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Crítica de la película

'Let´s get lost': Una canción de amor para Chet Baker

'Let´s get lost': Una canción de amor para Chet Baker

jueves 04 de agosto de 2011, 12:04h

Chet Baker es el epítome de la figura de culto, esas que tanto nos atraen, esas en las que biografía y leyenda se enredan entre sí, en las que el continente es tan importante como el contenido. El jazz ha tenido muchas de éstas. Bix Beiderbecke, Lester Young o Bud Powell son algunos ejemplos, claro que ellos no tuvieron a un Bruce Weber filmando su testamento. Y es que 'Let´s get lost' puede considerarse una especie de testamento de Chet, pues tristemente falleció en trágicas circunstancias, tras precipitarse de una habitación de hotel en Amsterdam a los pocos meses de terminar de rodar esta pequeña joya.

Lo particularmente atractivo de 'Let´s get lost' no es tanto lo que cuenta, sino como lo hace. Un maravilloso montaje, unos primeros planos que hablan por sí solos, la utilización de imágenes de archivo o las maravillosas fotografías que abundan a lo largo del documental. La fascinación de la imagen es poderosa tanto en el documental como en el caso de Chet Baker, no en vano su director es un fotógrafo.

Su imagen tipo James Dean, su estilo de vida a lo Jack Kerouac sedujeron a toda una generación tanto como su música. 'Let´s get lost' se ajusta como un guante a su protagonista, es lírica, tiene estilo y llega al alma como la voz y la trompeta de Chet. Y es que su forma de tocar o cantar no destaca por su habilidad o su técnica sino por la tremenda emotividad de sus notas. Una película así sólo puede estar rodada en glorioso blanco y negro, el color del humo de los cigarrillos y la medianoche.

Chet, como decíamos, es más que un músico, es un icono, es un símbolo y es fascinante. El típico ejemplo de figura de culto, en la que la imagen, la biografía o el halo que desprende es casi tan importante como la obra. Un artista que inspira tanto por su vida como por su música, en la que es difícil disociar una de otra. Un ejemplo perfecto es el magnífico artículo de Íñigo Domínguez sobre su estancia en la prisión de Lucca en Italia. Otro es el documental de Bruce Weber que la Filmoteca ha tenido a bien rescatar.

Lo que atrae de 'Let´s get lost' y de Chet Baker es que a todos nos gustan los personajes que sufren, que tienen altibajos y un lado oscuro. Los que lo han tenido todo y lo han perdido, los que, como Ícaro o Chet, vuelan alto y caen. Los que viven al máximo sin pensar en las consecuencias, los que pasean en un descapotable junto a varias bellezas, los que, como Orfeo o Chet, descienden a los infiernos y son capaces de salir gracias al embrujo de su música. Pero, a pesar de todo, 'Let´s get lost' no es un documental hagiográfico, ni mucho menos. Aquí se pueden ver las múltiples caras del personaje y de la persona, muchas de ellas nada agradables.

Es la historia de un atractivo chico de Oklahoma con una tremenda facilidad para la música y una enorme dificultad para relacionarse con los demás. Un músico natural que sin casi esfuerzo llamó la atención de la figura más legendaria del jazz, Charlie Parker, que tras invitarle a tocar con él, telefoneó a Nueva York para advertir a Dizzy y a Miles que había un chico blanco en California que les iba a dar problemas. Claro que esto puede que no ocurriese realmente y no sea más que otra de las leyendas que rodean a Chet, pero ya saben lo que dice John Ford, "en el Oeste, cuando la leyenda supera a la verdad, publicamos la leyenda"

La película va soltando retazos de una vida marcada por las drogas, en la que el famoso incidente en el que perdió todos los dientes delanteros y le tuvo tres años inactivo es visto desde la perspectiva 'noir' de Baker pero también como una más de las manipulaciones del propio Chet para buscar la compasión de la gente. Es el devastador retrato de un yonqui, un manipulador y un mentiroso que se redime a través de la música. Una figura atormentada que sólo encuentra su sitio en el mundo con la música, ya sea escuchándola o interpretándola.

Es muy revelador el comienzo y el final del documental. Una de las primeras imágenes que tenemos de él, nos lo presenta en su época de esplendor en los 50, a bordo de su descapotable durante una nevada, escuchando embelesado en la radio el saxofón de su compañero y amigo Zoot Sims. A ese joven Adonis se le contrapone al final la imagen en primer plano de un rostro al que la vida le ha marcado con todas las cicatrices posibles. Un Dorian Gray improbable, al que su retrato le acompaña en cada momento. Con el mapa de los destrozos de la vida marcado en la cara, un malhumorado Chet se queja de un público más interesado en gritar, sonreír y aplaudir que en la música que está interpretando. Al final consiguen hacerle interpretar un bis. Cariacontecido pide silencio al público porque va a interpretar una de "ésas canciones", aun así roto y deprimido es capaz de erizar la piel del más insensible con una interpretación suicida de 'Almost blue'. Y a pesar de todo lo que has escuchado sobre él durante las dos horas anteriores entiendes eso que se llama fascinación, embrujo, duende, magia o como demonios lo quieras llamar. Porque Chet no canta, acaricia las palabras en un hilo de voz tan delicado que parece que se vaya a romper en cualquier momento.

Puede que Chet no jugase en la misma liga que Louis Armstrong, Dizzy Gillespie, Miles Davis o Clifford Brown, por mencionar únicamente a trompetistas, pero su lírico estilo fue la perfecta banda sonora de Los Ángeles en los años 50. Esa ciudad de estrellas de cine, beatnicks, músicos de jazz y mafiosos, que tan bien retratan los libros de James Ellroy. Es más junto a Stan Getz, Gerry Mulligan y Art Pepper, forma el póker de ases de lo que se vino en llamar West Coast Jazz, un sonido más suave y refinado que el hard bop que practicaban los maestros negros en Nueva York. Claro que la principal influencia de todo el movimiento fue el noneto de Miles Davis que alumbró el "nacimiento del cool", entre los que se encontraban el propio Mulligan o Lee Konitz, que a su vez estuvo muy influido por el sonido del saxofón de Lester Young. Si bien este movimiento fue degenerando hacia música de ascensor, sus principales actores dejaron una huella remarcable.

Entre lo más interesante se encuentra la del cuarteto sin piano de Gerry Mulligan, con Chet Baker a la trompeta. Los amantes de Chet como instrumentista, encontrarán aquí las mejores pruebas de su talento. De entre sus discos en solitario destaca "Chet" grabado en el año 59 con el gran Bill Evans al piano. Es evidente que la aureola de maldito vende y que la figura de Chet Baker es mucho más recordada que la de un Lee Morgan o un Freddie Hubbard, lo cuál es, sin duda, injusto... claro que a ellos nadie les ha dedicado una mirada tan desgarradora como la que proyecta Bruce Weber sobre su admirado Chet en 'Let´s get lost', una canción de amor que, esta vez sí, escribieron para él.
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