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Un poeta veneciano en Santa Cruz

Un poeta veneciano en Santa Cruz

Poeta, traductor, filólogo y editor, Claudio Cinti (Venecia, 1959) visita Bolivia una vez más. En dos o tres ocasiones viajó por La Paz y Cochabamba de la mano de sus amigos chucutas y cochalas. Quedó impactado por la fría belleza del altiplano, la exuberancia de Yungas y la amable templanza del valle cochabambino. De esa experiencia nacieron sus inspirados poemas Tiwanaku, Illimani, Salar de Uyuni, Totora y Camino a los Yungas, registrados en su libro Ipapecuana (Venezia, Sinopia Libri, 2004). Cuando lo conocí, en Madrid, pensé que Claudio era un boliviano de las vegas chuquisaqueñas, tan famosas por sus viñedos de Camargo y Cinti, pero no. Era un italiano de pura cepa, un fino y excelente poeta bilingüe que escribía con soltura versos en italiano y español. Teníamos amigos comunes como el ensayista Luis ‘Cachín’ Antezana y los poetas Eduardo Mitre y Jesús Urzagasti. Le pregunté de dónde nacía su interés y su amor por Bolivia. “Por gratitud”, me respondió, sorprendiéndome. “Atacado por una fuerte depresión –prosiguió– estuve al borde del suicidio. Entonces, recibí la llamada providencial de unos amigos italianos con los cuales viajé a La Paz y quedé hechizado de tu país que amo”. Este poeta, ganador del prestigioso Premio Internacional Pasolini 2005, es además promotor, en Italia, de una empresa romántica llamada Sinopia Libri, que ha editado artesanalmente ediciones bilingües de escritores bolivianos. Integran su fondo editorial los escritores bolivianos Ricardo Jaimes Freyre, Oscar Cerruto, Jaime Sáenz, Luis H. Antezana, Eduardo Mitre, Jesús Urzagasti, Cé Mendizábal y yo. Trabaja y vive en Venecia, y dedica su tiempo libre a traducir y divulgar la literatura boliviana, “por gratitud, porque Bolivia me devolvió las ganas de vivir”, según sus propias palabras. Hoy, con ocasión de la XII Feria Internacional del Libro que se inaugurará el jueves 2 de junio, Claudio Cinti está entre nosotros. Visita Santa Cruz por primera vez y es de esperar que no sea la última. Ojalá que la proverbial hospitalidad cruceña, unida al interés que suscitará su obra editorial y poética, le abra muchas puertas y promueva nuevas amistades en esta otra Bolivia entrañable que él no conoce todavía y que yo tanto insistí en que conociera. Cuando Sinopia Libri me invitó a presentar en Italia mi libro Reflexiones maquiavélicas, Claudio fue un cicerone excepcional. Recorrimos juntos Padua, Florencia y Roma. Gracias a él conocí los secretos más recónditos de la República Serenísima, la de Vivaldi y Casanova, la de mi maestro de dibujo Hugo Pratt, la de la Isla de los Muertos y el Lido de los festivales cinematográficos y la Venecia entrañable del Barrio Judío con sus callejuelas laberínticas y sus gatos misteriosos, esa Venecia cantada por Pound y vislumbrada en mi juventud, gracias a la lectura de un poema que escribiera Ricardo Jaimes Freyre, en 1920: “En la plaza de San Marcos encontré a la Marietina; / junto a un grupo de palomas su silueta, leve y fina, / se trazaba sobre el fondo de la iglesia bizantina…” ¡Bienvenido, Claudio Cinti! //Riberalta, 27/05/2011. * Escritor    
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