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La hora de la verdad

La hora de la verdad

Casi sin darnos cuenta y antes de lo previsto se ha llegado a la confrontación entre dos lógicas políticas: la que parte del hecho de que estamos en una democracia representativa y que, por tanto, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy  son representantes legítimos del pueblo, con capacidad para operar de acuerdo a la normativa vigente, y la lógica de quienes no aceptan los fundamentos de la representación (o los aceptan sólo parcialmente) y quieren sustituirlos por la participación directa. Sostengo que lo ideal habría sido que esa confrontación no hubiera llegado antes de que pudiera ponerse de manifiesto la posibilidad de complementar los mecanismos representativos con elementos de participación directa. Pero la vida a veces se complica y la política no es precisamente el Paseo de la Castellana. Así que antes de que pudiera evidenciarse la posibilidad de esa complementariedad (entre representación y participación) sucedió que la Unión Europea tuvo que comprar deuda española y exigió a cambio un fuerte compromiso con el equilibrio presupuestario, que simbolizó con una reforma constitucional al respecto. Se trató de una exigencia inmediata, que había que resolver a corto plazo. Claro, hubiera sido la oportunidad de oro para convocar un referéndum y permitir la participación directa (y yo creo que hubiera ganado el SI, solicitado por PSOE y PP, aunque fuera ajustadamente). Pero no había ni el tiempo ni las condiciones políticas para hacerlo. El BCE y Angela Merkel querían una prueba inmediata de rigor y compromiso de parte de España, dejando entreabierta la amenaza de la intervención. Así las cosas, y aunque Rubalcaba tenga razón en que pudieran haber sido mejores las formas, no había más remedio que aceptar la necesidad de tomar una decisión en el corto plazo. Pero indudablemente, la decisión de reformar la Constitución sin convocar un referéndum, le iba a otorgar una enorme cantidad de combustible al movimiento de indignados, que ahora tienen un objetivo político movilizador regalado con cinta rosada por la clase política. En otras palabras, se ha producido inopinadamente una confrontación entre la lógica de la representación y la que, por una vía u otra, la rechaza. Mala cueva diría el conejo. Ni Rubalcaba ni muchos ciudadanos deseábamos eso. Pero hay veces que no hay más remedio que elegir entre dos opciones de la realidad, aunque no sean las que más nos gustan. Pues bien, si esa confrontación política es inevitable, ha llegado para muchos demócratas la hora de la verdad: o se acepta que los representantes legítimos del pueblo pueden realizar la reforma constitucional sin referéndum, aunque no nos haga feliz la situación, o nos vamos a las convocatorias del 15-M a reclamar el referéndum (aunque claro siempre queda la opción de mirar para el ciprés). En ese disyuntiva, no tengo duda alguna de qué lado deben ponerse las y los demócratas que aceptan las reglas del juego democrático de la democracia representativa en España. Porque es necesario distinguir los planos: una cosa es que no se esté de acuerdo con la reforma en sí misma, como hacen los sindicatos, y otra cosa es que no se acepte que el juego democrático permite la opción de tramitar la reforma sin acudir al referéndum. Las admoniciones de que esto es una prueba de la partitocracia y de que se están imponiendo decisiones sin contar con el pueblo, no son otra cosa que una forma de rechazar las reglas del juego que nos rigen, a partir de los fundamentos de la representación. No hay imposición alguna si los representantes legítimos del pueblo deciden operar de acuerdo con el imperio vigente de la ley. Afirmar lo contrario es pura y simplemente demagogia. Insisto, es una lástima que esta confrontación se haya dado antes de que pudiera probarse la sinergia resultante de armonizar representación y participación directa. Pero ante el desafortunado choque de lógicas, afirmar la democracia representativa que nos hemos dado es la mejor prueba de madurez democrática. Habrá que ver como sale el país de esta prueba de la verdad.
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