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La ‘revolución’ que Rajoy no hará (¿o sí?)

La ‘revolución’ que Rajoy no hará (¿o sí?)

Lo dice todo el mundo: este cronista lo escucha en los pasillos parlamentarios, en los desayunos político-empresariales, en los actos de toma de posesión de algunos alcaldes y de algún/a presidente/a autonómico/a, en cenáculos y mentideros y, desde luego, en la calle. Las cosas no pueden seguir así, es lo que todos casi gritan. Los representantes de los españoles actúan como si todo fuese a seguir igual y, me dicen, los máximos líderes preparan sus discursos para el debate del estado de la nación de acuerdo con los mismos moldes de años anteriores. Como si nada hubiera, en el fondo, experimentado un terremoto. Y, sin embargo, las cosas se han acelerado notablemente. Tome usted, por ejemplo, la sesión parlamentaria del pasado miércoles, que mostró la extrema debilidad de un Gobierno que depende, para no anticipar elecciones, de las concesiones a los nacionalistas. Fue todo un aldabonazo para los que aún no se hayan querido enterar: una negociación, la del Gobierno con los grupos catalán y vasco, a la desesperada, de esas que muestran la bisoñez de una parte (curiosamente, la del Gobierno central, en el que Rubalcaba ha de atender a tantos frentes que casi no puede concentrarse en ninguno) y el colmillo, largamente  retorcido, de la otra. Todo ello, mientras los ecos de los ‘indignados’ aún resonaban en la carrera de San Jerónimo. Y mientras Zapatero preparaba su viaje al Consejo Europeo para pasar un examen -sí, porque no solamente se está examinando a Grecia-, que es el gran motivo por el que la reforma laboral ha tenido que acelerarse en su inicial tramitación parlamentaria: ¿qué hubiera ocurrido si el Congreso no hubiera admitido la entrada de la reforma de la negociación colectiva para su tramitación? Pues que, falto de pretextos para proseguir la Legislatura, Zapatero hubiera tenido que disolver las cámaras y convocar elecciones anticipadas, presentándose en Bruselas con las manos vacías. Menudo ‘marrón’... Ahora le quedan tres ‘marrones’ más antes de marcharse, si es que le es posible, de vacaciones. Primero, el debate sobre el estado de la nación. Rajoy va sugiriendo que en su intervención, que ya está preparando, no habrá sorpresas: insistirá en más de lo mismo, que no repito por archisabido. Zapatero tampoco sacará, dicen, conejos de la chistera, porque eso quiere reservárselo a Rubalcaba, que también prepara su intervención estelar del 9 de julio, cuando será proclamado candidato a La Moncloa. Así que, si nos atenemos a los primeros indicios, el debate ‘estelar’ en el Congreso promete ser un considerable tostón y, además, poco útil. El segundo ‘marrón’ se deriva de todo lo dicho: es la preparación de los Presupuestos para 2012. Me consta que se trabaja sobre un esquema clásico, contemplando posibles nuevas contrapartidas a los nacionalistas a cambio de su apoyo o, al menos, de su no beligerancia, que es lo que evitaría nuevamente disolver las cámaras con antelación. Me dicen que el borrador, con todos los recortes que usted quiera, es básicamente más de lo mismo, vamos. Y hay que reconocer que, por ejemplo, la vicepresidenta económica, en el terreno que le marcan y en el casillero de lo posible, está ejerciendo un papel más que digno: puede que su firmeza, flexible a la hora de negociar, saque adelante los PGE’2012. Sin embargo, crecen los decibelios de las voces que reclaman un planteamiento radicalmente nuevo: una reestructuración de los órganos de la Administración -¿para qué sirven ahora las diputaciones provinciales, por ejemplo?-, del funcionamiento de las autonomías, del propio esquema del Gobierno central... Un plan, en suma, demasiado revolucionario, que tal vez incluyese retoques futuros en la Constitución, y para el que, de cara al próximo debate presupuestario, obviamente ya no queda tiempo. Así que habrá que afrontarlo inmediatamente después el ganador de las elecciones de.. ¿marzo? Pero ¿se atreverá Mariano Rajoy, el más probable próximo inquilino de La Moncloa, a plantear a la sociedad española, a los demás grupos parlamentarios, este plan revolucionario? ¿Pide adelantamiento de elecciones -yo creo que con la boca pequeña: no le conviene- para poner en marcha un mero proyecto cosmético, de mínimos recortes presupuestarios, pero no las enormes iniciativas que reclama esa nueva era en la calle y en los despachos? En otras palabras: ¿bastará un futuro Gobierno meramente reformista -el actual, ya lo sabemos, está casi inmovilizado- para hacer frente a la insatisfacción de la ciudadanía, a los retos de un futuro que, desde luego, no tiene precedentes? Angustia pensar que esas preguntas puedan no tener respuestas convincentes.
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