad con el claxon de sus automóviles. Eso sí, también en el futbol tenemos una deuda de memoria con ellos y deberíamos recordar que en su tiempo dieron dos grandes internacionales a la liga española: Ben Barek y el mago del balón, Chicha. Pero eran otros tiempos y aquellos dos grandes futbolistas marroquíes tenían que vender pollos o trabajar en un comercio para subsistir. * Domingo del Pino es especialista en el mundo árabe, ex delegado de la Agencia EFE en Marruecos, ex corresponsal de El País para el Norte de Africa, fue miembro de la Euro Med and the Media Task Force de la Comisión Europea y, actualmente, es miembro del consejo editorial de la revista bilingüe Afkar/ideas; colaborador de Política Exterior y Economía Exterior; de la Revista Española de Defensa; y director del Aula de Cooperación Internacional de la Fundación Andaluza de Prensa.
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