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Urgencia de las elecciones generales

Urgencia de las elecciones generales

Los latidos de la inquietud empresarial suenan con intensidad creciente, en prácticamente todas las Comunidades Autónomas del Estado y agudizan, como es natural, la inquietud de los trabajadores por el horizonte del empleo. Que el Gobierno, en lo que a la economía se refiere, no sale de su sorprendente y ya demasiado larga parálisis, es evidente, pero la inquietud se agudiza por el hecho, aún más extraño, de que, en circunstancias tan graves como las actuales, la oposición no parezca decidida a plantear y ofrecer un programa económico alternativo y recabar para el mismo, previo debate y acuerdo sobre sus contenidos, el apoyo parlamentario de las fuerzas políticas de las distintas nacionalidades del Estado. Ya se sabe que es inútil pedírselo a Rodríguez Zapatero, pero ¿a qué espera Mariano Rajoy para reunirse con los dirigentes empresariales y sindicales y proponerles el diseño conjunto de un ambicioso plan económico de emergencia, que pueda más adelante ser llevado a las Cortes por un bloque de partidos del arco parlamentario e impuesto en la Cámara al Gobierno para hacerle salir de su actual pasividad? En los países europeos de nuestro entorno nadie entiende el actual “laissez faire, laissez passer” económico de un país de la importancia objetiva y las muy serias capacidades de España. Esto no hubiera sucedido con Adolfo Suárez, ni con Leopoldo Calvo-Sotelo, ni con Felipe González, ni con José María Aznar, y es por tanto responsabilidad muy personal de Rodríguez Zapatero y su rara “corte de los milagros”, pero tampoco aquellos líderes lo hubieran permitido desde la oposición, y esa es responsabilidad de Mariano Rajoy, que no puede ni debe permanecer pasivo ante la incompetencia y la inactividad del Gobierno de Rodríguez Zapatero, porque al líder de la oposición corresponde tomar la iniciativa de promover una amplia respuesta transversal contra la falta de cumplimiento de las obligaciones del Gobierno y convocar a un consenso amplio para plantear y sacar políticamente adelante respuestas y soluciones a la grave y cada vez más profunda crisis económica que padecemos. Para decirlo con toda claridad, ha llegado el momento en el que, ya que el presidente del Gobierno, con palmaria dejación de sus responsabilidades, no lo hace, el jefe de la oposición puede y debiera hacer una convocatoria transversal a la fuerzas políticas para estudiar conjuntamente la situación y consensuar un plan de medidas de choque para afrontar y superar la gravísima crisis económica que atraviesa el país. La ciudadanía debe ser consciente de que el nuestro no es un país como Irlanda o Grecia, ni siquiera como Portugal, sino una de las grandes naciones de Europa y una economía que pasa por el peor momento pero que tiene enormes potencialidades que pueden ser activadas desde el consenso. Cualquier cosa menos permanecer en esta rara e irresponsable situación de “verlas venir”. Vivimos además una de esas ocasiones que, bien gestionadas, podrían dar la medida de las extraordinarias potencialidades del modelo autonómico de Estado con el que constitucionalmente nos dotamos en la transición. Cualquier cosa, menos permanecer sentados viendo como la economía española se deteriora y derrumba, se extiende el paro, se multiplican los cierres de empresas y crece el número de familias cercanas al pánico. Como ya lo fue, con extraordinario éxito de resultados, en los tiempos del inolvidable Adolfo Suárez, vuelve a ser la hora de un gran consenso nacional, porque para salvarnos tenemos que ser capaces, una vez más, de trabajar todos juntos. Cierto que esto parece difícil mientras Rodríguez Zapatero siga en La Moncloa, pero se multiplican las señales de que el propio PSOE ha cobrado conciencia de esta realidad y de la urgencia por tanto de un cambio en su cúpula. Fue el admirable “viejo profesor” socialista, líder del PSP, Enrique Tierno Galván, quien muchos años atrás, en ocasión no tan grave como la actual pero de serias inquietudes para la economía española, advirtió que el objetivo fundamental de la acción política no podía ser otro que el de “vivir todos juntos, vivir todos libres… y a ser posible, vivir todos bien”. Pedirle a Rodríguez Zapatero que entienda esto sería ciertamente pedirle peras al olmo, pero el PSOE es mucho más que Rodríguez Zapatero y a sus dirigentes corresponde tomar las iniciativas y las decisiones que la dramática hora del país requiere, y hacerlo con o contra la voluntad de quien coyunturalmente lo dirige. Lo que opinan los ciudadanos ya se ha visto en las recientes elecciones municipales y autonómicas, y ningún investigador demoscópico duda que esa opinión se acentuará en las elecciones generales. Y al mismo tiempo, el líder de la oposición, Mariano Rajoy, tiene la obligación, sin más dilaciones, de diseñar y ofrecer al país una alternativa seria y creíble de lucha contra la crisis económica.   Sucederá lo que tenga que suceder, pero los españoles merecen que su clase política, estatal y autonómica, diseñe y ofrezca una alternativa seria y practicable, deseablemente consensuada y transversal, para salir de estos años terribles de Rodríguez Zapatero y volver a la senda del crecimiento económico y el progreso. Creo firmemente que incluso el en su día diseñador del entonces llamado “fenómeno ZP”, esto es, el gallego José Blanco, es ya consciente del terrible error cometido y de la necesidad, para España y para el PSOE, de salir del mismo. Es pues una de esas ocasiones para el ejercicio de los grandes consensos transversales que tanto éxito y prosperidad nos dieron en un pasado no lejano. Alguien deberá tomar la iniciativa, porque cualquier salida es mejor que prolongar esta tremenda agonía de un país cuyos ciudadanos merecen sin duda mejores perspectivas, y lo más importante, un país que reúne condiciones y recursos para, bajo una dirección creíble y responsable, orientarse con rapidez hacia esas mejores perspectivas. España, esto es, los españoles, necesitamos un nuevo liderazgo político, creíble y responsable –esto es, con las dos condiciones de las que manifiestamente carece el Gobierno actual–, de izquierdas o de derechas (que esto es muy secundario) según sea la voluntad de los ciudadanos. En definitiva, al final del final, para escribirlo con toda claridad, necesitamos elecciones generales, ya. Mejor un mes antes que un mes después, porque la crisis económica no concede prórrogas.
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