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Un impulso a la ingeniería española

Un impulso a la ingeniería española

Nadie discute que la ingeniería está en los cimientos de la actividad económica de la humanidad desde hace siglos. La mejora de la calidad de vida, la creación de riqueza y el crecimiento económico experimentados en el pasado se han basado en la ingeniería. Más aún, a medida que ha aumentado el papel de la tecnología, los avances económicos y sociales se han producido a mayor velocidad, en la medida en que los ingenieros han explotado los avances científicos de nuestra era convirtiéndolos en productos y procesos que han beneficiado a la humanidad en su conjunto. Hay otras causas que han contribuido a la aceleración del progreso y del crecimiento económico de las últimas décadas, pero el papel central de un avance tecnológico sin precedentes es ampliamente reconocido. Por tanto, es muy probable que la tecnología tenga un rol cada vez más importante en la construcción del futuro de la humanidad. Estos hechos ya no se discuten en las sociedades más avanzadas, pero no son tan bien conocidos por la sociedad española, donde la ciencia y la técnica aún no tienen un reconocimiento adecuado. Es posible detectar las diferencias en la consideración que tiene la ingeniería entre nuestra sociedad y las sociedades anglosajonas en el propio lenguaje; por ejemplo, cuando se intenta traducir el título de un informe: ‘Engineering the future’. No existe un verbo equivalente en nuestro idioma, donde la traducción más adecuada posiblemente sería la de: construyendo el futuro. Hacer ingeniería es pues ya un verbo habitual en aquellas sociedades donde el origen del término ingeniero tuvo que ver más con las máquinas que con el ingenio. Las reflexiones que se hacen en estas páginas exploran las vías para dar un impulso a la ingeniería española de cara al futuro, en el marco comúnmente aceptado de que la tecnología será una fuerza motriz clave para el desarrollo de nuestro país en los próximos años. La labor esencial del ingeniero consiste en convertir la teoría en práctica, en transformar el progreso científico en avances económicos y sociales. En definitiva, en encontrar soluciones técnicas a los problemas de la sociedad. La ingeniería ha sido un pilar importante en el desarrollo de las sociedades modernas, pero hasta ahora ha jugado un papel auxiliar o de apoyo a otras actividades. Esto debe cambiar en el futuro y la ingeniería debe pasar de la periferia al centro de funcionamiento de la sociedad. Hay poderosas razones para ello. En los últimos años se está haciendo patente la excesiva influencia de las instituciones económicas en el gobierno de la sociedad. Hay algo en común, por extraño que parezca, entre los gobiernos de los países democráticos y el sector financiero privado. En ambos casos predominan, cada vez más, las consideraciones a corto o a muy corto plazo en la toma de decisiones. Los motivos pueden ser diferentes; en el caso de los gobiernos, suelen dominar las perspectivas electorales, siempre en plazo menor de cuatro años. En las instituciones financieras, los ingresos de quienes toman las decisiones dependen directamente de los resultados a muy corto plazo. Sin embargo, el avance social y la mejora del bienestar se han basado hasta ahora en decisiones estratégicas de muy largo alcance. No es pertinente profundizar en este tema aquí, pero es evidente que son necesarios nuevos elementos para enderezar la deriva de nuestras sociedades, y la ingeniería debe ser uno de ellos. La innovación, un motor del cambio necesario Los retos inmediatos que tiene la sociedad española de reducir la elevada tasa de paro y de avanzar hacia un equilibrio presupuestario, junto con la turbulencia económica global de los últimos años no permiten ver bien que el verdadero reto es hacer una economía más eficiente, más innovadora y más competitiva que la actual. Ese cambio no es cuestión de meses o incluso de unos pocos años; por eso, el escenario 2020 es un buen hito para medir lo que el país pueda hacer en casi una década. No es mucho tiempo y por ello los cambios deben hacerse hoy, por encima de la gestión inmediata y del bullicio mediático. Transitamos hacia una sociedad de menor consumo, basada en tecnologías cada vez más limpias y más ‘verdes’ que las actuales, que permitan minimizar el uso de unos recursos cada vez más escasos. Todo ello va a exigir, no sólo nuevas ideas sino, sobre todo, llevarlas a la práctica en ese proceso que conocemos como innovación. Innovar no es lo mismo que inventar; el inventor usa financiación para producir nuevas ideas mientras que el innovador usa nuevas ideas para generar riqueza. Aunque hasta hace poco la innovación se centraba en la implementación de soluciones técnicas, ya se admite que las innovaciones en servicios, en organización, etc., son igualmente vitales. Nuestra sociedad no es particularmente innovadora. Innovar significa, sobre todo, cambio y ruptura con el orden establecido. Requiere de la interacción y de la cooperación entre muchos sectores, pero todo ello basado en el emprendimiento. El emprendedor debe ser capaz de identificar la utilidad de una nueva idea y de llevarla a la práctica asumiendo el riesgo de que no tenga éxito. La asunción del riesgo no es un ingrediente de nuestra cultura empresarial, aunque haya diferencias geográficas importantes dentro de España. Pero no queda otra alternativa para hacer nuestra economía más competitiva en un mercado global que innovar más y mejor. Nadie discute que la expansión en las últimas dos décadas de los teléfonos móviles y de Internet ha eliminado prácticamente las limitaciones que imponía la distancia para el intercambio de información, convirtiendo el planeta en una verdadera aldea global. Si no hay ventajas comparativas, no se puede competir en el mercado global. El caso de la energía solar, concretamente el ejemplo de la industria de células fotovoltaicas, un sector donde la demanda es creciente, puede servir para ilustrar este axioma.  Nadie parece disponer de una nueva tecnología que sea suficientemente superior a la existente a nivel comercial, por lo que la rebaja de costes de producción se convierte en la única vía para competir. Ello conlleva el fracaso de empresas que contaban con cierto liderazgo en la industria, tanto en España como incluso en los EEUU, donde una importante empresa californiana de paneles fotovoltaicos, considerada hace dos años como líder en su campo, acaba de entrar en bancarrota, al no poder competir en costes de producción con los fabricantes de China. Estos hechos me sugieren que hay un déficit de investigación básica en este campo, tan esencial para el futuro energético de la humanidad, que no aporta nuevos avances que rompan con las tecnologías comerciales existentes. La insuficiente inversión en investigación energética de décadas pasadas nos pasa factura ahora. Por tanto, la primera lección es que no puede haber innovación sin nuevos conocimientos y que la inversión en investigación es absolutamente necesaria, pero no es suficiente. Orientar el sistema español de I + D hacia la innovación Pronto se cumplirán treinta años desde que comenzó el impulso a la investigación científica en España. En los primeros quince años ya se alcanzaron crecimientos notabilísimos en la producción científica española. Los esfuerzos en los años siguientes nos han llevado a situarnos entre los diez primeros países del mundo en muchos indicadores de producción científica. Pero siendo España el noveno país del mundo en producción científica, está mucho más lejos de ese puesto en innovación. Distintos indicadores de innovación (más discutibles por su complejidad que los indicadores científicos) nos ubican en los últimos tres años alrededor del puesto 30 a nivel mundial. Aunque desde que comenzó el impulso en I+D se intentó también impulsar la innovación, ahora sabemos que dicho impulso, hasta hoy día, ha sido notablemente insuficiente. Hay varias razones sólidas para que los avances de la ciencia española no hayan dado lugar a más innovación. Hay quien opina que, así como en I+D las políticas del sector público son cruciales, el papel del sector público en innovación se debe centrar en ofrecer un clima que promueva dicha actividad, mientras que es el sector privado el que debe liderar el esfuerzo por innovar. Sin ese liderazgo, los resultados de la investigación se quedarían en las publicaciones científicas esperando su utilización en cualquier otro sistema de innovación. También hay opiniones, basadas en sólidos análisis bibliométricos de la investigación científica, que sugieren que la ciencia española no produce suficientes conocimientos susceptibles de dar lugar a innovaciones exitosas a nivel internacional. ¿Por qué se nos quedan en la estantería resultados científicos potencialmente útiles? Son muchos los motivos; en primer lugar, los propios científicos no se interesan o son incapaces de transmitir los beneficios potenciales de sus descubrimientos, así como los riesgos que conllevan. Por otra parte, algunas innovaciones científicas suponen una amenaza a otras ya establecidas y ello supone un coste para sectores económicos que resisten el cambio que suponen los nuevos descubrimientos, y muchas veces resisten con éxito durante un largo periodo de tiempo. Otras veces, las innovaciones tienen un coste demasiado elevado como para ser adoptadas y los emprendedores, o no perciben correctamente los beneficios a largo plazo o no se interesan por inversiones estratégicas. Por último, hay muchas innovaciones que producen bienes de naturaleza pública que no son susceptibles de ser explotados por el sector privado y que dependen únicamente de su adopción por un sector público resistente al cambio. Hay que reconocer que un sistema de innovación es mucho más complejo y dinámico que un sistema de I+D. La velocidad a la que se están produciendo los cambios tecnológicos es cada vez mayor y será aún mayor en el futuro. Hay que pensar que una empresa con la influencia global que hoy tiene Google, no existía hace solo 13 años. Los cambios que debemos introducir en nuestra actividad económica para dar lugar a mayor y mejor innovación deben basarse en planes estratégicos muy meditados y ajenos a desviaciones precipitadas, como la reciente y sorprendente decisión alemana de abandonar la energía nuclear. Priorizar, discriminar y arriesgar Comenzando por proponer cambios en el sistema de investigación pública, es preciso dirigir más recursos hacia las iniciativas más prometedoras, a expensas de reducir la actividad científica de mediana calidad. Usando un símil agrícola, hay que pasar de sembrar a voleo a la siembra de precisión. Ello requiere discriminar entre grupos e identificar y priorizar los sectores más prometedores, tareas desagradables pero necesarias. También requiere la asunción de riesgos y la posibilidad de fracasos, con la necesaria depuración de responsabilidades. Iniciativas para financiar grandes proyectos como el Programa Consolider no sólo no deben abandonarse, sino que deberían generalizarse en los próximos años. En cuanto a la mejora del capital humano, el Programa ICREA de Cataluña debería servir de ejemplo para otras comunidades autónomas y para la propia Administración General del Estado. Ambos programas son muy costosos, por lo que supondrían una alteración considerable en la asignación de recursos. Es un hecho bien documentado que el sector privado español no invierte lo suficiente en I+D. Las dificultades de estos años no ayudan a mejorar las cifras. Tampoco ayuda la muy escasa presencia de ingenieros en la alta dirección de muchas empresas españolas. Hay numerosos programas de colaboración público-privada que fomentan esta actividad, pero los resultados no parecen lo suficientemente buenos. Este problema ha sido analizado numerosas veces y es clave para que nuestras empresas puedan innovar más y ser más competitivas. Hay sectores y algunas autonomías donde ha habido avances notables en los últimos años, pero hay que tener en cuenta que el resto del mundo también se está moviendo a mayor velocidad, por lo que cada vez hay que hacer un mayor esfuerzo para no quedarse atrás. En este tema clave, es necesaria la coordinación real entre administraciones y sobre todo, dentro de las administraciones, eliminar la tradicional separación entre ciencia e industria (un problema de culturas, no resuelto por cambios en el diseño de ministerios o consejerías). Dicho esto, el actor esencial aquí es el empresariado, el cual debe percibir las ventajas a largo plazo de la inversión en I+D si desea competir con éxito en un mercado global en el horizonte 2020. Equilibrio entre sectores maduros y emergentes La economía española, fuertemente basada hasta ahora en la construcción y el turismo, deberá diversificarse e internacionalizarse más en los próximos años. Respecto a las nuevas tecnologías, tendemos a exagerar su impacto a corto plazo y a no valorar suficientemente la influencia que tendrán a más largo plazo. Las promesas inmediatas no suelen materializarse y sin embargo, con el paso del tiempo aparecen aplicaciones revolucionarias que eran impensables. Mirando a 2020, ya se pueden identificar sectores donde el crecimiento y la innovación serán muy importantes. Un sector clave para España estará basado en los avances en biología. No sólo la innovación en el sector salud, apoyado en las biotecnologías, crecerá notablemente en importancia, sino que otras áreas emergentes, como la biología sintética o las interacciones entre biología y energía, permitirán resolver problemas que hoy no pueden abordarse. España ha invertido notablemente en desarrollar las energías renovables, particularmente la eólica y la solar, y debe continuar este esfuerzo, diseñando una estrategia para ser uno de los líderes en innovación en este ámbito en los próximos años. Otro sector importante es el aeroespacial. También aquí se esperan avances notables en innovación y España, que ya tiene un papel significativo en el contexto europeo, debe apostar claramente por este sector. España tiene notables ventajas comparativas en el sector agroalimentario que ya explota y que deberá ampliar en los próximos años. En una estrategia que incluya todo el recorrido desde el campo al plato, deberemos prestar una atención preferente a la ingeniería de alimentos y a sus relaciones con la sanidad y la gastronomía, campo en el que somos uno de los líderes mundiales y que es uno de los pilares de nuestra industria turística. España es hoy un país muy avanzado en la gestión del agua, un ámbito donde la innovación vendrá a través de nuevas aplicaciones de las TIC y de nuevos métodos de transferencia de tecnología a los usuarios. En infraestructuras y transportes, el coche eléctrico y los ferrocarriles de alta velocidad parecen dos opciones que deben ofrecer nuevas y brillantes oportunidades de futuro. La conexión y coordinación entre sectores será muy importante para afrontar retos como los del cambio climático, para el que hay que prepararse para un horizonte más alejado que el 2020. Concretamente, agua, energía, comunicaciones y transportes, son cuatro sectores que son interdependientes y que deberán gestionarse coordinadamente, con nuevos instrumentos aún por diseñar. Además de avances en estos sectores, es imperativo apostar por una mejora de la eficiencia en toda la actividad económica y social. Comenzando por los recursos agua y energía, donde ya se ha avanzado mucho pero que siguen ofreciendo importantes oportunidades para la conservación de los recursos, las posibilidades que ya ofrecen las TIC permiten predecir que esta será una de las vías más importantes para mejorar los resultados económicos de las empresas y la calidad de vida de los ciudadanos. En este esfuerzo, el ingeniero debe ser la pieza fundamental donde se concentren las distintas disciplinas en una actividad claramente horizontal. La educación del ingeniero del futuro La mejora de nuestro capital humano en general y de la formación de nuestros ingenieros en particular, es un tema clave de futuro. La formación en nuestras escuelas puede y debe mejorarse, a la vez que se intenta atraer a los mejores estudiantes, haciendo un esfuerzo especial por atraer mujeres a algunas ramas de la ingeniería donde siguen siendo minoría. El ingeniero del futuro debe ser un especialista, pero con una amplia base de conocimientos técnicos y no solo técnicos, que tenga una visión estratégica pero a la vez una capacidad para ser minucioso en los detalles, que sea capaz de innovar y también de ser un buen comunicador. Mucho de esto no se aprende en las clases magistrales ni en los libros, sino que se debe aprender haciendo. Así, los alumnos aprenden a equivocarse, a asumir riesgos y a aceptar fracasos. Esta es una tarea a la que están dedicadas nuestras universidades y a las que la Real Academia de Ingeniería se ofrece para aportar su granito de arena para perfilar un nuevo ingeniero para 2020. En la actualidad, el 90 % de los ingenieros que se forman en el mundo se producen en Asia. No es pues casualidad que en países emergentes como China e India aparezcan cada vez más innovaciones exitosas a escala mundial. Pero, además, el grado de internacionalización en la formación de ingenieros nunca ha sido tan alto. El 60 % de los profesores de ingeniería de MIT menores de 40 años no han nacido en EEUU (frente a un 28 % de los mayores de 60 años). Debemos ser capaces de atraer a grandes profesionales de otras partes del mundo que eleven cualitativamente la calidad de nuestras enseñanzas y de nuestra actividad en la ingeniería. España es un país muy atractivo para vivir y deben eliminarse las barreras que aún quedan y ofrecer suficientes incentivos para atraer a los mejores a que contribuyan al avance de nuestro país. Desde su creación en 1995, la Real Academia de Ingeniería ha prestado una particular atención a la promoción de la ingeniería española y a la formación de ingenieros, con acciones como premios a jóvenes ingenieros, distinciones a empresas innovadoras y análisis centrados en las necesidades de formación para el futuro. Pensamos que solo mejorando la calidad de nuestro capital humano podremos superar la actual situación, donde una actitud y una percepción negativas están afectando a la calidad de vida y al bienestar de los ciudadanos, muchas veces sin justificación objetiva. Hay que evitar la actitud que describe Cormac McCarthy a través de un mejicano de la frontera en The Crossing, que dice: “Cuando las expectativas son escasas, pocas serán las decepciones”. Por el contrario, tenemos en nuestras manos ampliar las expectativas, siempre asumiendo que habrá decepciones en un camino que, bien orientado, debe llevar a España hacia una economía más productiva y más sostenible en 2020.   [Elías Fereres Castiel (Larache, Marruecos, 1946) es presidente de la Real Academia de Ingeniería de España. Doctor Ingeniero Agrónomo y Ph.D. en Ecología, actualmente es catedrático de la Universidad de Córdoba e investigador del Instituto de Agricultura Sostenible del CSIC. Ha sido presidente del CSIC y Secretario de Estado de Universidades e Investigación. Trabaja en el ámbito de la ciencia e ingeniería del agua en relación a la agricultura y al ambiente.]. [Artículo escrito para el debate sobre España 2020 que se sigue en la web www.masactual.com].
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