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Una de Le Carré

Al director del Centro Nacional de Inteligencia le llaman “el guardabosque” y el “apagafuegos”. Por su procedencia profesional anterior, claro: dignísima, pero afecta a temas rurales, que no al sofisticado mundo del espionaje. Nadie nunca en ningún país, que recordemos, había dado el paso de convocar una conferencia de prensa para informar de la defección de un espía. Ni siquiera para denigrar al Gobierno anterior de signo contrario; los platos siucios del espionaje se lavan en la intimidad. Habrá que preguntar a los expertos, como Joaquín Bardavío, Pilar Cernuda o el propio director de este periódico, Fernando Jáuregui, autores de un megavolumen titulado ‘Servicios secretos’, si ellos conocen precedentes de esta decisión súbita e insólita de Saiz.

Lo que ocurre ahora es que Don Alberto, obsesionado como estaba por mantener un perfil bajo, acaba de subir al estrellato. Y los espías que todos conocemos empiezan a contar y no paran acerca de las obsesiones de su jefa de gabinete, la incapacidad de su jefa de prensa toledana, las manías por el cuatro por cuatro blindado para ir de caza. Y el desorden de una Casa de la que se marchó no hace mucho el ‘número tres’, ahora destinado en Londres, parece que disconforme con cómo se llevaban las cosas en el País Vasco. ¿Por qué se fue el ‘número tres’?¿A qué se dedica la ‘número dos’? ¿Por qué están relegados o han pasado ya a la reserva algunos de los más veteranos elementos procedentes vdel CESID? Continuaremos con ello, ya que Don Alberto, el teórico ‘número uno’, que acaso jamás debió serlo, ha abierto la caja de los truenos.
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