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¿Se plantea un nuevo contrato social?

¿Se plantea un nuevo contrato social?

En varios círculos se ha comenzado a discutir acerca de si el malestar social provocado por la crisis económica que ha acabado incluyendo la crítica al sistema político, no estará reflejando algo más profundo: el procesamiento de un nuevo contrato social. Incluso se plantea si el 15-M podría ser la punta de iceberg de algo más profundo que estaría cociéndose en las entrañas de la sociedad. Fernando Vallespín formulaba el hipotético surgimiento del nuevo pacto social cómo: “Algo similar a lo que en su día su día fuera el pacto social-democrático, que tras los destrozos que le infligiera la globalización de la economía y la ideología neoliberal, vaga a la deriva a la espera de algo que lo sustituya y lo ponga al día”. Lo primero que es necesario señalar es que Vallespín debería decidirse: no es en absoluto lo mismo sustituir algo (el pacto social-democrático) que ponerlo al día. Precisamente en eso consiste también la discusión sobre nuestro sistema político: no es lo mismo tratar de sustituir la democracia representativa que buscar cómo mejorarla y profundizarla, usando instrumentos de participación directa. La perspectiva de actuación es claramente distinta, sobre todo vista desde los actores políticos y sociales. Pero antes de examinar el factor volitivo, conviene detenerse en el examen de los procesos más estructurales y societarios. Y para ello se necesita tener en cuenta los antecedentes inmediatos. El contrato social correspondiente al desarrollo del Estado de Bienestar se basaba en un proceso estable de redistribución de la riqueza, impulsado y cautelado del Estado, a partir de una relación entre capital y trabajo en términos de una negociación ganar-ganar. A partir de ese escenario, se planteó un aumento radical de expectativas en torno a los proyectos colectivos de control del desarrollo futuro. Esa perspectiva halagüeña creció quizás exageradamente. Primero el impacto de la crisis del petróleo (y de la deuda) de mediados de los setenta y luego el inicio de un verdadero salto tecnológico y de la mundialización, trastocaron las bases del modelo productivo existente. Pronto fue evidente que se trataba de un proceso complejo y, sobre todo, global, que suponía mucho más que una crisis económica. Unos la denominaron globalización y otros, más acuciosos, hablaron de cambio de época. La cuestión es que supuso un enorme desconcierto entre la izquierda democrática europea y el progresismo norteamericano. Pero desde la acera opuesta, la nueva derecha saludó efusivamente el proceso y le dio una orientación política consecuente: eso que se ha conocido como la perspectiva neoliberal. Desde esta, el culpable de la crisis era precisamente el Estado de Bienestar que impedía el libre funcionamiento de los mercados. Así, desde los años ochenta (en España con retraso) se impuso una lógica mercantil de ordenamiento de la sociedad, donde el individualismo sustituía radicalmente los proyectos colectivos. Sin embargo, con el cambio de siglo ya se hizo evidente que, como dijo Naciones Unidas, era necesario el retorno de lo público. Ahora bien, este retorno ya no podía hacerse en los mismos términos, sobre todo porque era imposible revertir la globalización. Pero entonces ¿cómo hacer para recuperar el Estado de Bienestar cuando las pulsiones profundas de la economía se encuentran en un espacio global? Ese asunto planteaba la necesidad de una gobernanza mundial, de muy difícil concreción. La solución intermedia se ha buscado en la regionalización. Pero hoy sabemos con bastante pesar que eso no es suficiente. Incluso antes de la crisis financiera mundial, ya la globalización tendía a desagregar la población activa en las sociedades avanzadas entre ganadores de la globalización (gente que trabaja tendencialmente ante una pantalla de computación) y perdedores de la misma, que se enfrentaba a la encrucijada de lograr un difícil reciclaje o depender de la asistencia pública. Claro, siempre se podía jugar de farol, endeudándose colectivamente hasta las cejas. Pero cuando pincha la burbuja, los perdedores de la globalización se sumen en la miseria y algunos ganadores comienzan a verla complicada. Es cierto que el cambio de época ha transformado nuestras vidas (sobre todo, en cuanto al salto tecnológico, la relación entre computación y comunicación), pero el contrato social sigue teniendo como disyuntiva la sociedad insolidaria o la cohesión social. Y esta última tiene como base fundamental el Estado de Bienestar. No es extraño que hasta los movimientos alternativos, planteen su recuperación. Por esa razón, me parece mucho más plausible una reforma del contrato social-democrático que su completa sustitución. El verdadero problema refiere a que su estabilidad depende en una medida considerable de la economía global y de su control por parte de una gobernanza mundial. Y esto es condenadamente difícil, entre otras razones porque la competencia entre centros económicos (viejos y emergentes) no facilita la estructuración de esa gobernanza global. Pero ese parece ser el camino que hay que recorrer, tratando de evitar tanto el regreso a la hegemonía mercantil para ordenar la sociedad, como el dejarnos deslumbrar por fabulosos espejismos de organización sociopolítica.
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