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Domingo del Pino Gutiérrez

Cuba: el futuro está en el pasado

Cuba: el futuro está en el pasado

Cincuenta y dos años después de aquel primero de enero de 1959 en La Habana que conmovió a toda América Latina leo hoy en El País, en una nota de Mauricio Vicent, que en Cuba está en marcha una reforma aperturista de la que depende la supervivencia del sistema y que el cáncer de Hugo Chávez puede ponerla en peligro porque Venezuela, el principal socio de Cuba, es la que proporciona a La Habana los fondos que le permitirá costearla. La reforma consiste, según explica Vicent, en que se extiende el trabajo por cuenta propia, en que han aparecido miles de cafeterías y restaurantes privados en los últimos meses, en que se han creado cooperativas de servicios y otros muchos negocios varios y, colmo de la felicidad al parecer, en que los cubanos podrán comprar y vender sus casas y automóviles y presumo que algo más aunque Vicent no lo dice. Pero por Dios y todos los santos, si todo eso existía y en gran escala en 1958 antes de que llegara la revolución. ¿Para volver a 1958 los cubanos han tenido que pasar las calamidades y dramas sin cuento que han pasado en todo ese tiempo? Qué enorme fracaso de la revolución y de la condición humana el de descubrir al cabo de 52 años hay que regresar al pasado para comenzar a construir el futuro. Cuando llegué a Cuba por primera vez a principios de 1963, aunque la libreta de racionamiento ya había sido implantada y el socialismo proclamado casi dos años antes, la iniciativa privada seguía funcionando al menos en el sector de los servicios. Llegué de la mano de Enrique Rodríguez-Loeches, el embajador de Cuba en Rabat, un hombre extraordinario y admirable y uno de esos cientos de miles de cubanos que no se iban de Cuba porque entendían que el país era de ellos y no de los hermanos Castro. Loeches no era comunista, un valor añadido en aquella época, pero podía mirar a todos con orgullo porque él y su movimiento político, el Directorio Revolucionario Estudiantil, habían contribuido a la derrota de Fulgencio Batista, algo que los comunistas de Cuba no habían hecho. Enrique, en particular, había sido uno de los participantes supervivientes del ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957 organizado por el DRE. Cuando yo entré a trabajar en la Embajada de Cuba no conocía casi nada de la revolución que había triunfado en La Habana en 1959 y mis motivaciones políticas eran casi nulas. Fue Enrique el que me hizo pensar que en Cuba se estaba jugando una partida que podía ser importante para todos los pueblos de habla hispana. Pasamos la crisis de los misiles de Octubre de 1962 día y noche pegados literalmente a la radio y soy testigo de que lo que Enrique deseaba era estar en su país para compartir la suerte de su pueblo. Éramos conscientes de que aquella crisis podía desencadenar una guerra nuclear de proporciones insospechadas pero entonces nos parecía que la libertad podía tener incluso ese elevado precio. En los años que estuve en Cuba la revolución o el partido, esa institución mágica y todopoderosa que en toda circunstancia y lugar intenta sustituir incluso la capacidad de pensar del individuo, fue acabando progresivamente con todo lo que funcionaba. Cuando los restaurantes privados fueron nacionalizados, el Partido sostenía, porque así lo había dicho el Cabayo (Fidel Castro), que siempre que una persona trabaja para otra hay explotación del hombre por el hombre y que eso la revolución no lo podía tolerar. Bueno, me dije, al menos me quedan las guaraperas, en donde solo trabaja una persona, y los vendedores ambulantes. A mí un par de ostiones bañados en vino de Málaga, o una fritanga me encantaban y me cortaban el hambre por unas horas. Pero la revolución decretó un día que el ostión y los vendedores ambulantes fomentaban el capitalismo y los nacionalizó de manera tan fulminante que desaparecieron. Después fueron nacionalizados todos los pequeños oficios, incluido el del solitario y familiar zapatero remendón, y se crearon los llamados Consolidados del Calzado, instalados fuera de la capital, donde se perdía el mejor calzado dado a reparar en parte porque era revendido en circuitos paralelos. Así fue como pasó a mejor vida el par de zapatos italianos que había llevado conmigo a Cuba y que al cabo de tres años necesitó reparación. Hoy el estado cubano, como bien señala Vicent, advierte que muchas de las deterioradas prestaciones sociales, principalmente en educación y sanidad, se verán recortadas y que la libreta de racionamiento, lo único que en Cuba aún garantiza un mínimo de calorías a la población, es insostenible. El adelgazamiento del estado supondrá el despido de uno de cada cuatro trabajadores, es decir que casi un millón y medio se verá en la calle y sin empleo en un plazo máximo de tres años. Es verdad que el presente no es nada halagüeño para nadie en ninguna parte, que las primaveras que en un principio eran árabes, se extienden también por la Europa sometida al traumático rescate –un eufemismo de reciente creación- de los países por la UE y el Fondo Monetario,  mientras los pobres son cada vez más pobres y los ricos más ricos. Pero la verdad es que los cubanos no sé cómo van a sobrevivir a las reformas. Por un momento he pensado que lo mejor sería que les invada la OTAN y Estados Unidos como a Libia, pero después he recordado que Cuba no tiene petróleo, ni uranio, ni pescado, y que el azúcar ya casi nadie la quiere porque engorda.
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