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España, hacia las culturas iberoamericanas

         Cuando pienso en cómo será la cultura en la España de 2020, se me viene al recuerdo el año sabático que pasé en la Universidad de San Diego de California (UCSD). Residía en La Jolla, a 50 kilómetros de México y siempre que podía me escapaba a Tijuana, ciudad peligrosa donde las haya. En cambio, para mí, pasar la frontera era como regresar a la seguridad de lo conocido. Me identificaba con muchos de los estímulos visuales, olfativos, auditivos, con el modo de gesticular que tenemos en la tradición hispana, de acercarnos y tocarnos al conocernos, al saludarnos. Sin serme propio, mucho de ese código era también reconocible por mi código español y como tal, formaba parte de mi propia tradición. Era como estar de nuevo en casa, cuando quizá, por motivos como los intereses profesionales o el proceso de formación, debería haberme sentido más próxima a mis colegas de la UCSD.           Es la misma sensación que me produce la cultura en 2020. Creo que saltará las fronteras de la nacionalidad y ya no podremos hablar propiamente de la cultura española, la cultura peruana, colombiana, nicaragüense o la cultura hispana en Estados Unidos, en Filipinas o en Guinea Ecuatorial, sino que hablaremos de unas Culturas Iberoamericanas con mayúsculas frente a la Cultura Anglosajona o la Cultura China. No por nada son las tres lenguas con mayor número de hablantes del mundo.           Pero este proceso no va a darse de la noche a la mañana. No es nuevo, ya está en marcha y es ahora cuando empezamos a ser conscientes de sus efectos. En 1968, el filósofo canadiense Marshall McLuhan ya aventuró que el mundo se iba a convertir en una "aldea global" como consecuencia de la creciente interconectividad humana a escala mundial. Manuel Castells lleva años calificando nuestras sociedades como sistemas de intercomunicación en red en las que todos sus elementos, independientemente de su posición dentro de la sociedad, pueden interrelacionarse y acaban influenciándose mutuamente. Nada de lo que se produce en la red es ajeno a ninguno de sus miembros. La globalización es un proceso que se inició con la internacionalización cada vez mayor de los mercados económicos y financieros y que hoy afecta a todas las ramas de las relaciones humanas.           En cultura, por ejemplo, contamos con tecnologías de última generación que han ampliado y renovado la dimensión del concepto de arte, difuminado los límites entre sus diversas modalidades. Esta "modernidad líquida", como gusta decir al Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y las Humanidades de 2010 Zygmunt Bauman, también se aplica a aspectos de nuestra cotidianeidad hasta ahora insospechados y que abarca desde lo público a lo más privado de nuestras vidas.           Así, hemos visto cómo las diversas manifestaciones culturales han tendido a interrelacionarse aún más. La distancia entre ellas es lo menos importante, ya que si en algo destaca nuestra percepción del espacio hoy es precisamente su progresiva desaparición o, cuando menos, su sustitución por la virtualidad. Los aviones, los trenes de alta velocidad, las autopistas y autovías dan la sensación de haber empequeñecido el mundo. Por otro lado, las nuevas tecnologías de la comunicación y la información han acercado aún más sus extremos. Lo importante de este encuentro en el campo de la cultura, como en tantos otros, no es que se produzca entre elementos cercanos o lejanos, sino que se dé entre aquéllos que puedan encontrarse en la arena global, que puedan identificarse entre sí porque tengan una base común previa. Disolución de fronteras entre el arte español y el latinoamericano           En lo que respecta a nuestra área, estos cambios ya se están percibiendo. Sin ir más lejos, en la última Bienal de Venecia pudimos ver cómo los comisarios de algunos pabellones de América Latina eran españoles y quizá en un futuro próximo ocurra a la inversa. ¿Y por qué esta disolución de fronteras entre el arte español y el latinoamericano? Principalmente porque es más lo que tenemos en común que lo que nos separa y en este mundo global en el que el peso de las organizaciones determina el lugar en el mundo, las alianzas son fundamentales.           Más o menos conscientemente, ya hemos dado muestras de ello. Recordemos cómo en 2010, cuando Mario Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de Literatura, los españoles sentimos que lo habíamos ganado otra vez. De acuerdo que Vargas Llosa tiene la nacionalidad española desde 1993, pero en el inconsciente colectivo no dejamos de identificarlo con un escritor peruano. Sin embargo nos hemos alegrado por él como lo habríamos hecho por un escritor nacido en España, en Chile o en Colombia. Esto tiene su lógica porque lo que se premia es una obra literaria escrita en español. Una lógica que se vuelve emotiva cuando constatamos que lo que nos identifica con el premiado es el mundo en torno al cual construye sus narraciones, en las que encontramos elementos con los que identificarnos culturalmente. Este tipo de identificaciones se van a dar con mayor intensidad en los próximos años. Las barreras delimitadoras hasta ahora de culturas independientes, acabarán por volverse intangibles y finalmente invisibles.           Cada vez me parece más evidente que el tipo de cultura que probablemente apoyen las instituciones culturales españolas en 2020 será aquélla que sepa asimilar el panorama que describo, una estructura común en la que estén articuladas todas las culturas en términos de igualdad, sin jerarquías, cada cual con sus especificidades pero fusionadas precisamente por lo que tienen de común: la lengua, los valores familiares y sociales, el modo de mirar el mundo.           Tampoco esto es del todo novedoso. Se me vienen a la cabeza artistas como Velázquez, Picasso o Miró, cineastas como Buñuel o Almodóvar, escritores como Cervantes o Juan Ramón Jiménez, compositores como el Maestro Rodrigo o Manuel de Falla, arquitectos como Gaudí y cocineros como Ferrán Adrià, Joan Roca, Andoni Luis Aduriz o Juan Mari Arzak (por citar sólo a los españoles que aparecen entre los diez mejores del mundo a día de hoy).           Todos ellos tienen en común una cosa, han sabido trasladar la imagen de España a través de sus trabajos, han sabido universalizar lo propiamente español a través de un lenguaje, de unos personajes, de texturas, de narraciones literarias, musicales o pictóricas compartibles con el resto del mundo, incluso si ese resto del mundo nunca hubiera entrado en contacto con España y lo español. Esto dotó al arte hispánico de unos rasgos que hacen reconocible a nuestros artistas: la fuerza, el color, la explosión de energía, la creatividad, la espontaneidad, la imaginación, la pasión incluso.           Dicho esto, entro rápidamente a hacer una matización. Y es que el mundo de los siglos anteriores es radicalmente distinto al actual. Si en tiempos pasados hablábamos de internacionalización, en el sentido de relación bilateral entre lo nacional y lo ajeno, ahora los límites se han ampliado y las fronteras internas licuado. Hoy el procedimiento ha cambiado porque ha cambiado el contexto, el circuito, la direccionalidad y la velocidad de la información, el modo en que nos comunicamos y el producto de esas interconexiones.   "Hay que consolidar una Marca España… e Iberoamericana"           Por eso me parece que de aquí a 2020, las diferentes ramas de una cultura común con mayúsculas van a evolucionar hacia una doble identidad: por un lado van a destacar aquello que las hermana a sus homólogas y por otro van a diferenciar aún más sus rasgos idiosincráticos, propios, específicos. El reto parece también doble: participación de nuestros artistas en la construcción de un arte global, pero a la vez afianzamiento de lo que los hace diferentes.           Para esto existe el término "glocalización" que creó Roland Robertson en 1997 y que después fue difundido por Ulrich Beck. Es el proceso por el cual una persona o un grupo es capaz de pensar globalmente y actuar localmente. Consiste en adaptarse a las circunstancias del entorno global sin perder las características propias que hacen atractivo un producto, en este caso cultural, cualquiera que sea el mercado donde se ofrezca. Visto así, el mito de la globalización entendida como fuerza de homogeneización cultural desaparece y deja paso a una realidad en la que convive armoniosamente la heterogeneidad.           Este escenario me parece que todavía no es el actual. Estamos en un paso anterior, en el reconocimiento mutuo de los elementos comunes y en establecer el compromiso de cada cual en la configuración de esas Culturas Iberoamericanas. Se impone, por tanto, el que vayamos reforzando aquellos rasgos que identifican a las culturas de nuestro país y consolidar así una Marca España que destaque lo que nos singulariza dentro del conjunto.           Creo, por tanto, que desde la cultura tenemos que afianzar primero esa Marca España ante nuestros homólogos y después conformar con ellos una estrategia conjunta, una Marca Iberoamericana. Las marcas, según estudios sociológicos, constituyen la esencia ideológica de la actualidad. Comenzaron siendo el sello que representaba una determinada calidad (en la ropa, en el calzado, en la música, en el arte), para convertirse en representaciones de un determinado estilo de vida, de una determinada ideología. En palabras de Vicente Verdú: "…la marca se comporta como un soplo espiritual. Su condición intangible posee un poder simbólico que se insufla aquí y allá como un espíritu santo del capitalismo capaz de convertir los productos en ideologías, de manera que relacionarse con unas determinadas marcas es optar por una concepción de vida".           Esta intangibilidad, sin embargo se traduce en escalada de posiciones en el mercado mundial y se consigue atrayendo al terreno de lo propio lo que puede ser susceptible de beneficiar a nuestros creadores, a nuestros científicos, nuestros proyectos, nuestra visión del mundo, nuestros intereses. Y esto no es fácil hoy y será aún más difícil en 2020. El consumidor global ("glocal") es "caprichoso" y sus gustos cambian en respuesta a la variedad de productos y a la competitividad.           En España tenemos una oferta cultural y patrimonial de gran calidad y riqueza. Somos el primer destino turístico de Europa y el tercero del mundo. Y si bien nuestro turismo es fundamentalmente estacionario, en los últimos años va ganando puestos en las estadísticas un tipo de turismo cultural que tiene como punto de mira nuestros museos, nuestro patrimonio, nuestras áreas rurales donde, conviene recordarlo, las instituciones culturales provinciales y locales han realizado un extraordinario esfuerzo por adaptarse a los requerimientos globales.           Necesitamos consumidores leales y en este sentido, nuestra cultura y nuestros artistas no pueden limitarse a "parecerse a" o a asimilar las influencias globales, sino a realizar el doble recorrido de ida hacia la construcción de una cultura global y de regreso a lo local para incorporar las inquietudes y circunstancias propias. El nivel de competitividad va a ser todavía mayor del que conocemos hoy, pero a la vez la pluralidad de las tendencias va a enriquecer con mucho el panorama actual. Es lo deseable y lo que el mundo espera de nosotros.           Globalizar nuestra españolidad pero también españolizar la globalidad. Y para ello contamos con un instrumento fundamental, la red, en la que tenemos que conseguir una mayor presencia. La red es la plaza común a la que todos acudimos con nuestra mercancía o con nuestra cesta. Es una plaza en la que el español está presente pero todavía de manera insuficiente, sobre todo si pensamos en los millones de usuarios de habla hispana. Las Academias Latinoamericanas de la Lengua hace tiempo que se dieron cuenta de que había que dotar al idioma del lugar que le corresponde en el ámbito mundial y el primer paso fue reconocer la riqueza y variedad de una lengua común.           El Diccionario Panhispánico de Dudas, así como las nuevas Gramática y Ortografía de la lengua española, parte del reconocimiento de que el español no es idéntico en todos los lugares en que se habla y de que en cada país hay zonas geográficas culturalmente delimitadas en las que las preferencias lingüísticas de sus habitantes son distintas. Algo que no ha supuesto un obstáculo para que las Academias de veinte países reconocieran una amplia base común que a nivel formal apenas presenta variaciones geográficas: "Es por ello la expresión culta formal la que constituye el español estándar: la lengua que todos empleamos, o aspiramos a emplear, cuando sentimos la necesidad de expresarnos con corrección; la lengua que se enseña en las escuelas; la que, con mayor o menor acierto, utilizamos al hablar en público o emplean los medios de comunicación; la lengua de los ensayos y de los libros científicos y técnicos".           El español, unificado en una norma pero identificadas y aceptadas sus variantes, tiene un peso específico cuya realidad hay que trasladar a la red y con ella a la cotidianeidad. Creo que el español como lengua culta va a tener mayor protagonismo en ciencia, en investigación, en los foros de debate internacionales, convirtiéndose, de algún modo, en la lengua hegemónica de esas Culturas Iberoamericanas, con identidad propia en la que todos sus componentes puedan reconocerse pero respetando las diferencias geográficas en una convivencia sin subordinaciones ni jerarquías.           Pero como digo, todo esto está ya en proceso. Cuando llegue 2020 nos parecerá nuevo y a la vez natural. Y cuando miremos atrás para situar su origen, será cuando nos percataremos de que llevamos al menos dos décadas trabajando en ello de manera más o menos consciente, desde las instituciones nacionales y supranacionales, desde los gobiernos, pero también desde la universidad, desde la empresa, la industria y el arte. Rosario Otegui Pascual (Madrid, 1956) es presidenta de Acción Cultural Española (ACE). Doctora en Sociología y Antropología, fue Visiting Fellowship en la UCSD (University of California, San Diego) y Premio Extraordinario de Doctorado. Ha presidido la Sociedad Estatal de Acción Cultural en el Exterior (SEACEX), y sido directora de la Real Academia de España en Roma, vicerrectora de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, decana de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la misma Universidad; presidenta del Consejo Académico del Real Colegio Complutense en la Universidad de Harvard, y profesora titular en el Departamento de Antropología Social de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.
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