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15-M: Cambiar requiere algo más que acampadas y manifestaciones

15-M: Cambiar requiere algo más que acampadas y manifestaciones

En esta misma columna escribí hace un par de semanas que me sentía solidario de los jóvenes del 15-M; que las reivindicaciones y denuncias que ellos expusieron me parecían razonables. Mi solidaridad se extiende a lo que en filigrana en un principio pero ahora con toda claridad, aparece como trasfondo de las protestas en España, en Europa, y en el mundo árabe aunque estas últimas tengan motivos adicionales: que la crisis no la paguen quienes no la han ocasionado, que los responsables de ella no sean además recompensados por su avaricia, y que quienes se han beneficiado de las carencias legales existentes no sigan siendo premiados por sus fraudes. La lección de medio año de revueltas árabes y un par de meses de acampadas en España es clara: es mucho más fácil combatir contra una dictadura nacional que desde dentro de unas democracias globalizadas. La sociedad percibe con facilidad a las dictaduras y a las clases sociales, económicas y políticas que las apoyan. Gracias a ello los jóvenes árabes van a lograr algunas pocas reformas y han conseguido ya derribar a dos dictadores. Pero en las democracias globalizadas quién gobierna: ¿los gobiernos nacionales y autonómicos; la Comisión Europea y su ejército de burócratas; la OTAN y sus misiones presuntamente humanitarias; el G-20 y sus bancos, el G-8 y el capital financiero; Wall Street y su bolsa? Los jóvenes indignados de España y los de cualquier otro país europeo y árabe tendrán que globalizar también las protestas porque aquello por lo que se rebelan no es solo responsabilidad del gobierno o de la oposición española. Si no combaten contra las causas globales de la crisis y el creciente intervencionismo militar que distrae de los verdaderos problemas de la gente común, podrán en el mejor de los casos lograr que éste gobierno o el que siga posponga algunas de las reformas que el sistema global exige, pero no habrán resuelto el problema que es el sistema mismo. La dificultad estriba en que al mismo tiempo que se protesta para evitar ser laminados por los poderes globales, es necesario encontrar una alternativa. Hoy los dos sistemas que han gobernado en el mundo después de la primera y la segunda guerra mundial, el comunismo formalmente desaparecido  en 1989 y el liberalismo y capitalismo que conocimos en el siglo pasado, han dejado paso a un nuevo sistema universal, financiero, especulativo, incontrolable sobre todo si no se le quiere controlar, que ha ideado muchas formas de enriquecimiento virtual que no es la empresa y la creación de riqueza, de trabajo y de bienestar general que creíamos que sustituiría al comunismo. Aunque me parece sintomático de la gravedad de las crisis por la que atraviesa el mundo y España en particular que las protestas no se agoten y que cada vez resurjan con nuevo vigor como hoy día 19 de Junio,  creo que a medio plazo no se podrá continuar de acampada en acampada o de manifestación en manifestación aunque éstas de alguna forma plebisciten lo que decían los jóvenes frente al  Parlamento catalán: Nadie nos representa. Vivimos en una democracia, imperfecta en donde la mayor imperfección puede que sea la condición humana, pero democracia al fin y al cabo. No estamos en tiempos del parlamento de papel de la antigua Codorniz, ni de los parlamentos de la calle como ocurrió durante años en España, Marruecos y en otros países europeos y árabes. Si un parlamento no representa a los ciudadanos, lo que está en entredicho no es la institución sino los parlamentarios. Si el sistema político y las leyes electorales,  por ejemplo, no permiten reformar el sistema ni elegir a quienes nos parezcan mejores para gobernar,  hay  que reformar el sistema político y cambiar las leyes electorales. Si nos parece que los partidos políticos o los sindicatos incumplen su función, toda la energía y la vitalidad que vemos en la calle debería  ser aplicada a reformar al sistema de partidos y a los sindicatos desde dentro. En tiempos de Hassán II de Marruecos los jóvenes, los políticos y los universitarios, llegaron a sostener que el  Parlamento marroquí se había convertido en una institución marginal porque la mayoría de las propuestas legislativas se originaban en las protestas y manifestaciones callejeras. Veinte o treinta años después no podemos vivir en España de esa forma.  Si los jóvenes quieren reformar el sistema político español y creo que esa aspiración la comparte la mayoría de los españoles, que ingresen masivamente en los partidos y en los sindicatos y traten de reformarlos  desde dentro,  o que creen otros nuevos. No vendría mal contar con aire fresco en la rutinaria y anquilosada vida política española. A lo que no podemos regresar es a la Comuna de Paris aunque muchas de las decisiones que los gobiernos democráticos deben tomar, que no han formado parte de ningún programa electoral por el cual se les haya elegido, puedan y deban ser plebiscitadas o refrendadas puntualmente.
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