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Los meses negros

Tras unas elecciones municipales con derrota abrumadora, provocada principalmente por una fobia popular antizapateril, el sanedrín socialista no ha encontrado mejor fórmula para encarar su oscuro futuro que encomendar su destino a quien es, desde hace meses, el vicetodo del actual gobierno. El vicepresidente Rubalcaba afirmó que comparte “todas y cada una de las decisiones del gobierno Zapatero en los últimos años.” Tan incondicional y simple identificación supone que los socialistas no han tenido en cuenta para nada el mensaje de las urnas. Sin congreso, sin revisionismo, rectificación o confrontación alguna, es natural que el presidente Zapatero no se considere obligado a adelantar elecciones generales ni a mover otro dedo que el de una designación preconizada por la anterior entrega de poderes a su segundo de abordo, entre cuyos méritos no está ninguno relacionado con la salida de una crisis socioeconómica que es la clave de la desconfianza nacional e internacional en un gobierno agotado. La extravagante cultura política del por varios meses aún presidente no le permite entender que su prerrogativa de convocar elecciones no es una facultad negativa sino un instrumento útil para regenerar una situación agónica para él, para su partido y para España. Nos condena a unos meses negros en los que carece de credibilidad y de margen de maniobra para actuar en ninguna dirección eficaz como no sea perder el tiempo con iniciativas estúpidas como el proyecto de igualdad de trato de Leire Pajín. Y estos meses negros, sean cinco o sean diez, de prórroga estéril es la pesada carga que regala a su pareja de hecho, corresponsable y condicionado por tan tétrico enlace. La herencia de Zapatero recae, sin derecho a inventario, sobre un político de larga trayectoria que, a su vez, no está en el momento más brillante de sus competencias específicas como ministro de Interior. La entrada en las instituciones vascas de los vecinos de Herri Batasuna y la ocupación de espacios ciudadanos por los esperpentos de la democracia “camp”, incluso en horas legalmente prohibidas de vísperas electorales, son circunstancias cuyas consecuencias, aún por medir, en nada prestigian al responsable del orden público. La bicefalia Zapatero-Rubalcaba durante los que van a ser unos insoportables meses negros es, quizá, el máximo error de todos los cometidos por un político que los españoles están deseando olvidar. Lo sorprendente es que un químico profesional, como Rubalcaba, no haya detectado el veneno que le han servido en la copa sucesoria y se lo haya bebido de un trago, sin ningún antídoto presuntamente eficaz.
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