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Ermua en el recuerdo

   Han pasado diez años y aunque la memoria no flaquea, nada es igual. Fueron 48 horas intensas, llenas de emoción y de dolor, donde un país entero de Norte a Sur tomó la calle pidiendo clemencia a los asesinos y enseñando sus manos blancas con la esperanza de que, por una vez, la historia no estuviera escrita y la sentencia de muerte anunciada fuera conmutada en el último minuto.

   Hasta entonces no habíamos oído hablar de Miguel Angel Blanco, un joven concejal de Ermua a quien ETA había secuestrado y convertido en una pieza fácil.  Le habían dado 48 horas de vida, el mismo tiempo que le dieron al Gobierno para que trasladara al País Vasco todos los presos de ETA.  Los asesinos sabían que no iba a haber rendición y los ciudadanos también, pero nadie estaban dispuesto a quedarse con los brazos cruzados. Se produjo un estallido de pacífica cólera colectiva, una eclosión cívica, una marea de solidaridad que plantó cara al terror por unas horas. Los ciudadanos tomaron la iniciativa y muchos pensaron que, fuera cual fuera el desenlace, habría un antes y un después de ese 12 de julio del 1997.

   Recuerdo perfectamente esos días y ha quedado troquelada en mi memoria la sensación que viví cuando entré en Ermua aquella triste mañana del entierro para cumplir con mi deber de periodista. Nos dijeron nada más llegar que el pueblo había duplicado su población, que no cabía un alma más, especialmente debido a la llegada masiva de medios de comunicación de todo el mundo que ocupaban los balcones y calles próximas a la iglesia donde se iba a celebrar el funeral. Sin embargo el silencio era atronador. Era un silencio denso, una especie de calma chicha, cargada de respeto e inquietud. Los crespones negros colgaban de todos los rincones y el único sonido que se escuchó fueron los aplausos a la llegada y la salida del féretro. La sensación era de inmenso dolor, el mismo que reflejaba el rostro  desgarrado de la madre, la mirada perdida del padre y las inquietantes preguntas de la joven hermana.

   Desde entonces no he vuelto, pero me dicen que allí -como en el resto de España- lo único que sigue igual son las calles de esa pequeña localidad. En vez de crespones negros, de los balcones cuelgan fotos de etarras, en vez de solidaridad con la familia el Ayuntamiento organiza actos paralelos para los suyos ¿dónde se esconde el arrojo de aquel alcalde valiente de antaño llamado Tortorica?. Han pasado diez años y el espíritu de Ermua, ese que se convirtió en sinónimo de unidad, se ha volatilizado por la actitud menguante de unos líderes políticos que han hecho del sectarismo, el  enfrentamiento y la crispación su hoja de ruta.

   Esa foto de los actos del décimo aniversario por separado es el fiel reflejo de la indignidad. Resulta bochornoso que el Gobierno de la memoria histórica, se olvide de un mártir de la democracia y de la espalda a su familia y al partido en el que el joven militaba y también lo es que nadie en el principal partido de la oposición haya tomado la iniciativa de proponer a sus adversarios un gran acto unitario, como se hizo hace apenas un mes en recuerdo de las victimas de Hipercor o del 11-M.

   Dicen que una de las bendiciones de la democracia es que tenemos los políticos que nos merecemos, pero yo niego la mayor. Mi voto no  quería ser cómplice de la indignidad ni tampoco de la rendición. Tal vez se necesita otra eclosión cívica para acabar con tanta mezquindad. Tal vez se necesita que los ciudadanos, como hace diez años, digan ¡basta ya! y se sitúen por delante de los políticos miopes y cortoplacistas que nos han tocado en suerte. El espíritu de Ermua ha muerto y sólo nosotros los ciudadanos de a pie podemos hacerle renacer de sus cenizas. ¡Que así sea!.

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