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Robert Gates, la OTAN y las primaveras árabes

Robert Gates, la OTAN y las primaveras árabes

El Secretario de Defensa norteamericano Robert Gates le ha dispensado ayer un notable rapapolvo a Europa por lo que parece entender que es un insuficiente compromiso financiero, militar e incluso social de Europa y los europeos con la OTAN. No es la primera vez que Estados Unidos se queja por el mismo motivo en los últimos años pero es la primera que lo hace públicamente y en un tono irritado que esconde mal una advertencia. “Si las tendencias actuales al declinar de las capacidades europeas no se detienen e invierten, los futuros líderes políticos de Estados Unidos, aquellos que no se han formado en a experiencia de la guerra fría como yo,  podrían llegar a considerar que el retorno de la inversión de América en la OTAN no valga la pena”, dijo Gates en Bruselas a un auditorio de altos oficiales, embajadores y funcionarios europeos. Para un hombre al que le queda menos de un mes en el cargo he ahí una despedida que seguramente no dejara de reabrir el debate en la opinión pública europea sobre la pertinencia de invertir en gasto militar y no en cooperación al desarrollo por ejemplo, como garantía de seguridad. Todo ello en un ciclo de crisis económica como ésta en la que nos encontramos y en la que los gobiernos, el  Norteamericano el primero, están compensando al capital rentista causante de la crisis que no siempre invirtió sabiamente,  a expensas de todos, como escribía ayer el premio nobel de economía Paul Krugman en el New York Times. Las primaveras árabes y las que también se extienden por algunos países europeos como España, a la que el mismo New York Times ayer mencionaba junto con Alemania como dos países a los que no le falta capacidad para involucrarse más en Libia pero no lo hacen por estar en desacuerdo políticamente con los ataques aéreos, vienen a punto para sugerir subliminalmente que el trillón de dólares que Estados Unidos gastó en la guerra de Irak y lo poco o lo mucho que Europa haya podido gastar en la cooperación que proporcionó no solo en Irak, sino ahora en Afganistán y Libia, y en las demás misiones a que ha sido requerida en las últimas dos o tres décadas, no ha proporcionado más seguridad o al menos una seguridad equivalente a lo que ha costado ese esfuerzo militar. Todos los regímenes árabes se encuentran desestabilizados o en proceso de serlo por unas revueltas que aunque en realidad hacen caer a los dictadores y a los autócratas de turno, abren simultáneamente un proceso global de incertidumbre que muestra a su vez lo irrelevante que ha sido la enorme inversión militar para que los gobiernos mejoren  las condiciones de vida de los pueblos, o para  favorecer el respeto de los derechos humanos y el buen gobierno. Aparte de que la economía  y la industria Europa no está orientada para que las guerras mismas le compensen por el esfuerzo que las guerras exigen, me parece no ofrecer duda que la pertenencia de Europa a la OTAN ha supuesto por un lado, como dicen siempre los americanos, sesenta años de seguridad para Europa, pero al mismo  tiempo formar parte de una organización que no goza de ninguna simpatía entre los pueblos árabes e islámicos a los cuales ha dedicado lo principal de su atención  después del  periodo que hemos llamado de guerra fría. Eso ha incluido a Europa y a los europeos dentro de la hostilidad global que el mundo árabe e islámico sentía por Estados Unidos, principalmente a causa del conflicto árabe-israelí, y ahora siente globalmente por el mundo occidental. Los traumatismos que el colonialismo europeo habían causado a sus relaciones con los países que lograron independizarse en la década de los años cincuenta y sesenta, habían comenzado a ser superados en la década de los años setenta y ochenta. Las políticas mediterráneas de la Unión Europea, pese a sus numerosas deficiencias, habían logrado crear una dinámica nueva Norte-Sur y su última política de Nueva Vecindad, o de relación a la carta,  no había dejado de asociar el progreso de la relación del sur con Europa con el progreso en cambios democráticos en el Sur. Un país de ese Sur, Marruecos, ha alcanzado un estatuto privilegiado en su relación con la Unión Europea  y aunque pueda parecer tópico por la fuerza que está adquiriendo en Marruecos la revuelta, que es mucho más compleja que la búsqueda simple de democracia y derechos humanos, lo  cierto es que esa política, que los americanos llaman un tanto despectivamente soft-power, parece más positiva a pesar de la exasperante lentitud con que se aplican reformas que causar a un país como Irak cien mil o doscientos mil muertos y destruirle lo esencial de su infraestructura económica. No soy lo que la derecha llama despectivamente un pacifista, ni lo que con el mismo desprecio la izquierda califica de militarista. Simplemente creo que la guerra es la única actividad humana de la que conscientemente resulta destrucción y  muerte para seres humanos inocentes y para combatientes. Por eso creo que los países deben invertir en defensa y estar preparados para cualquier contingencia que les amenace individualmente o al colectivo de países a que pertenece, pero pienso que la guerra debe ser el último recurso y no el primero. Más aún, creo que las guerras deben ser nuestras guerras, las que nos sea necesario emprender porque exista una amenaza directa     que anular. Este siglo XXI ya nos ha dado muchos y serios  motivos para reflexionar. Ahora tenemos otro más que viene siendo urgente desde hace décadas: acabar de una vez por todas de elaborar una política exterior europea común y otra política europea de seguridad y defensa común. .
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