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Circo americano

Circo americano

Tanto el presidente Obama como los aspirantes republicanos a ocupar su puesto siguen trabajando intensamente para las elecciones del año próximo sin que, por ahora, haya motivos para imaginar quién se convertirá en el candidato republicano, o si los demócratas podrán mantener la Casa Blanca. De momento, el escenario político parece más bien un circo en el que aparecen legisladores de las dos cámaras, candidatos presidenciales y todo tipo de figuras conocidas que intervienen con declaraciones que tratan de dejar una huella en la memoria del público, aunque para ello tengan que decir cosas disparatadas. Así, por ejemplo, vimos como los congresistas de ambos partidos no quisieron perder la oportunidad de demostrar su patriotismo en las conmemoraciones del décimo aniversario del 11 de septiembre... a condición de no alterar su fin de semana y esperaron hasta el lunes, cuando el país estaba ya saturado de discursos y lágrimas, para reunirse en las escalinatas del Capitolio y cantar el himno nacional, igual que hicieron horas después de los ataques terroristas. En realidad, fue la única muestra de unidad entre las dos cámaras del Congreso y los dos partidos, que inmediatamente volvieron a la lucha que tan pocas simpatías les atrae, porque tan solo el 15% de los norteamericanos tiene una imagen positiva del cuerpo legislativo. Eso sí, la gran mayoría canta las excelencias de 'su' representante o senador, al que siempre pueden llamar con buenas esperanzas de ser atendidos, cuando tienen algún problema con organismos gubernamentales. Por su parte, el presidente Obama reparte su tiempo entre la necesidad de recaudar los mil millones de dólares que espera recoger para su campaña y los discursos en que proyecta su compasión para todos sus compatriotas en dificultades. No parece tener gran éxito, ni entre el público ni en los círculos políticos: su popularidad sigue estancada en torno al 40%, con ocasionales bajones que sin duda le inquietan y en el Congreso no parecen dispuestos a seguir sus recomendaciones. El último ejemplo es la ley para fomento del empleo, anunciada el jueves de la semana pasada y enviada al Congreso este lunes: los republicanos ya han dicho que no sirve para nada y los demócratas no indican que vayan a romper lanzas por su presidente. Lo que ahora más les importa es su propia reelección y la ayuda de Obama no sirve de tanto como en años anteriores. Además, se sienten traicionados porque Obama no se impuso cuando tenía las mayorías parlamentarias para gobernar a su gusto. En cuanto a los candidatos republicanos, van acudiendo a los debates que les permiten perfilarse, darse a conocer y, sobre todo, utilizar esta temporada de campaña para las primarias como un entrenamiento que en el pasado se ha demostrado muy útil. El proceso de eliminación sirve a los candidatos para afilar sus uñas políticas y prepararse para la lucha definitiva contra su rival del otro partido para la presidencia. Este lunes tuvieron el segundo debate de la temporada, esta vez al amparo del Partido del Te y con la presencia, por segunda vez, del gobernador de Tejas, Rick Perry, el último en acudir a la campaña pero el primero en las encuestas. La reunión en el estado de Florida tenía también algo de circo, como ocurre asimismo en las convenciones electorales, y los candidatos se presentaban tan estridentes como podían para atraer la atención y el favor del público en los pocos momentos que todos tenían para contestar a preguntas o, como en el caso de Michele Bachman, para intervenir cuando le tocaba y cuando no. Bachman, para deleite de los elementos más conservadores, rompió lanzas en contra de la vacuna contra el virus del papiloma, probable causante de la mayoría de los cánceres uterinos y que se ofrece a mujeres jóvenes como prevención. Su argumento era "el gran riesgo" en que se pone "a niñas inocentes de 12 años", pero su auténtico motivo era criticar a Perry, porque este ordenó la vacunación de todas las adolescentes de Tejas, si sus padres no se oponían. Si Perry fue blanco de la mayoría de los ataques, para debilitar su situación al frente del pelotón, otros candidatos como el libertario Ron Paul o el primerizo en estas lides Herman Cain, ofrecieron los mayores contrastes. Paul, que a sus 75 años tiene posibilidades nulas de ganar, se adentró en las peligrosas aguas de la política internacional para ser abucheado cuando cometió la imprudencia imperdonable de citar a Bin Laden para explicar los motivos terroristas… del propio Bin Laden. Cain, el único negro en el campo republicano, tiene la osadía de poner como ejemplo a un país extranjero -en este caso Chile- a la hora de diseñar una política social. Los políticos van tomando posiciones y han empezado ya a marcar quien saca a bailar a quien. De momento, el ex candidato y ex gobernador de Minessotta Tim Pawlenti, ha decido patrocinar a Mitt Romney, mientras que el gobernador de Luisiana, Bob Jindal, se queda en su vecindario, con Rick Perry. A medida que los candidatos vayan abandonando la carrera, irán prestando su apoyo a los que se quedan y nadie se sorprenderá de que los elegidos sean quienes habían recibido los ataques más fuertes. Es parte del juego. A todo esto, los comentaristas no aportan moderación alguna. Quizá el más emblemático sea Paul Krugman, el Premio Nobel de Economía, que pontifica desde una columna en el diario New York Times, desde donde lanza advertencias de que la única forma de evitar una espiral de miseria mundial es aplicar las tesis de Keynes a rajatabla, por muchos billones que eso cueste. Ahora se aventura también en política exterior y escoge nada menos que al último presidente Bush para acusarlo de aprovechar el 11-9 para "dividir al país", algo que ha provocado la inmediata ira de los neoconservadores y ha costado al New York Times la pérdida de un suscriptor: el ex secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, quien hizo pública su protesta anunciando a todo el país que ya no pagaría para leer ese diario. El público sigue con poco interés estos debates, tan alejados aún de las elecciones -y de sus preocupaciones diarias. Tal vez por esto, la política adquiere este carácter circense, para retener al menos por un momento el interés de un país preocupado por otras cosas que reclaman su atención con más urgencia, desde las necesidades inmediatas, los acontecimientos deportivos o los vaivenes de las bolsas de valores.
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