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Un acuerdo anunciado: Victoria a la Americana

Un acuerdo anunciado: Victoria a la Americana

Detrás de las declaraciones de angustia y del teatro político de las ultimas semanas, se ocultaba la convicción de que el acuerdo para elevar el limite de la deuda norteamericana era inevitable: Los legisladores habían de llegar a un acuerdo en el último minuto, era algo así como la 'crónica de un acuerdo anunciado': Nadie quiere pasar a la Historia como el primer responsable de convertir al país en un mal pagador, incapaz de atender sus obligaciones financieras. Más aún, debido a la situación especial del dólar en los mercados internacionales, sería el responsable de dejar sin banca al casino financiero mundial y posiblemente de desencadenar otra crisis económica mundial cuando todavía no se ha superado la primera. La fórmula seguida por el Congreso y la Casa Blanca ha sido un calco de lo que habitualmente hacen los norteamericanos para resolver conflictos: no hay un bando ganador y otro perdedor, sino que todos ganan o, como en este caso, todos pueden alegar una victoria. Es la solución conocida aquí, en los Estados Unidos, como 'win-win', que permite a todos retirarse sin tener que admitir una derrota, aún a pesar de haber cedido más terreno del que querían al comenzar las negociaciones. En este caso, pueden cantar victoria tanto el presidente Obama y sus aliados demócratas que controlan el Senado como la mayoría republicana de la Cámara de Representantes, y hasta los extremos de ambos partidos que votaron en contra de la solución lograda en arduas semanas de negociaciones. Ya antes de que el acuerdo pudiera llegar a la mesa del presidente Obama, todos se apresuraban a cantar victoria: La Casa Blanca, por haber conseguido que las diferentes facciones del Congreso llegaran a un compromiso; los republicanos, por haber evitado una subida de impuestos; y los demócratas, por mantener los programas sociales sin recortes importantes. Los votos en las dos cámaras mostraron apoyo bipartidista, con un rechazo de los extremos: tanto del Partido del Te entre los republicanos como de los demócratas más progresistas. Pero también estos sectores pudieron celebrar algo: "Es gracias a nosotros -decían ambos- que hemos podido salvar las prestaciones sociales y nuevas cargas fiscales y si bien nuestro voto ha sido la minoría perdedora, es el que ha salvado al país". Detrás de este escaparate, la realidad es algo diferente. Tal vez la mayor victoria, o al menos la más inmediata, sea la del presidente Obama al evitar un nuevo debate hasta después de la elecciones del 2012, que probablemente son su preocupación principal. En este contexto no importa que haya fracasado como negociador o que no haya logrado una solución real de los problemas del país. Ni siquiera que haya perdido popularidad: todo esto puede quedar olvidado en el curso de la campaña electoral, especialmente si la economía se recupera. El proceso negociador ha resultado indignante para muchos norteamericanos e incomprensible para el resto del mundo, pero es la consecuencia del sistema político de un país con división de poderes, donde el Ejecutivo tiene el mismo peso prácticamente que el Legislativo, que representa a una enorme población poco homogénea y en que todos tienen voz. También ha puesto de relieve las debilidades de su economía, con números que no cuadran y que tal vez acaben obligando a los legisladores a revisar sus posiciones, aunque en realidad nadie sabe si tendrán el valor de hacer lo necesario. También ha demostrado la fortaleza simbólica de la economía norteamericana: A pesar de sus problemas, el dólar sigue siendo la moneda de refugio y el mundo no ha huido hacia otras divisas, ni siquiera con la amenaza de una revisión a la baja del valor del crédito de Estados Unidos. Incluso ha servido para convertir a un ex comunista en un ultraconservador, porque Vladimir Putin parece coincidir con el Partido del Te al acusar a Estados Unidos de ser un "parásito" de la economía mundial, no porque sus impuestos sean insuficientes, sino porque gastan demasiado. El espectáculo hizo recordar la frase de que no es bueno ver ni como se hacen salchichas ni como se hacen las leyes, pero también ha servido para demostrar el valor que los norteamericanos dan a la transparencia, por desagradable que sean las imágenes.
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